No era esto la vida
- hace 5 días
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RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo, hay días en los que siento que la vida no puede ser esto: la fila interminable detrás del Metropolitano, avanzando a empujones, con ese sonido de puertas que se abren y se cierran como si alguien marcara el ritmo de una rutina que no elegí. Siempre está esa voz, plana, sin alma, anunciando paraderos como si fueran destinos importantes. A veces incluso anuncia el mío y, por un segundo, me lo creo.
Pero no.
Bajo entre cuerpos apretados, ese océano de carne que no mira, que no habla, que solo se mueve. Hay olor a humedad, a ropa mojada, a mañanas repetidas. Es el primer día de invierno y la ciudad está cubierta por esa garúa fina que no moja del todo pero tampoco deja respirar. Camino esquivando hombros, bolsos, pasos torpes. Y sin razón aparente, me sorprendo pensando que soy feliz. No es una felicidad completa ni limpia.
Decido caminar más lento. No sé bien por qué. Igual voy a llegar tarde. Siempre llego tarde, como si mi vida estuviera calibrada para la deshora. Me he acostumbrado al caos, a perder cosas importantes, a olvidar lo urgente. A veces siento que voy dejando pequeñas partes de mí en cada lugar al que llego, como si nunca estuviera del todo presente.
Me doy cuenta de que me he quedado atrás. El ruido baja, el tumulto se vuelve lejano. Entonces los veo: hombres y mujeres con trajes impecables, caminando rápido, cargando mochilas, maletines, loncheras, como si llevaran algo vital ahí dentro. Hay algo mecánico en su forma de avanzar. Pienso en lo que les espera: cubículos ordenados, anaqueles llenos, cajones donde guardan, con cuidado, sus problemas. Todo clasificado, como si así doliera menos.
El semáforo cambia. La luz roja me golpea de una forma extraña, como si algo dentro de mí también se detuviera. Me quedo quieta. A unos metros, en una esquina, un mendigo duerme. Tiene una calma que no veo en nadie más. Nadie lo mira. Nadie se detiene. Y, sin embargo, hay algo en su quietud que me desarma.
Levanto la vista y ahí está el edificio. Siempre está. Su sombra cae sobre la vereda como si me estuviera esperando. Es alto, gris, indiferente. Sé que tengo que entrar, aunque nunca lo haya sentido como mi lugar. Me duelen los huesos, pero no es un dolor físico. Es algo que viene de adentro, de todas esas palabras que no digo, que se acumulan y hierven en mi cabeza como si buscaran salida.
Mientras espero para cruzar, escucho música a lo lejos. No sé de dónde viene. Es una melodía ligera, fuera de lugar. Por un momento quiero quedarme ahí, quieta, escuchando. Mi cuerpo se inclina apenas, como si recordara cómo sería bailar sin que nadie mire. Mi alma lo hace primero, sin permiso. Pero dura poco. Algo más fuerte tira de mí y sigo caminando.
Siempre sigo caminando.
Entro al edificio. El aire cambia. Es más frío, más denso. Las paredes están llenas de papeles, de archivos, de historias que no son mías pero que igual tengo que tocar, ordenar, revisar. Todo tiene un lugar, un número, una forma correcta de hacerse. Hay ojos por todas partes, pero están vacíos. No miran de verdad. No preguntan. Solo están ahí. Siento cómo mi voz se encoge, cómo se vuelve torpe, como si hablar fuera un riesgo innecesario.
Me siento y dejo que el tiempo pase. Las horas avanzan de forma extraña, como si no avanzaran y, al mismo tiempo, se escaparan sin dejar rastro. Miro el reloj más de lo que debería. Intento concentrarme, pero mi mente se va a la calle, a la garúa, a esa música que no alcancé a escuchar completa. A esa sensación breve de felicidad que apareció sin aviso.
Pero siempre, inevitablemente, llegan las cinco de la tarde. Me levanto, recojo mis cosas, salgo. Y ahí está otra vez: la gente, la multitud, ese mismo océano de carne que me traga sin esfuerzo. Me dejo llevar.
Subo al Metropolitano. Me acomodo como puedo. La voz vuelve a sonar, igual de monótona. Anuncia paraderos como si fueran respuestas. Afuera, la ciudad pasa rápido, pero nada cambia. Todo se repite.
Y entonces dice mi parada.
“Ha llegado a su paradero.”
Por un segundo, algo dentro de mí se mueve. Bajo. Camino. Repito los mismos pasos. Y en medio de ese gesto automático, me golpea la misma idea: la vida no podría ser esto.
No puede ser solo esta fila interminable, este ir y venir sin detenerse, este avanzar sin saber hacia dónde. No puede ser este cansancio que no se quita durmiendo, ni estas ganas de hacer algo distinto que nunca termino de concretar.
Sigo caminando, pero más lento. La garúa sigue cayendo. La ciudad no cambia. La gente tampoco.
Pero hay algo en esa idea que se queda conmigo, como una pequeña grieta.
Y mientras avanzo entre cuerpos, sintiendo el peso del día todavía encima, me aferro a eso, aunque no tenga una respuesta clara.
Que tal vez, solo tal vez, la vida tenga que ser algo más que llegar, una y otra vez, a un paradero que nunca elegí■
Autora: Araís Gemilé Estrada Quintana.





Muy buena y triste realidad a la vez... Suerte y bendiciones Gemile
Como dijo Charlie García: somos pasajeros en tránsito perpetuo…bonito relato :)
Muy buena!
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Me sentí identificada ,me gustó muchísimo tu forma de relatar lo que todos vivimos a diario 👍🤩