#Concurso: CUANDO EL CORONAVIRUS TOQUE MI PUERTA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Desde que empezó la cuarentena obligatoria, he seguido todas las recomendaciones habidas y por haber para evitar contagiarme del temido coronavirus. Confieso que, mi gran miedo, no es contagiarme, sino que eso signifique que podría contagiar a mi familia, en especial a mi madre que está por cumplir los 65 años.


Cada diez días, me toca salir a la calle para comprar alimentos, he decidido que tengo que ser yo la que se exponga, porque soy la que menos se enferma en casa de las vías respiratorias.


Casi siempre es el mismo ritual: los guantes de látex, la mascarilla y los lentes de seguridad. Pero, tengo la sensación de que todo eso no es suficiente y que debería colocarme algo adicional que me proteja más.


—Ponte una botella en la cabeza antes de salir a comprar —me dice mi hermana.


— ¿Una botella en la cabeza?, ¿hablas en serio? —pregunto confundida.


—Sí, lo vi en las noticias, los chinos se están cubriendo la cabeza con botellas de plástico.


—Me harán un meme si salgo a la calle con una botella puesta en la cabeza —le digo en tono bromista.


—Pues, en estos tiempos de coronavirus, la vergüenza ya no importa —me dice.


Y tiene razón, han dejado de importar muchas cosas en esta pandemia. Nos hemos vuelto tan básicos, que arreglarse ya no tiene sentido. Incluso, cuando me encuentro en mi peor momento económico como emprendedora, ya que mi negocio podría irse a la quiebra si la cuarentena continúa extendiéndose de esta manera, nada me preocupa más que mi salud y la salud de las personas que amo.


Decido ponerme la botella en la cabeza y al tacho la vergüenza. Me siento lista para salir al campo de batalla: la calle. El cielo está más claro que de costumbre, el aire está frío y no veo casi personas afuera. ¿Así se vería el mundo, si solo quedara una persona? Mis pasos son cuidadosos, mientras avanzo hacia el mercado, veo a lo lejos que un par de personas se acercan y me empiezan a mirar como si fuera un bicho raro. No importa, no importa si me miran feo —me repito para mis adentros. Un impulso, hace que me mueva, de manera casi automática, hacia la pista, será mejor que no vaya por la misma vereda por donde ellos vienen, porque así estaremos a metros de distancia y en estos momentos estar separados es lo que nos salva. Quiero pensar que esta nueva distancia funciona, porque si no me estaría me perdiendo los valiosos abrazos de las personas que amo.


Y es que, tengo que cuidarme de esta forma, aunque parezca exagerada y me vea ridícula con esta botella puesta en la cabeza, porque nos ha tocado un tipo de virus que hace de la responsabilidad no solamente un acto individual, sino colectivo, porque al cuidarme yo, cuido a otras personas. Y yo estoy cuidando mucho a mi madre, como tú no tienes idea, debe ser porque a diferencia de mis amigos que tienen mi edad, sus madres son mucho más jóvenes, en cambio la mía ya tiene los cabellos totalmente blancos.


Si yo llego a contagiarme, es probable que la contagie a ella y yo no podría vivir con una sensación de culpa como esa, no me lo perdonaría. Ya no quiero perder a más personas en mi vida, porque siento que ya he perdido mucho y, tengo que admitirlo, a veces, he llegado a sentirme un poco huérfana. Perdí a mi padre cuando era muy pequeña y nunca conocí a mis abuelos, porque a todos ellos les tocó una muerte temprana. Por eso hoy, me aferro a la vida y a la familia que me queda.


Hay palabras que empiezan a tambalear dentro de mi cabeza, palabras como «camina rápido», «compra rápido», «estate atenta por si alguien tose o estornuda». Ya quiero que todo vuelva a la normalidad y que ir al mercado no sea un campo de batalla, en donde unos se contagian y otros no. Aunque, en este caso sí hay matices, porque uno podría contagiarse, pero no presentar síntomas, ni verse afectado, es decir, ser un portador silencioso del virus y, sin querer, podrías terminar contagiando a esa persona que tanto amas y cuidas.


En el regreso, camino a casa, mientras cargaba todo el peso sofocante que ocasionaban las bolsas de mercado sobre mis hombros, me encontré con una paloma muerta tirada en el medio de la pista. Recordé entonces, cuando el otro día leí en las noticias que un hombre en cuarentena de España, había liberado a sus dos pequeños pájaros que tenía como mascotas, porque había comprendido el significado de vivir encerrado. La vida es muy curiosa —pensé—, es como si se hubieran invertido los papeles, porque ahora son muchos los animales que nos observan a nosotros, los humanos, viviendo enjaulados en nuestras propias casas.


Me quedé observando la paloma muerta por unos instantes, mientras me cuestionaba si acaso había una reflexión importante para mí, después de todos estos días de encierro. Quizás dejé de disfrutar el presente, por enfocarme tanto en el futuro. Y es que, ciertamente, eso es un error, porque no podemos sobresalir en un solo aspecto de nuestra vida, mientras descuidamos los otros para un futuro que quizás nunca vendrá, porque nuestro tiempo es limitado. A veces, actuamos como si la muerte estuviera demasiado lejos de nosotros. Pero no es así. Porque si en algún momento, el coronavirus toca mi puerta, quiero saber que la vida que sucedió y sucede ahora mismo, la he disfrutado con las personas que amo y seguirá siendo así, mientras mi corazón siga latiendo



Autora: Harumi Miyasiro López.



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