#Concurso: CUARENTA DÍAS, CUARENTA NOCHES


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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Llevo días sin dormir. Escucho sonidos extraños. Los escucho por todas partes. Casi todos los días y a la medianoche, me levanto de la cama para recorrer todo el cuarto, buscando a ese ser mitológico que no para de gritar. Ayer, por ejemplo, me levanté casi sonámbulo y moví el mueble del escritorio, pero no encontré nada. Unos días antes, hurgué entre las cajas de los libros pensando que algo iba a encontrar ahí. Pero temo que, me estoy volviendo loco. Estoy durmiendo muy poco gracias a esto y, lo único que me mantiene despierto durante el día es el café. Litros y litros de café. Pienso que si no están en el cuarto, entonces, debe estar en el entretecho. Si es así, fácilmente podría ser un nido de ratones, aunque no parecen ser muchos. Quizás dos o tres, no creo que puedan ser más.


Esto podría explicar los ruidos. Hay algo en ellos que me desespera. Justo en los momentos en que estoy conciliando el sueño, se comienzan a sentir. Busco por todas partes y ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Apago las luces para volver a dormir; me acuesto y otra vez se sienten; a ratos me pregunto ¿qué quieren de mí? El mundo allá afuera está lidiando con su propia pandemia.


Tal parece que la enfermedad del mundo no es la mía. ¿Tengo una plaga en mi propio cuarto? ¿Vendrán y me comerán de a poco? Temo a la sola imagen de todos ellos sobre mí. Ya puedo sentir como van subiendo por mis extremidades; siento que son miles y miles, pronto no me dejarán respirar, son más rápidas que yo; el pánico se terminó apoderando de mí, ya es tarde. ¿Pueden oler mis heridas y comenzar a roerlas? ¡Ah!


Despierto de mi sueño profundo con esta pesadilla. Todo ha sido tan real que todavía me queda la sensación de sus mordidas sobre mi piel, se peleaban entre ellas para devorarme. ¡Ah, qué alivio haber despertado!


Ya van cuarenta días en los que no he podido salir al mundo exterior. El televisor dejó de funcionar hace una semana. La radio no tiene contacto. No sé qué está pasando allá afuera. Todo es un poco incierto. Conservo aún comida, pero no será suficiente si esto se alarga más. Quisiera saber lo que pasa afuera, pero tengo miedo y mis nervios, que han sido puesto a prueba cada noche, ya no dan más. No hay medicina que me cure. Intenté llamar a mi psiquiatra hace dos días. No es fácil para mí hablar de esto, siendo un ser humano con personalidad esquizoide, los tratamientos que me indicaron no siempre funcionaron y cuando creí que había tenido pequeños avances, en realidad, me di cuenta de que estaba peor. El mundo no acepta a las personas como yo; es muy común ser rechazado.


Aun no entiendo cómo es que a mis treinta años he podido manejarlo. Debe ser porque hay días en que mi voluntad de vivir es más fuerte, pero hay otros en los que simplemente quiero abandonarlo todo y es en esos días cuando tengo estas pesadillas, aniquiladoras para mi mente.


Nicolás despertó aquella mañana muerto. Nadie sabía nada de él hace varias semanas. La pandemia de esa enfermedad rara que azotaba al mundo, había hecho del distanciamiento social el pan de cada día. Preocupados porque Nicolás no contestaba las llamadas ni los mails que le enviaban, el jefe de él, que además era su mejor amigo, fue a buscarlo.


Golpeo la puerta tres veces pero nadie abrió. La casera que había escuchado los ruidos salió a ver quién era y vio al jefe de Nicolás parado frente a la puerta sin poder hacer nada. Explicándole la situación, la mujer entró a su casa buscando la llave para abrir el cuarto. Una vez que la abrieron, se dieron con la sorpresa de Nicolás tirado en la cama, con la expresión de horror en su rostro.


Olía a rayos multiplicados por infinitas cantidades de desechos tóxicos. Encima de la cama, había una nota, apenas inteligible. El jefe de Nicolás la estaba divisando de lejos, casi parecía tener una visión super poderosa pero no era más que su meticulosa forma de observar la vida.


La casera que ya no podía más con el olor, salió corriendo a vomitar en el pasillo. El jefe con su acostumbrado ritmo desalmado, que se ganó trabajando a pulso, camino hasta la cama y consiguió leer la nota:


“Las cucarachas vienen por mí y no quiero terminar siendo devorado por ellas. Son miles de miles las que todos los días pululan por el cuarto”


El jefe lanzó una mirada a su alrededor, para cuantificar el desastre de las cucarachas, pero no pudo. Sintió ruidos a lo lejos y, trató de localizar el lugar exacto donde podían estar escondidas estas sabandijas. Miró en dirección hacia el closet de color blanco donde Nicolás debía guardar su ropa. Se acercó un poco para revisar, abrió las puertas, pero todo estaba vacío. Tampoco había rastro alguno de las cucarachas. Siguió la inspección por otros rincones y en eso, encontró un pequeño nido de cinco cucarachas. Eran dos adultas y tres pequeñas. ¡Son una familia! – pensó. Luego de un momento de observarlas, las asustó para que se fueran y estas, corrieron despavoridas, cada una por su lado. - ¡Se acabó la fiesta muchachas! – gritó.


Pero esto no explicaba en nada la muerte de Nicolás. ¿Qué habrá pensado antes de morir? ¿Qué problemas mentales tenía para acabar así? Volvió a mirar a su alrededor en busca de respuestas; a pesar de que no sentía nada, el aprecio que tenía por el chico le indicaba que aún faltaba algo por saber. Pasaron algunas horas y a fuerza de un solo hombre, lo movió un poco para comenzar la inspección médica. Sin darse cuenta, diez cucarachas más salieron corriendo de la ropa. Un poco asustado, volvió a la carta suicida que dejó Nicolás y leyó: “Me comí diez cucarachas, quería sentir su sabor”



Autora: Jocelyn Molina Moraga.



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