#Concurso: CINE JUNÍN


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El quinto día de la cuarentena impuesta para frenar el avance del coronavirus, el WhatsApp, de mi promoción de colegio, empezó a resucitar y tener un tráfico constante de videos lujuriosos. Este grupo de WhatsApp fue creado años atrás, cuando los exalumnos unanuinos nos habíamos reencontrado gracias a las redes sociales. Al principio lo utilizabamos como un medio efectivo para bromear, estar comunicados y coordinar partidos de fulbito; pero paulatinamente fue quedando en el olvido, hasta enmudecer por completo.


Yo, llegué a la capital en 1986 cuando tenía 14 años. Por ese entonces, mis honorables ojitos chinitos aún no sabían lo que era ver una de esas películas con alta dosis de erotismo de las que todos hablaban en el salón. En mi nuevo colegio, las bromas, sobre esos temas pecaminosos, eran bien explícitas y recurrentes. En el pequeño pueblo serrano, de donde provenía, cada mes esperábamos la llegada de un cine itinerante que proyectaba sobre una sábana blanca, clavada en la pared, antiguas películas dramáticas, cómicas y de vaqueros; pero ninguna de ellas tenía escenas de lujuria. La moral y buenas costumbres de los pobladores tampoco lo hubiera permitido. Lo más escabroso que habían escuchado mis oídos, hasta ese entonces, era la adaptación con efectos de sonido incluido, que hizo algún ingenioso narrador del cuento de la Caperucita Roja. En la versión erótica de esa historia, el lobo feroz era acosado y ultrajado frecuentemente por una fogosa y buscona Caperucita Rota que vivía en un lejano bosque donde cantaba el gran cucú. No entraré en detalles de las poses, usos y abusos que sufrió el lobo a manos de una exigente Caperucita Rota; pero basta decir que al extenuado animal le ardía el miembro viril de tanto uso.


El caso es que una tarde, mientras retornabamos del colegio en el microbús, alguien mencionó la cartelera triple X del cine Junín ubicado en la cuadra 18 de la avenida Perú. Mencionaron también que no era necesario tener Libreta Electoral para ver películas que estaban clasificadas para mayores de 18 años. Parecía ser una invitación al averno. Entonces, abriendo los ojos, como quien descubre un tesoro, y sin decir palabra alguna, acordamos asistir a ese espectáculo impuro. Cuando cayó la noche de jueves, Celso y yo, residentes carmelinos, caminamos en silencio hasta la avenida universitaria donde nos esperaba un impaciente Legua Good Bye. Los tres cruzamos el puente sobre el río Rímac que en esa época tenía poco caudal. Al llegar a la avenida Perú se nos unió Juan. Él vivía por los alrededores y al parecer salió de su casa con el viejo cuento de hacer la tarea: traía en sus manos un cuaderno, libro y lapicero; pero lo delataban sus lentes ávidos de sensaciones extrasensoriales. Se le notaba entusiasmado. Lucía recién bañado, talqueado y perfumado, creo que también era la primera vez que se "rompería los ojos". En todo caso, la versión que dió en su casa para ausentarse por tres horas nocturnas, tenía veracidad. Juan era el único alumno del 4I que iba al colegio realmente a estudiar. Nunca lo ví llegar tarde ni con apremios de última hora al presentar los trabajos. Hasta ahora no me explico cómo llegó a un colegio nacional y, más aún, a ese salón que parecía ser un reformatorio juvenil.


Cuando llegamos al cine Junín, nos sorprendió que el portero saludara con tanta familiaridad a Celso, al parecer ya era cliente habitual. La fauna pornera, que estaba aglomerada en la entrada del local, era variada; había jóvenes y señores de avanzada edad. Al ingresar a la oscura sala donde se estaba proyectando " La devoradora de anacondas y otras serpientes" los altavoces emitían unos gemidos que hacían temblar las paredes y estremecían nuestros oídos. En la pantalla, un negro corpulento le estaba dando lo suyo a una colorada que tenía los ojos volteados y balbuceaba como poseída: ¡Oh yes... oh yes...oh yes! Así, tras dos horas de elevar nuestra libido abandonamos el glorioso cine Junín y retornamos caminando por la avenida Perú con las manos en los bolsillos delanteros. Diez minutos después, dejamos a Juan en su casa; tenía la cara de satisfacción y una gran sonrisa. Regresó con la tarea resuelta y las manos inquietas. Cuando estábamos cruzando el puente, la ciudad quedó a oscuras, los terroristas habían dinamitado alguna torre de alta tensión que provocó un apagón general. De pronto, amparados por la oscuridad, un grupo de ladrones nos rodeó con intenciones de asaltarnos. Celso y Legua corrieron más rápido que los pirañas y salvaron sus cuatro soles que llevaban en los bolsillos. Yo quedé solo y mientras me desvalijaban ví volver a mis compañeros con un vigilante de la pollería que pistola en mano hizo huir a los ladronzuelos.


Han transcurrido los años. Mucha agua ha pasado bajo el puente. Celso, aún es vecino mío y vez que podemos nos tomamos unas nostálgicas cervezas recordando nuestro paso por las aulas unanuinas. Legua Good Bye se casó tempranamente y se fue a vivir con toda su prole a Ventanilla Alta, desde donde tiene una inmejorable vista del Océano Pacífico. Trabaja conduciendo un bus de turismo, frecuentemente nos cruzamos por la calle y un brazo levantado corrobora nuestra amistad. Juan es un exitoso profesional de la salud mental, psicólogo con maestrías y doctorado; ha trabajado en importantes entidades públicas y privadas. Se convirtió en administrador del grupo de WhatsApp de la promoción.


Ahora que la cuarentena nos tiene recluidos. No puedo salir a tomarme una cerveza con Celso ni buscar a Legua Good Bay para corroborar nuestra amistad. Me queda el consuelo de saber que, desde el otro lado de la pantalla, mis compañeros matan el aburrimiento con los videos que comparte Juan para destensar el ánimo y sobrellevar la cuarentena. Aunque a veces, nos sorprende con los memes de un negro con armamento largo como los que vió en el desaparecido cine Junín


Autor: Ángel Milla.



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