#Concurso: DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MI SER


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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La cuarentena se acaba. Siento que durante estas casi 3 semanas no logré hacer nada. Pienso que fue una pérdida de tiempo. Todos los días, cuando me levanto, siento que la angustia invade mi mente y hace que todo mi ser busque alguna actividad que justifique mi existencia dentro de estas 4 paredes que tienen como rehén mis ganas de vivir.


Ya son las 9 de la mañana, todavía no me levanto de la cama. Por mi mente pasan una infinidad de ideas sobre como afrontar este momento. No se me ocurre nada.


Pasaron 4 horas desde que me desperté y apenas pude ir al baño, lavarme la cara y cepillarme los dientes para luego volver a la cama. Durante estas 4 horas me puse a pensar sobre mis actitudes durante los últimos meses. “Soy una mierda de persona” pensé, “Mi antipatía hizo que las personas que más quiero se alejen de mi”. Mi pesimismo es tan abrumador que me incita a pensar terminar con mi existencia. Trato de dormir y mi teléfono suena, era mi madre. Cuelgo y tiro el celular al piso. La frustración de no poder salir de este círculo termina aniquilando el último bastión que tenía frente a esta depresión. Cerré los ojos y me puse a dormir.


Despierto y veo que ya son las 6 de la tarde. Llevo 21 horas sin comer. “Es hora de salir de esta mierda” pienso mientras oigo el maullido de mi gata y, como por arte de magia, la depresión me invade de nuevo. Los recuerdos me invaden. Tan solo hace 4 meses vivía con mis padres, pero ellos, por motivos de trabajo, se fueron de viaje. Me dijeron que volverían dentro de un par de meses. Las semanas pasaron y mi arrogancia hizo que perdiera comunicación con ellos.

Al recordar todo eso, intenté llamar a mi madre, cogí el teléfono y marqué su número. Mi intento fue en vano, su celular se encontraba apagado. Trate de dejar un mensaje de voz, pero la maldita arrogancia me detuvo. Solté el celular. Sentía que la rabia me consumía. Me levanté y fui hacia la puerta de mi casa. Abrí la puerta y pude contemplar el hermoso atardecer. Al salir, la angustia por querer salir comenzó a invadir mi mente, “Debo salir, no me importa los vecinos, la policía y mucho menos la salud pública. A la mierda todos” pensé mientras seguía observando las silenciosas calles de mi vecindario. Estaba preparado, quise entrar a mi cuarto para cambiarme y poder salir, pero los llantos de las hijas de mi vecina se escucharon. Ella era enfermera, solo podía ver a sus hijas los fines de semana. Su deber como cuidadora de la salud imposibilitaban el poder estar con su familia. Entre a mi cuarto, reflexioné y me sentí culpable. Comencé a llorar y sentía como nuevamente ingresaba a este laberinto llamado depresión, entendí entonces que era hora de ponerle fin a esto. Fui a la cocina y cogí el cuchillo, me seguían saliendo lágrimas. Cuando quise poner fin a esta agonía, sonó mi teléfono, era mi madre.


-Alo - dije con una voz asustada.


-Hola hijito. ¿Cómo estás? - respondió mi madre con un tono alegre. Cuando ella contestó, sentí que debía contárselo todo y pedirle que venga, pero la decisión ya estaba tomada.


-Lo siento mamá, no puedo más- respondí con lágrimas en los ojos.


- ¿Qué? ¿Qué estás hablando hijo? - me decía con un tono angustiado.


-Que ya no puedo, esta soledad me esta consumiendo. Necesito verte, verlos a todos. Las cosas están muy mal en casa desde que se fueron.


- Hijito, todo estará bien. Tal vez estemos lejos de ti, pero recuerda que te queremos mucho. Se lo difícil que es estar solo y encerrado, pero no te puedes hundir, no te puede ganar esta situación. Estas sano, las personas que más quiero están vivas, esta situación no puede deprimirte. Recuerda que hay gente en los hospitales muriendo por una enfermedad que todavía no tiene cura. Y peor aún, hay gente que esta llorando la partida de familiares o algún ser querido.


Mi madre seguía hablando. Nuestra conversación duro un poco más de 3 horas. Hablar con ella me hizo valorar más la vida. Estuve tirado un rato en la cama. Me levanté, cogí la laptop y comencé a escribir. Comencé a narrar todo lo que hice en el día y, cuando acabe de hacerlo me puse a pensar en las últimas palabras que me dijo mi madre antes de colgar “Cuando te sientas solo y no sepas con quien hablar, escribe todo lo que sientes y veras que se te quitara un gran peso de encima”



Autor: Josue Zegarra.



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