#Concurso: ÁLBUM DE RECUERDOS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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La cuarentena me condujo a revisar tesoros guardados en el pabellón del olvido, en ese sitio jamás vuelto a mirar y que ahora, por el confinamiento y el aburrimiento, quise inspeccionar emulando a un historiador y arqueólogo como lo es mi personaje favorito de una serie de ficción. Indiana Jones de cuarentena, me hice llamar mientras acomodaba una silla en frente del closet para poder alcanzar lo que con mi estatura de peruano promedio no logro captar, el último cajón de aquel viejo ropero que contiene los álbumes de familia, esos que ahora se usan virtual pero que no contienen los mismos sentimientos que los que atrapa en sus páginas desechas.


Deslicé la máscara para desempolvar su portada de un soplido y usé guantes quirúrgicos para evitar el contagio y tratarlo con cuidado.


‘La familia es el tesoro más grande, valórala mientras vivas’ decía una leyenda escrita a mano por el único escritor que lleva el apellido, el abuelo cuyas obras nunca fueron publicadas porque de niño me contó una vez que los escritores mueren de hambre y los obreros se matan por una cena.


Viví creyendo que la escritura me traería miseria y me sumergí en la literatura para darle un paralelismo a mi vida con un trabajo de oficina, una esposa y un par de niños; los tres últimos ahora viviendo en otro distrito y yo aquí en solitario aventurándome al pasado lejano en busca de un tesoro intangible por causa de una cuarentena que lejos de enloquecerme como a muchos me hinca en reflexión.


El álbum me condujo a recordar sucesos de antaño que se fueron y no volverán a pesar que todavía permanecen en la memoria como imágenes que deseo atrapar y nunca logro contener.


De niño era más lindo que ahora, pues los años pasaron una terrible factura incluyendo un conato de panza que parece una soga con un nudo en medio.


Los familiares se ven distintos a como los recuerdo. El tío Javi con el cabello largo y oscuro, la tía Marina con esa sonrisa inigualable que la llevó a un breve estrellato en la televisión nacional, mis hermanos son los mismos aunque Norteamérica los volvió androides que van de la casa al trabajo y mis padres que en paz descansen son el símbolo de la alegría en toda su expresión.


Era pelotero, siempre lo fui, deseaba ser futbolista como Maradona; pero solo me quedé con sus vicios. También estuve en Sao Paulo cuando ganaba buen dinero como vendedor hasta que resolvieron despedirme por un asunto interno de reducción. El abogado del divorcio me quitó mi indemnización y ya dije que mis hijos viven con mi ex mujer.


Me he visto con ella en una fotografía que recrea los únicos instantes en que fuimos felices, observamos un mar que ahora luce despejado y divino como si los seres humanos fuésemos ese virus que infecta a la Tierra; también me encontré jugando a la pelota con viejos amigos que ahora se esconden en casas junto a sus familias resguardándolos con valentía de este mal que azota la humanidad. Mi querido abuelo el escritor de la familia postrado en una antigua silla de ruedas a punto de morir sin realizar ningún sueño personal pero alimentando con el lomo hecho añicos a media docena de hijos.


Admirado y olvidado por todos con el paso del tiempo, tal es el ejemplo que la última vez que visitamos su tumba yacía con vestigios excrétales de aves, aglomeración de insectos y una planta que irónicamente empezaba a perforar la lápida. Me hizo pensar en la vida, en su forma de florecer ante la jodida muerte.


A veces pienso que fui más feliz de niño que ahora de grande a mis casi cincuenta viviendo en soledad en la casa heredada por mis padres y con mis ideales de escritor todavía encerrados bajo llave como yo en esta cuarentena o como mi vecino que no sale ni siquiera para comprar el pan. A veces creo que todos estamos ocultos en alguna parte y solo mostramos algo para parecer vivos.


Esta cuarentena me hace reflexionar y el álbum de fotografías que muestra una imagen de un joven yo recibiendo un premio a poeta del año en una escuela tan longeva como el parque en frente me emociona al borde de las lágrimas, pues en esa etapa de mi vida en lo único que pensaba era en escribir. Después llegaron los abuelos hablando del hambre del escritor, de que no iba a tener estabilidad y de que solo los ricos publican. Por eso escribir es personal.


Cierro el álbum de golpe y reviso mis escritos ordenados por fecha en un ordenador del 98 cuya misión se basa en que funcione el Word.


Voy a publicarlos, me digo con énfasis y seguridad. Creo un Blog y una página en Facebook. Comparto mi primer escrito y me asombra la cantidad de gente que empieza a leer.


Se agotaron los libros en sus libreros y no tuvieron tiempo de comprar uno nuevo, descargar archivos trae virus y un Blog gratis de un nuevo escritor produce intriga. Me gusta lo que comentan, opinan y preguntan, ¿Dónde estuve oculto el escritor que guardabas en tu interior? Dice una amiga. Hasta que al fin te animaste a escribir, dicta un primo. Ya era ahora que dejaras la oficina y te dedicas a lo que realmente eres bueno, comenta un colega. Renace el autor de la familia, añade un hermano confinado en New York.


Me doy cuenta que la literatura y la escritura han visto la luz en una cuarentena que parecía oscura y sola; pero ya no la es.


Prometo publicar un compilado de relatos cuando todo termine y pienso dedicárselo a un abuelo luchador como la continuación de su sueño terrenal.


Y sí, me siento libre desde que estoy escribiendo a pesar de tener las puertas cerradas



Autor: Bruno Barreto Espinoza.



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