El funeral
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RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo, en el funeral de mi mamá nadie sabía que decirme. Yo tampoco.
Estaba sentada con los brazos cruzados y las piernas juntas, como si achicarme pudiera hacerme desaparecer. No distinguía rostros ni voces. Todo era llanto, palabras y demasiadas miradas de pena
Se acercó un tío -de esos que te suenan más de lo que te importan- y me abrazó.
-Hijita, mírame…- me dijo, sujetándome fuerte los brazos- Tu mamá está en un lugar mejor.
Por primera vez en toda la mañana hice algo distinto: alcé la mirada.
Con intención.
No pestañeé.
Vi cómo le cambiaba la cara. El bigote se le arrugó, como si acabara de decir algo que ni el mismo creía. Me soltó rápido, como si tocarme quemara.
Se escabulló sin decirme nada más.
Rehuyendo.
La verdad era otra. Algo que no tenía nombre.
Miré alrededor; más figuras, más sombras negras, muchas flores… mi papá parecía un robot sin emociones. Mis hermanos…quién sabe. El sonido de las tazas, las galletas, el café.
Había gente.
Pero nadie estaba conmigo.
Tampoco estuvieron la noche anterior.
Nadie decía nada.
Me llevaron a la casa de mi abuela como si yo supiera lo que había pasado en esa casa. Como si las luces rojas y azules alcanzaran como explicación. Como si mi cuerpo pudiera entender antes que mi mente.
Me acosté en una cama que no era la mía. Las luces apagadas. No podía dormir. Miraba la ventana, apretaba las sábanas mientras hacía silencio para poder oír. Escuchar.
Había voces. Murmullos.
Esperé.
Necesitaba oírlo. Afiné el oído.
Sentía el movimiento aun sin ver nada.
Todo se movía.
Pensé que en algún momento alguien iba a entrar, sentarse a mi lado y decirlo en voz alta. Como se dicen las cosas importantes. O graves.
Pero nadie vino.
Mire la ventana. Los colores cambiaban despacio.
A las cuatro de la mañana sonó el teléfono. Aguante mi respiración, como si no hacerlo pudiera taparme los oídos.
Su voz estaba cansada. Podía imaginarla
-Está yendo el fiscal de turno… - un silencio de un segundo - ¿en qué estaba pensando? -
El mundo se detuvo.
Deje de sentir las sábanas.
Deje de entender los colores.
Cerré mis ojos por primera vez.
Y lo entendí.
Abrí los ojos.
Ese mismo silencio estaba ahora conmigo, sentado en el funeral.
Me ofrecieron un café y unas galletas.
Pestañeé.
Todo lo que sabía de como una hija debía sentirse o comportarse frente a la muerte de su mamá.
No tenía sentido.
Las sombras iban y venían
¿Qué esperaba?
Verme rota, llorar, gritar
Tener ira. Tener furia.
Aceptar el consuelo, las flores, decir algo triste.
Pero yo no sentía nada.
No sentía nada.
No sentía ese ruido.
No sabía si sentía dolor
No sabía que sentir.
Me forcé a pensar.
A rebanarme los sesos.
Pensé en esas niñas, pensé en esos bebés.
La leche tibia. Calientita.
La mantita.
El olor, el calor, esos sonidos agudos.
Esa calma abrumadora al estar cerca de mamá.
Sentí por fin un nudo.
Me obligué a tragármelo.
Y por un segundo quise decirlo.
Decir que no todo dolía.
Que algo en mí estaba quieto.
Que no sabía si eso me hacía una mala hija.
Pero no dije nada.
Me quedé ahí,
sentada,
en silencio■
Autora: Mónica Sophia Hayakawa Córdova.

