#Concurso: ÉRASE UNA VEZ EN CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Nueve de la noche de un domingo cualquiera. Tendida en el sofá, en casa de la abuela, veía la tele sin mayor preocupación que la de ir a alistar mi ropa para la semana venidera, pues debía partir al día siguiente al depa, tan temprano como pudiese.


Lo tenía todo resuelto, me esperaba una semana productiva. Una más dictando clases por las tardes, un par de horas cada día. Nada mal para una maestra suelta en plaza y con cuentas que pagar.


Encerrada en mi burbuja de autosuficiencia y aparente despreocupación, maquinaba lo que haría con el dinero de la ganancia semanal. “Con esa plata, saldaré mi última deuda”, pensé en voz alta y cambiaba los canales buscando algo divertido.


Mientras tanto, en el mundo, una pandemia cobraba millones de víctimas. Su nombre: Coronavirus.


Nadie advirtió los alcances de este mal, llegado desde la milenaria China. Nos sentíamos inmunes y todopoderosos. Intocables, totalmente invulnerables por no vivir en Asia ni en Europa, los grandes focos de la infección. ¡Qué va, a nosotros no nos iba a pasar… hasta que pasó!


Me desperezaba en el sillón cuando, de pronto, un aviso en la tele terminó por sacudirme del letargo.


- ¡Mensaje de Vizcarra!- grité a mi abuela, quien fue a traer dos plátanos de la cocina.


- ¡A ver qué dice!- contestó ella, visiblemente agitada y con los ojos llenos de expectativa.


Era solo el principio.


- ¡Se decreta Estado de Emergencia con quince días de aislamiento social y toque de queda!


-¡Dios mío! ¿Qué rayos es eso?


-¡Shhh! ¡Escucha!- rezongó mi abuela mientras oía el discurso presidencial.


No pude evitarlo. Mi rostro se tornó de mil colores y no supe qué decir. Adiós, semana. Adiós, pago de la deuda. Adiós, independencia.


Jamás en mi vida había pasado por algo similar. Vi mis planes diluirse en incontables ocasiones, pero nunca de este modo tan desconcertante… por una enfermedad.


Yo que había vivido los brotes del Cólera, la Influenza, el Zika, el dengue y otras hierbas, no podía aun creer que en menos de veinticuatro horas, debía quedar confinada en la casa que dejé hace algunos meses -paradójicamente- buscando libertad.


¿Tan grave era aquel mal que, hasta hace unos minutos, mirábamos con desdén? ¿Sería posible que el fin de los tiempos esté cerca ya?


Sonó el teléfono. Era mi tío- hijo de mi abuela-, al otro lado de la línea.


- Estoy yendo a la casa. No cierren aun- advirtió.


A la mañana siguiente, sobrevino lo peor. Comenzaba el primer día del resto del encierro. Imprequé mil veces, despotricando contra mi suerte. ¡Entonces, más que nunca, me sentía una Ana Frank!


-¿Y ahora qué sigue? ¡De qué voy a vivir!- me lamentaba en mi cuarto mientras mudaba de ropa.


Venía un tiempo aciago. Ni modo, ahora lo único que importaba era vivir. Lo repetía a cada instante como un mantra para no decaer.


El día transcurrió y fue el más largo de mi vida, en años. Sin embargo, entre tender al sol las sábanas, ir al mercado a hacer las compras para la semana, chatear con mi novio y navegar en Internet, nos dieron las diez. Un escueto “buenas noches” y a dormir.


Al siguiente día, las cosas parecían no mejorar. La diversión cotidiana se redujo a tender las sábanas de nuevo, lavar un par de prendas, leer revistas viejas, buscar memes, postear mensajes en la red social de moda y chatear con mi amado hasta que acabe el día otra vez. Nada mal. ¡Al menos teníamos qué comer!


El tercer día fue un caos total en mi interior. El mensaje de una amiga me sacudió de mi coraza de aparente tranquilidad.


-Estoy con mi flaco donde siempre. Baja, pues- rezaba el texto, el cual leía sin saber qué hacer.


¿Y si me iba y mandaba al diablo todo? ¡Imposible! Si deseaba mantenerme a salvo, solo quedaba ignorar aquel mensaje y concentrarme en la idea de no salir.


Al mediodía siguiente, el anuncio de un subsidio económico me sacó de mis lamentaciones. Renacía la esperanza. Teniendo en cuenta que no era servidora pública y no gozaba de sueldo fijo hacía tres meses, me sentía merecedora de aquella minúscula, pero necesaria “gracia” presidencial. Craso error. Para el gobierno, no era pobre… aun con solo ochenta soles en el bolsillo. ¡Para otra vez será!


En el resto del orbe, las noticias tampoco se pintaban alentadoras. Cada día dejaban de existir millones de personas.


-¡A morir en casa! ¡Qué vaina!


¿Los siguientes días? ¡La misma rutina! Sin embargo, cada vez ello cobraba menor importancia. Al menos, para mí. No recibiría un “cobre” del gobierno; mas tenía comida en la mesa, un novio hermoso que aun en la distancia estaba conmigo, y una familia que, a pesar de no entenderme, me apoyaba. Como había sido siempre.


- ¡Hemos decidido prolongar la cuarentena!- bramó Vizcarra por televisión.

Serían solo trece días más. O tal vez no. El asunto era… que iba dejando de doler. Si bien yo era un alma libre y el encierro me ahogaba por momentos, fui recuperando lo más valioso: a mí.


¡Al fin iba dejando de preocuparme por la plata, por el pollito a la brasa del sábado por la noche, los amigos o la ropa que me pondría para ir a dictar clases! ¡Ahora me importaba el mundo y su dolor!


Oré, volví a leer pasajes de la Biblia y unos cuantos libros más que había en el viejo estante, llevé un cursito online, traduje algunos “oldies” como hacía en mi época universitaria…y hasta creé mi propia coreografía, la cual puse en práctica ciertas noches, pese a lo floja que soy.


¡Finalmente todo parecía mejorar!


Y así, día tras día, dentro de este involuntario aburrimiento, fui rescatando mis ganas de crecer. Como las ganas de reencontrarme con mi “yo” creador. El mismo que hoy me tiene aquí, escribiendo estas líneas que quizá muy pronto quedarán en el olvido… y sintiéndome viva. ¡Más viva que nunca!



Autora: Lucía Casal.



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