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El mes en que la Alina estuvo asustada

  • hace 2 días
  • 13 min de lectura

No había escrito antes sobre la Alina, supongo que por pudor: escribí tanto sobre la Allujo, sobre mi amor por la Allujo, sobre la felicidad que era retozar la mañana del domingo con Leslie y la Allujo en la cama, que la idea de empezar a escribir sobre la Alina y que alguna persona pensara “Ah, reemplazaron al perro” me intimidaba mucho. Recuerdo cuando alguien me preguntó a las pocas semanas de que enterráramos a la Allujo “¿Te vas a comprar otro perro?” y yo sentí desprecio, cólera. Este alguien no entendía ni mierda. Hice mi luto de ya no tener una hija con la cual caminar por el parque o a la cual recogerle las cacas, tuve que superar mi vergüenza de haberme quedado manco o cojo. Un día el guardián del condominio del costado me preguntó “¿Y su perrita?” y yo le contesté con odio “Se murió”. Así que interpretaba como una traición escribir sobre la Alina, sobre todo porque la Allujo y ella fueron archienemigas o algo así. Quedó claro el primer día del 2020, cuando llevé a la Allujo a casa de Leslie (¿en qué estaba pensando?) y apenas entramos la Alina se le fue encima, ladrándole y mostrándole los dientes, y la Allujo se lanzó sobre ella y todo fue tan rápido, siempre hubo rivalidad pero nunca había escalado de esa forma. No sé cómo las separamos. Tuve que irme del edificio con las mismas con las que entré, quedaron las salpicaduras de sangre en las paredes. Leslie me dijo luego que parecía una película de terror, tanta salpicadura de sangre en las paredes de su sala por una mordida en la oreja y unos arañazos que había recibido la Allujo… Tiempo después, viendo hacia atrás, añadió que esa sangre había sido la señal, porque a las semanas murió la Carolina, mi prima amada. Fue un mes de mierda de un año de mierda, porque al día siguiente de su entierro empezó la cuarentena, fueron los años de la pandemia… Del 2020 al 2022 todo fue un sueño, y creo que luego entramos en otro sueño, porque en el 2024 se murió Allujo, la perra inmortal, la que durmió conmigo tapada con la misma colcha a lo largo de 12 años... Y yo besé su mejilla aún tibia y abracé su cuerpo que se enfriaba, su hermoso e inmóvil cuerpo sobre una mesa de acero, en el cuarto de una veterinaria en la que nunca antes había estado. Y aquí me encuentro en el año 2026, escribiendo sobre su archienemiga, que ahora vive conmigo... ¿Por qué me siento así? ¿Acaso un perro reemplaza a otro perro? ¿Por qué me sentí culpable la otra vez, cuando me agaché a preguntarle "¿Quién es su papá?" mientras le sobaba el lomo?


Hablo de una perra rescatada de la calle, peluda y menudita como un zorro. Su nombre, Alina, viene de un personaje de una telenovela turca. Primero vivió con Leslie y ahora vive conmigo, en calidad de refugiada, porque Tessa y el Treinta la agredían y le robaban la comida, aprovechando que ella tenía por costumbre (tiene) guardar su carne y sus huesitos para después: siempre come un poquito y deja lo demás para después, si es que come… Porque, además, hay que hacerle barra para que coma. Nunca había conocido a un perro al que hubiera que felicitar y acariciar para que coma. Pero bueno, yo no sé nada de perros. Apenas conocía a los que nacieron durante la pandemia y acabaron viviendo en casa de Leslie: la Tessa, una american bully, y el Treinta, un perro rescatado de la calle que una vez se trepó a la mesa del comedor y desde allí dio un salto acrobático en dirección al sofá mientras arrojaba un chorro de orina al aire; un perro tan musculoso que su chapa —se la puso Leslie— era Vin Diesel. Supe por ella de dos incidentes medio feos: en un descuido, los otros perros habían atacado a la Alina, que acabó perdiendo dos dientes. La última vez Leslie temió incluso que pudieran matarla, porque la Alina se enfrenta como si fuera un perro joven, pero ya tiene 13 años, que son 74 en edad humana. Y es chiquita de tamaño. En esa época yo estaba en Madrid y escuchaba a Leslie contarme estas cosas por teléfono y me desesperaba no poder hacer nada para ayudarla. Cuando regresé a Lima ella me dijo que no pensaba dejar sola a la Alina, que podía venir a mi casa a trabajar, pero llevándola. Yo le dije que ya, que claro. Así empezó todo.


Lo primero que hizo al entrar fue echarse en el piso y ofrecerme su barriga. Leslie dice que hace esa gracia desde que la conocen, cuando era una cachorra que ella y su hermanita se encontraron en el mercado y empezó a seguirlas moviendo la cola. Primero les ofreció la barriga a ellas dos: Leslie y Stef dejaron que la perrita sin nombre las siguiera hasta su edificio y subiera al cuarto piso con ellas, como si toda la vida hubiera vivido allí. La bañaron, le dieron de comer y la liberaron en la tarde, y al día siguiente la misma perrita volvió al departamento en brazos de Gabriel, el hermano del medio. “Esta perrita me ha seguido desde el mercado” les dijo. ¿Habría olido en él un olor característico de la familia? ¿De dónde venía esta perra, y cómo sabía que ellos precisamente iban a adoptarla y no le harían daño? ¿Había tenido otros dueños antes, la habían abandonado? Nunca lo sabremos. De otro perro de la calle, por necesidad, habría aprendido a ofrecer su barriga: quizás así la gente se reía y le daba de comer. Echarse de esa manera se convirtió en su saludo, y ha resultado una buena estrategia porque la gente suele encontrarlo gracioso. Lo hacía para mí cuando iba a visitar a Leslie: se echaba de costado en el umbral de la puerta y alzaba sus bracitos como tapándose los ojos, ofreciéndome la superficie de su barriga para que yo la acariciara con la mano o con el pie. Y si no le hacía caso, con una pata me hacía un gesto de “Ven”. Porque ella te llama para que la acaricies, diciéndote “Ven”. Hizo lo mismo esa mañana en que vino por primera vez a mi casa, apenas vio a mi mamá: se puso a sus pies y le dijo “Ven”. Los perros son muy hábiles o, como dice mi mamá, saben con quién tienen que estar bien. De hecho, el otro día leí esta frase en un libro y me dejó pensando: “El escritor Karl Kraus señaló que los perros son fieles a la gente, no a los otros perros y, por tanto, quizás no sean el mejor ejemplo de la virtud”. Pero, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Podría decirse que perros y humanos estamos en una relación de reciprocidad. Ellos nos ofrecen sus servicios de compañía y sus cuerpos, para que tengamos algo que acariciar o contemplar (y así, por proyección, podamos acariciarnos y contemplarnos a nosotros mismos sin sentir culpa). Nosotros los alimentamos y acogemos. El trato está claro para ellos. En ese sentido, la actitud de la Alina es profesional: pasea ocasionalmente por los cuartos revisando que todo esté en orden, prefiere no quedarse dentro sino permanecer afuera de las habitaciones, junto a la puerta, como un guardaespaldas. Dentro de la casa nunca ladra. En los años en que la dejaban suelta, Alina corría por la urbanización de Leslie ladrándole a todos los perros y saludando a todos los vecinos, que la conocían de nombre. Tal vez, pienso, ese ha sido el trabajo que sus genes le han heredado: vigilar, custodiar. A veces asemeja un mimo o un payaso (pienso en su cara pintada de blanco y sus grande ojos negros sin boca visible, sus cejas de Charlie Chaplin) y cuando se te pone a los pies más vale que le hagas un cariño, porque no va a dejar de ofrecerte la barriga hasta que la acaricies, y tal vez seas tú quien necesite más que ella de ese cariño, y tal vez ella lo haga precisamente por eso (insight de Leslie). En todo caso, me he descubierto innumerables veces recorriendo la línea tibia de su barriga con mi pie, y me he descubierto agachándome para abrazar su tronco de peluche diciéndole al oído “¿Quién la quiere a usted?”. Leslie tiene frases lindas para esa misma situación, por ejemplo una vez la escuché diciéndole “¿Y usted por qué es perro?”.


En estos meses la he ido conociendo, y he comprobado que los perros son personas y tienen personalidad. La Allujo andaba pegada a mí, teníamos mucho contacto visual, estábamos siempre a un metro o dos de distancia y la Alina también es así por momentos, pero defiende su espacio: a veces la agarro desprevenida y la cargo y la subo conmigo a la cama, y ella aguanta un ratito abrazada pero apenas me distraigo ya dio un salto y se bajó, con lo cual se produce a veces la escena, un tanto patética, del dueño rogándole al perro para que se suba a la cama. Aunque, bueno, yo no soy su dueño (nadie es dueño de nadie). Por aquí hemos aprendido a quererla y por eso nos afectó lo del primero de mayo. Yo nunca la había visto así, Leslie tampoco. Esa noche sonaron fuegos artificiales, era feriado: Leslie y yo estábamos paseando a la Alina cuando a lo lejos empezaron las bombardas, tal vez un evento a la altura de la FAP, el cielo relampagueaba. No nos dimos cuenta de nada. No pensé que fuera nada grave, en todo caso, aunque la Alina jalaba de la correa para que nos regresáramos rápido. Cuando llegamos a la casa estaba temblando. Los ojos se le salían. Yo ya la había visto asustada antes, en año nuevo: también sonaron cohetes esa noche —a quién mierda se le ha ocurrido que esa es forma de celebrar, con ruidos de guerra y explosiones— pero el susto no era comparable. No tembló como temblaba ahora que la teníamos en el dormitorio, a oscuras, cubierta con una frazada. Yo le ponía la mano en el pecho y sentía su corazón galopando. Había pasado media hora y seguía asustada. Estaba diciéndole “Ya, ya” y dándole besos. Leslie la abrazaba pero la Alina seguía temblando como si por dentro estuviera hecha de arena. ¿Tanto podía temblar? ¿Tendríamos que llevarla a emergencia?


¿Cuánto tiempo pasó al final? Todo se hizo eterno y breve en la oscuridad del cuarto. En algún momento ella soltó un quejido, un llanto ahogado, y entre Leslie y yo seguimos acariciándola en la oscuridad haciendo “Shhh, shhh, shhh”, hasta que se me ocurrió cogerla del pescuezo, como había leído que uno debe hacer con los perros cuando quiere que obedezcan, para que recuerden la sensación de su madre alzándolos con los dientes, y con ligera presión fui empujando su cabeza hacia abajo, sintiendo su hueso tembloroso en mi palma, como sometiéndola dulcemente. Y en algún momento ella se dejó, y luego de una secuencia de minutos en la oscuridad, largos minutos de sudor, mientras yo pensaba que eso que estaba haciendo era lo mejor del mundo, que no había nada más hermoso que consolar a alguien, me pareció que mi intento funcionaba porque ella se empezaba a calmar... Yo la agarraba fuerte y ella temblaba menos. Seguía temblando, pero menos, y en algún momento dejó de temblar y se creó el silencio. Me sentí tan orgulloso de ese momento de paz, dije bajito “Leslie” pero nada... "Leslie" repetí: ella se había quedado dormida. Escuché un ronquido y mentalmente di las gracias por la experiencia, y pensé que allí quedaría todo, pero al día siguiente la Alina no quiso salir a pasear: huyó de la correa y tuve que jalonearla para poder salir, y en la calle se quiso regresar y tuve que jalarla de nuevo para llevarla aunque sea al frente, para que hiciera pichi y caca. Afortunadamente al frente hay un jardín cercado por arbustos, y por un huequito entramos y ella orinó rapidito, y rapidito se quiso regresar a la casa.


Eso fue mayo para mí: el mes en que la Alina tuvo miedo, y yo decidí que la ayudaría a superar su miedo. ¿Qué otra opción había? El incidente había cambiado mi rutina, además: ya no podía comprar pan en nuestro paseo, porque ella no quería ir hasta la panadería de la esquina. Era muy clara indicando que no quería ni acercarse a esa esquina: tiraba de la correa, se plantaba en su sitio y no aceptaba más que una breve excursión por el jardín del frente. Leslie y la tía Chela ya le habían pasado el huevo y le habían puesto una cinta roja en el cuello, que se le cayó la misma noche. Una mañana mi mamá descubrió que se había se hecho la pichi y la caca en la sala. Puta madre, pensé yo. “Y ahora cómo vamos a decirle que se tranquilice, si ella no entiende palabras” se lamentaba mi madre y yo me enfurecía: “¡Igual que con cualquier persona!” decía. “¡Vamos a ser pacientes!” y me asombraba que esas palabras salieran de mi boca. Pero ¿acaso tenía alternativa? ¿Qué podía hacer, sino ser paciente? Creía en eso aunque a veces dudaba: después de todo, la Alina era una perra mayor. ¿Se había traumado? ¿Se quedaría así para siempre? Chat GPT me dijo que el tiempo de recuperación para un evento como ese podría ser de 3 a 6 semanas... Empecé a verla igual a como estaba el año pasado, cuando llegó a mi casa luego de que los otros perros la atacaran: una perra tímida, de movimientos lentos. Yo pensaba entonces que era por su edad, pero resultó que no, resultó que ella estaba viviendo una vida de mierda, una vida en la cual se sentía en peligro, y con esta nueva vida en mi casa y sin otros perros jodiéndola rejuveneció… Pero ahora era nuevamente una perra asustada que prefería dormir en la cocina (donde se escuchan menos los ruidos que vienen de la FAP). Huía a otra habitación cuando me acercaba a ella para decirle que saldríamos a dar una vuelta. Para sacarla a la calle, la cercaba con mi cuerpo indicándole la dirección en que quería que se moviera, y si ella empezaba a huir a las escaleras yo decía con mi voz de reprimenda ALINA y ella se detenía. Acabábamos saliendo de la casa, aunque al principio ella temblaba nada más abrirse la puerta. Le indicaba para ir a la derecha pero se resistía, yo jalaba de la correa y ella permanecía clavada en su sitio. Así que un día empecé a cargarla.


La Alina pesaba 12 kilos cuando la llevamos el año pasado al veterinario, debe seguir por ahí. No oponía resistencia a que la carguen, incluso parecía tomar como lo más natural del mundo que yo la llevara como un bebito hacia la esquina, y luego más allá. Temblaba mucho, y a veces hacía la finta de patear como si quisiera tirarse de mis brazos al suelo, pero no mostraba intención real. Mi teoría era que debíamos regresar todos los días a esa esquina en la que escuchamos las bombardas, que además era parte de nuestro recorrido habitual, y que animándola y dándole cariño poco a poco ella entendería que no estaba en peligro. Yo me decía “Debo practicar para cuando tenga mi hijito”, y con los días y las noches fui mejorando mi técnica para cargarla. A veces me dolía la muñeca, porque no la agarraba bien. Con el tiempo ya no necesité hacer paradas en el jardín que había a la mitad de nuestro recorrido, y la llevaba cargada hasta la altura del colegio: allí la posaba sobre un césped que ella solía disfrutar, seguro que fraganciado por las mil pichis de los perros de la zona. Nos regresábamos caminando a la casa, algo que al principio ella hacía a trote ligero, preocupada, ignorando las flores y las pichis que antes eran su material de investigación. En nuestro trayecto de ida, sin embargo, parecía disfrutar de ser cargada, aunque seguía temblando: a veces me hacía pensar en un masajeador eléctrico, pero no todo en ella temblaba porque su mirada tenía algo de princesa, algo de “Yo voy cargada”. Era raro, pero era así. Y yendo de esa forma hacia la esquina íbamos cuerpo contra cuerpo, y yo tenía su cara cerca de la mía, y una noche me sentí protector y empecé a darle besos en el hocico y en el cuello mientras le hablaba. “¿Ya ve? No pasa nada. Si aquí estamos los dos. Y yo a usted la voy a proteger siempre”.


Me gustaba el ritual de sacarla cargada por las noches, como si fuera mi bebita. ”Tenemos que acostumbranos a salir, no podemos quedarnos encerrados” le decía. Por ahí alguien nos miraba y se reía, pero para mí tenía importancia ir de esta forma hasta el colegio, porque era como si estuviera hablándome a mí mismo. “Bien valientes vamos” le decía, evocando una época de mi infancia en la cual yo lloraba todas las noches en mi cuarto, sintiendo que mi vida estaba destrozada porque mis papás se estaban separando. Cargando a la Alina recordé esa época específica. Tal vez porque en mayo estuve escuchando música de los 80. Evocaba el colegio y lo infeliz que me había sentido en esos años. Recordaba mis propios deseos de morir. Abrazando a la Alina vi que el miedo siempre estuvo allí, fluyendo bajo mi pecho que se enfriaba: mi miedo a ser abandonado. Sentía que cargando a la Alina también me estaba cargando a mí mismo en esa época, y que de alguna manera dándole un beso a ella en la cabeza y transmitiéndole tranquilidad besaba a ese niño que lloraba. ”¿Ve, qué bien estamos afuera?" le dije una noche: yo un gigante y ella un gnomo acurrucado en mis brazos. La luna estaba brillante y se veía cercana, como si pudieras tocarla con el dedo. Cuando llegamos a la mitad del camino ella se puso nerviosa y movió las patas, vi que podría arañarme la cara porque conforme más me acercaba a la esquina más temblaba su cuerpo, y yo la apretaba más contra mi cuerpo y más me pesaba. "Valientes vamos, bien valientes" dije con firmeza.


Al llegar a la esquina pensé que se me podía caer, que ella podía hacer un movimiento raro y caerse. Se haría daño. Ya estaba oscuro porque resaltaban las luces de la bodega y de la panadería: era el punto exacto donde ella se había asustado la noche del primero de mayo, y yo sentía el movimiento violento de su cuerpo, sus deseos de escaparse de mí, pero la agarré bien y seguí caminando hasta el colegio, aunque la muñeca izquierda se me doblaba con el peso.


Esto iba a cambiar. Esto no iba a ser siempre así.


”Yo sé que usted se ha asustado, pero con susto y todo ahí vamos” le dije mientras la cargaba. Ella temblaba como las hojas de un árbol.


"¿Por qué tiembla? Si estamos usted y yo juntos... Y a usted no le va a pasar nada malo mientras yo esté aquí, ¿entiende?”.


La llevé cargada hasta el colegio todo el mes de mayo, en las mañanas y las noches. Luego nos regresábamos caminando a la casa, y ella gradualmente volvió a interesarse por las flores y las pichis de esa ruta.


“En esta casa se le quiere mucho, así que no tenga miedo, que aquí estamos todos para protegernos”.


Una mañana, hace tres días, al salir de la casa ella misma me indicó con su cuerpo que quería ir a la esquina. Hicimos el recorrido hasta la panadería a pie y a pata, sin que ella jalara de la correa en ningún momento. Me sentí orgulloso.


Y esa es mi historia.


Acabé escribiendo sobre la Alina, como quería en el fondo.


En mi bloc de notas de la laptop quedaron apuntadas estas otras frases que yo recordaba haberle dicho a la Alina mientras la cargaba:


Qué tal? No está mal ah?


Claro pues como va a estar mal si estamos juntos


Tal vez usted y yo hemos estado asustados much otiempo, no?


De repente se nos ha quedao dentro un susto, no?


Pero usted y yo vamos a salir adelante


}y con mucha paciencia sempre conmucha paciencia


De repente hemos tenido miedo pero vamos a superar nuestro miedo




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