#Concurso: COSAS QUE NO HAY QUE DECIR


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Cuando sentí que el celular vibraba en el bolsillo derecho de mi pantalón, una ola de pánico me invadió. Dije que debía ir al baño. Camila, mi esposa, sin mirarme, me dijo que estaba bien. Caminé tan rápido como pude, cerré la puerta detrás de mí y leí los mensajes que acababan de llegar: «hoy es el día, mi amor»; «te espero mi casa»; «te amo». Me miré en el espejo: estaba pálido y asustado.


Los mensajes me los había enviado Mariela, mi amante. Llevábamos juntos cinco años sin levantar la menor sospecha. Teníamos una disciplina casi militar para nuestros encuentros: siempre a la misma hora, en el mismo hotel, la misma rutina durante tanto tiempo.


Todo funcionaba bien para ambos. Ella estaba casada, y yo vivía tranquilo con Camila, quien había sido mi novia desde la universidad. Nuestras vidas paralelas no se tocaban, y eso estaba bien.


Pero el verano de 2020 trajo cambios consigo. A finales de enero, durante nuestro encuentro semanal, Mariela me dijo que tenía que contarme algo. (¿Qué pasó?, respondí, sin darle mucha importancia a lo que me diría, pensando que era algo trivial). Me voy a divorciar de Alfredo. (¿Te vas a divorciar?, ¿por qué?). Tranquilo, amor, me dijo y se rió. No te estoy diciendo que me voy a divorciar para que estés conmigo. Solamente te lo cuento porque no tengo muchas personas con quien hablar. (Yo sé, Mari, yo sé, pero igual quiero saber por qué). Porque yo he mantenido esa casa durante varios años. Mi marido es un inútil y ni siquiera hemos podido tener hijos. Antes de conocerte, Alfredo y yo fuimos a tratamientos, clínicas de fertilidad y todo lo que te puedas imaginar y nada funcionó. Después nos acostumbramos a vivir así, pero ya no tiene sentido: quiero estar sola. (Nunca me habías contado eso. No sabía que habías querido tener hijos). Pues sí. Sí quise. Pero ahora ya no importa. (Bueno, si eso te hace feliz, te apoyo, dije). Gracias, Fer.


Lo que no le conté a Mariela, aprovechando su momento de sinceridad, fue que Camila y yo también habíamos intentado tener un hijo. Pero nada había sucedido. A diferencia de ellos, nosotros no fuimos a ninguna clínica ni hicimos ningún tratamiento. No nos enloquecía ser padres.


Y todo siguió así hasta la mañana del lunes dos de marzo de este año. Como todos los días, desperté antes que Camila, me metí a la ducha, me vestí, tomé una taza de café, le di un beso rápido y subí al auto. Ella no trabajaba, por lo que casi siempre se levantaba cuando yo salía. Llegué a la oficina, abrí la computadora, me serví otra taza de café. Y cuando estaba dispuesto a responder los correos acumulados en la bandeja de entrada recordé que había olvidado mi billetera en casa. Lo lógico hubiese sido llamar a Camila y decirle que me la trajera; sin embargo, aquella mañana maldita, decidí volver por ella. No me sentía bien y pensé que ir a casa a recoger mi billetera podía distraerme. Bajé por el ascensor. En la pantalla que mostraba las noticias solo se hablaba de aquel virus infame que mataba gente a mansalva en otros países. Parecía que su llegada al Perú era cuestión de días. A mí me parecía que parar al país por una gripecita inocente era una locura sin sentido.


Manejé de regreso a casa. Y cuando estaba a unos doscientos metros de la puerta, desaceleré con violencia. La imagen parecía sacada de una película que yo no quería ver: Camila, la mujer con la que había estado casado los últimos doce años, subía a un auto oscuro que yo no conocía. Un tipo le abría la puerta mientras le sonreía. Debe ser taxista, me dije, pero justo antes de sentarse, Camila le dio un beso apasionado. Un beso de los que no me daba a mí hacía bastante tiempo. Miré a los alrededores, pensando que los vecinos podrían estar viendo, pero no había nadie. A esa hora el barrio era tierra de nadie.


Esperé a que partieran. Entré a casa, recogí la billetera y volví a la oficina. No me tomó mucho tiempo tomar la decisión de dejar a Camila. Sin escándalos. Sin gritos ni reclamos. Llamé a Mariela y le conté todo. No ocultó su alegría. Le pregunté qué le parecía la idea de vivir juntos. Me parece maravilloso, mi amor, me dijo. (Tienes que darme unos días, le dije). Los que necesites, Fer, contestó. Fijamos una fecha: el 15 de marzo. Domingo. Ese día le diría a mi esposa que la había visto y que me iba. No pensaba darle tiempo para reaccionar.


El domingo 15 de marzo, cuando salí del baño, después de leer los mensajes de Mariela, supe que debía confrontar a mi esposa.


(Camila, quiero hablar contigo, dije). Yo también, Fernando. (Dime, sentencié, pensando que me iba a confesar su infidelidad). Estoy embarazada de tres meses. Fue en diciembre, en el viaje a Cancún. Mira.


Sacó unos papeles que confirmaban lo que decía. La cantidad de semanas de embarazo corroboraban las fechas. No sabía qué decir. En la televisión, una presentadora anunciaba que el presidente iba a hablar. Caminé hacia Camila y le di un abrazo que estaba cargado de todo tipo de sentimientos. Quería matarla, pero la quería más que nunca. (Vamos a ser papás, le dije). Sí, me dijo con una sonrisa.


Minutos después, el presidente decía que a partir del día siguiente comenzaba el estado de emergencia en todo el país durante dos semanas por culpa de aquel virus que tan poco me había importado dos semanas atrás.


Camila y yo nos miramos, pensando que era el momento perfecto para estar encerrados.


En el bolsillo, el teléfono vibraba. Era Mariela, que me esperaba en su casa.


Han pasado seis semanas desde aquel día.


Mariela ya ha dejado de insistir.


Y yo voy a ser papá



Autora: Ronald De la Vega Gómez.



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