#Concurso: DESOLACIÓN


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Luego de cinco años terminaba al fin mi carrera en Turismo, en una universidad pública. Cuatro años antes de iniciarla, fue que llegué a Lima. Para mí, Lima ha sido siempre una ciudad bastante mezquina. En mi corta vida, lo mucho o poco que he sufrido lo sufrí en esta ciudad. Pero siempre traté de ser fuerte y aunque muy a menudo añoraba la vida en mi pueblo, tenía un motivo siempre para quedarme: tratar de superarme y con ello ayudar a mi familia a tener una vida mejor.

¡Ya está! -me dije cuando acabé -ahora sí podré trabajar duro y nuestra vida cambiará. Precisamente allí se me presentó la oportunidad de llevar un curso de extensión que creí me sería bastante provechoso. Decidí tomarlo y suspender por mientras mi vida laboral. Y en esas estaba…en esas estaba.

Se suponía que mi curso terminaba el veintisiete de marzo, ya un par de semanas antes la coyuntura me había puesto algo nerviosa. Mi actitud pesimista de siempre algo malo veía venir.

_Me quiero ir de aquí - le dije a mi papá al hablar de las noticias- me quiero ir.

_No va a pasar nada, tranquila. – dijo papá sobredimensionando mi preocupación.

Creo que me tenían hasta por paranoica, sin embargo, la situación cambió bastante pronto y ya no nos dio tiempo para reaccionar, las noticias pasaron de describir el acontecer internacional a alarmarnos profundamente sobre nuestro propio país. Cuando al fin tuve la disposición económica para adquirir los pasajes de vuelta a casa para mi hermana y yo ya era bastante tarde: el presidente había dispuesto Estado de Emergencia. No olvidaré ese lunes por la mañana en que presurosa traté de encontrar los pasajes al menor precio posible, ya que solo contaba con trescientos soles para conseguir pasajes para mi hermana y para mi desde Lima hasta Ayabaca. Pero los pasajes estaban por las nubes, triplicaban o quintuplicaban su precio. Luego de correr de un lado a otro, al fin encontré una agencia que los ofrecía al doble de lo normal, aunque aún eran accesibles para mí; sin embargo, los pasajes se acabaron cuando en la fila aún había dos personas delante mío. No había más por hacer, me había quedado atrapada en esta ciudad.

Más de dos semanas han pasado desde entonces y creo que no hay noche que no tenga pesadillas ni día que no despierte con los dientes apretados. Estoy, como muchos, sin trabajo. Y como muchos, muchas cosas me preocupan, especialmente el alquiler que hay que pagar y la comida. También mis papás allá en el norte. La incertidumbre por lo que viene me carcome.

Papá que ya ha vivido bastante, nos dice que tengamos paciencia, que esto no es nada y que él ya ha pasado por cosas peores. Mamá en cambio, que ha estado siempre tranquila, me ha dicho un día de estos que ya no pudo más y soltó el llanto a primera hora de la mañana. Por mi parte, trato de entretenerme en las labores domésticas: limpiar, cocinar, lavar, bañarme todos los días y tratar de leer o escribir un poco, aunque es inevitable ponerse a pensar. Todos los sueños se han venido abajo. Siento que estudié por nada, el sector turismo se ha ido al carajo. Nueve años soportando esta ciudad donde me deprimo más de seis meses al año cuando no puedo ver el sol. A veces me pongo a pensar en cuánto me costó empezar a prepararme para ingresar a la universidad, cuando trabajaba hasta media noche y madrugaba. Ha habido más momentos tristes que felices, y ahora estoy atrapada precisamente aquí. Si estuviera allá con los míos, la situación tal vez sería distinta. Solo sé que cuando esto termine, deberé empezar desde cero.

Lo que a muchos nos frustra es estar en una situación de la que nunca acabamos de salir: la pobreza. Cuando al fin parece que todo va a mejorar, sucede algo que impide que eso pase. Recuerdo que cuando era niña papá nos decía que si mejoraba su trabajo nos compraría alguna pelota, traería mejor comida o arreglaría nuestra casa- la que teníamos era de barro y tabique y estaba bastante viejita- pero la situación nunca mejoraba; tal vez por eso aprendí a que no esperar nada era mejor, así evitaba la decepción y la situación me afectaba menos. Y si las cosas resultaban favorables, podía estallar en alegría. Sin embargo, papá, que ha pasado tantas cosas peores que yo, sigue esperando a que todo esté bien. Por eso, por respeto a él y a gente como él es que no me permito ser una pesimista totalmente realizada. No soy ahora una optimista sin remedio, pero todavía le doy cabida a la esperanza.

Mamá me ha dicho que, si bien ya está acostumbrada a los malos tiempos, cree que “a su edad ya no está para esos trotes”. Perdón mamá, por ahora no podremos tener esas cosas que tiene la gente realizada en el sentido normalizado de la palabra.

Una de estas tardes de otoño, me he puesto a admirar el atardecer con singular interés. Los atardeceres, el sol, han sido parte esencial de mi vida desde siempre, me han transmitido una especie de alegría y cualquiera haya sido la situación, siempre la han hecho más llevadera. Pero esta vez no, esta vez el sol me transmitió frialdad a través de su indolencia. No cabía por un momento en mi mente que hubiera un atardecer tan bonito en medio de esta hecatombe. Pensé por un instante en nosotros como especie y en el golpe a nuestro orgullo al sabernos insignificantes dentro de la misma naturaleza. El sol y la tierra no se detienen, son indiferentes ante nuestro dolor. Sentí resueltamente que estamos completamente solos en esto y eso me ha causado gran desolación, si es posible darle cabida a esa palabra dentro de la desolación misma


Autora: Norma del Pilar Villalta Celi.


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