#Concurso: CUANDO NOS DESPERTEMOS ENTRE LOS VIVOS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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«Huele a muerte —pensó Roberto casi por instinto mientras dormitaba, pues no había conciliado el sueño durante la noche—. Las calles huelen a muerte —continuó pensando—. Ha salido de su anonimato, ahora se pavonea por las calles, libremente; la muerte ya no tiene su muerto, ahora se dedica a contar. ¡Qué absurdo! Pero nunca ha estado escondida la muerte, ¿quién la ha escondido?, siempre ha estado por todas partes. ¡Gente necia! Incapaz de verle a la cara y decirle: “¿Vienes a matarme? Pues hazlo, si no, apártate que me estorbas”. Así como Diógenes respondió a Alejandro Magno. Es tan antigua, incluso al instinto de un recién nacido, porque quién sabe que ya nacemos con la muerte, o peor aún, que ya nos esperaba antes del nacimiento. Y la gente… ¡No!, sujetos. Los verticales y los neutros, los que se confinan en sus casas y los que ayudan sin ayudar. Porque los horizontales no se cuentan… ¿Pero de dónde viene ese olor a quemado? —pensó casi hablando».


Al abrir los ojos solo veía oscuridad; quiso levantarse, pero el cuerpo le había abandonado. De pronto se apoderó del lugar un sonido crepitante, entonces se estremeció de miedo y se hizo pequeño como el feto dentro del vientre de la madre. Guardó silencio pensando que le zumbaba el oído —desde hace mucho tiempo le zumbaba, así que ya estaba acostumbrado—, pero el sonido no cesaba.


—¿Hola? —guardó silencio—. ¿¡Hola!? ¿¡Alguien me escucha!?, —volvió a llamar pero esta vez, alzó la voz.


Por un momento pensó que ensoñaba. Pero en el fondo él sabía que quería mentirse para estar bien.


El hombre nunca debe querer ser mentido, porque una vida basada en la mentira, es una vida fácil de quebrar.


Volvió a llamar varias veces hasta que, de un golpe, se desprendió de su cuerpo. Ahora estaba sentado. El sonido crepitante se le hizo más agudo, irritante. También oía murmullos que no lograba descifrar.


«Qué me pasa?», pensó. Al mirar detrás de sí, vio unas pilas de cajas de ataúd. En aquel momento le vino a la mente una palabra: «Cremación». Y se dio cuenta que dormía y trabajaba en un crematorio. «¿Acaso estoy muerto? —pensó—. Se palpaba el cuerpo para sentir que estaba vivo.


Se asomó hacia la puerta para ver lo que pasaba al otro lado: había tres grupos de trabajadores: los que limpiaban los cadáveres y acomodaban sobre una mesa grande; los que colocaban en las retortas para incinerar; y los que recogían las cenizas y destinaban en una pequeña caja.


En un momento Roberto creyó haber visto los cadáveres unos sobre otros, abrazándose, felices. Entonces cerró los ojos y meneó la cabeza, y dijo, «¿qué me está pasando?». Aún no comprendía lo que le acontecía, todo le era extraño, incluso lo que conocía, él mismo se sentía extraño, hasta que, en un pestañeo, se le apagó la visión.


Ahora estaba tendido, en un cartón sobre el piso, con la mirada hacia el techo. Todavía estaba desconcertado hasta que sintió que alguien le sacudía y le hablaba a la vez.


—¡Ey!, Levántate. Hace rato te estoy llamando.


Roberto le dirigió una mirada confusa.


—¿¡Te has embriagado!? —el hombre acercó su rostro para olfatear, pero por ningún lado olía a alcohol—. Te ves pálido, ¿qué te pasa?


En ese momento Roberto se contuvo las ganas de toser —se había resfriado—, mas el hombre se dio cuenta. No dijo nada al respecto. Sin embargo, mantuvo su distancia, y le dijo con cierta amabilidad, antes de retirarse:


—Ya levántate. Hay mucho por hacer.


Tenía la cara sonrojada cuando se inclinó hacia su derecha y tosió ligeramente. Se puso de pie, sacudió la cabeza y se vistió con ropa de trabajo. Y mientras caminaba en dirección al primer grupo de trabajadores, el mismo hombre le llamó por su nombre.


—Sí —respondió.


—Toma los cuatrocientos soles de esa mesa y ve a comprar algo para que comas, y para tu semana. Te necesito fuerte. Es el pago de la semana y el adelanto.


—Gracias, señor Pérez—Roberto cogió la plata, se cambió de ropa, se puso la mascarilla y salió.


Primero quiso entrar al mercado, luego al supermercado, pero como las colas eran largas, al final se dirigió a la bodega —tres bodegas contiguas, llenas de gente—; no tuvo otra opción que entrar. «¡Por favor, señores, debemos mantener como mínimo un metro de distancia!», exclamó una mujer joven que le recordó una escena con la novia —mientras almorzaban, ya durante la cuarentena, antes de que ella viajara a su pueblo y que la arrendataria les desalojara de la habitación—: Él: «Es difícil ocuparse de uno mismo en esta ciudad tan ajetreada». «Por eso me gusta la cuarentena», respondió ella. «No hay lugar para sí mismo», sentenció él. Salió de la bodega con las cosas que había comprado.


—¡No, señor, no puede entrar! ¡Entiende! ¡Yo solo cumplo órdenes! ¡Así que, por favor, retírese! —increpó el hombre de seguridad. Que, por cierto, no era el mismo que cuando salió Roberto. ¿Cambio de turno? Solo lo sabe el diablo.


—Esto es una equivocación. Es más, yo vivo acá —respondió Roberto.


—¿¡Qué!? Está usted loco. Este lugar es un crematorio. —Coge su teléfono—, llamaré a la policía.


—Pero por lo menos déjeme sacar mis cosas.


—¿Esas cosas de allá? —indicó con el dedo índice.


Roberto guardó silencio. Tomó sus cosas y se fue. «Quizás debí haberme ido con ella, o a mi pueblo», pensó.


Después de una semana, el cadáver de Roberto era el que se colocaba en las retortas del crematorio. Uno de los trabajadores dijo: «Pobre Roberto, ¿por qué se habrá ido?, ¿para morir como un perro en la calle?». Mientras tanto el señor Pérez pensó para sus adentros: «Sabía que tenía el virus; menos mal que lo eché. Cuando no tenía dónde dormir, mientras podía, le he acogido, ¿qué más iba a hacer?, ¿morir como él?



Autor: Godo Lozano Ruiz.



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