#Concurso: EL DECEPCIONANTE TALENTO DE LAS PÁGINAS BLANCAS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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A los quince años, con una imaginación que concebía ficciones y aquella personalidad petulante, signos incipientes de la soberbia, Daniel tomó una decisión que cambiaría por completo su vida: ser escritor. Sin embargo, pasado seis años de aquella tarde en la que decidió dedicarse a las letras, jamás, ni aún en las tardes libres de otoño o en los prolongados días de verano, se atrevió a escribir.


Hasta hoy.


Las casas de madera ascendían por las laderas del cerro frente a su casa y, en la cúspide, la neblina recortaba las antenas de telecomunicación. Eran las siete de la mañana. Daniel, sobre el balcón del segundo piso, contemplaba el paso de las gentes. Pero no distinguía la sonrisa mañanera o el disgusto por una noche incómoda en las personas. El gesto de los transeúntes se ocultaba, al igual que los artistas tras el telón, bajo una mascarilla blanca, azul o verde, que solo revelaba la magnificencia de los ojos. El pueblo ya no tiene sentimientos en la cuarentena, pensó. Llamaba pueblo al barrio que lo cobijo desde pequeño y, a pesar de la inseguridad de sus calles, guardaba un cariño especial por él.


Volvió a sentarse y retomó la lectura de Los miserables. El único miserable de esta novela es Javert, pensó. Oyó a su padre subir.


–Ya está el desayuno, hijo.


–Acabo este capítulo y voy… ¿Cuántos van?


–Dos mil infectados y veinte muertos. Algo así.


Tras el desayuno, ayudó con las compras en el mercado. Gel para las manos y guantes de protección, coger la bolsa de verduras con la punta del índice y el pulgar, evitar mantener conversación alguna con un conocido: principios básicos que aplicó desde el primer día de cuarentena.


El almuerzo transcurrió sin contratiempos. Después de conversar con su madre, volvió al balcón para continuar la lectura. Es increíble cómo se describe, perfectamente, la miseria humana. Víctor Hugo es un genio. Tal vez, algún día, pueda escribir como él, pensó.


Sus tres últimas palabras lo afligieron. Escribir como él ¿Cómo ser un genio de las letras sin haber escrito un solo relato? ¿Cómo igualarse a Víctor Hugo, Vargas Llosa o Stendhal si en los seis años que sucedieron a su determinación como escritor no intento escribir ni el título de un microcuento? ¿Dónde quedaba el faro de su vida: la escritura? Daniel tenía presente en sí el objetivo final, ser un reconocido novelista, mas no había empezado el camino.


Trató de olvidar las ideas que lo perturbaban y reanudó la lectura. Las horas corrían y, con ellas, los capítulos del libro. Transitaba, por el balcón, una suave brisa. En su mente, las calles de París se confabulaban con las verdes montañas de la sierra. Eucaliptos andinos remarcaban la ribera del Sena y los parisinos cambiaban las boinas negras por sombreros de paja y ponchos de tela ocre. El recuerdo de un paraje cargado de nostalgia se presentaba para nuestro protagonista. Notre Dame era reemplazada por la capillita celeste de Huanchuy, el pueblo de su madre.


Sin pensarlo, Daniel cerró la novela impetuosamente. Corrió a su habitación. Por primera vez, en seis años, tenía pensado escribir. Escribir sobre la casa de adobe de sus abuelos en Huanchuy, sobre mamá Julia y papito Oswaldo, sobre sus tíos, primos y toda esa amalgama de personajes enigmáticos, dignos, cada uno, de una novela propia.


Sobre el escritorio, aguardaba una hoja en blanco. Daniel cogió un lápiz de grafito y escribió: Esta es la historia de una familia en Huanchuy…No, no me gusta, pensó. Huanchuy era un pueblo y era un lindo paisaje entre la cordillera blanca y negra que…No, muy monótono. No es bello.


Así pasaban las horas y el bote de basura se llenaba de hojas arrugadas con frases bobas. No podía escribir como Valdelomar, pese a que devoró todo su repertorio; no alcanzaba la belleza de García Márquez, aun cuando leyó tres veces cada una de sus novelas; ni la sutileza de Flaubert tras deshilar letra por letra a su Madame Bovary.


Daniel golpeaba una y otra vez el escritorio. La frustración era evidente ¿Qué sucede si descubres que no posees el talento necesario para ejercer el mayor anhelo tu vida? Daniel pretendía escribir apoteósicas novelas; sin embargo, carecía del talento. Recordó que Rimbaud, a los quince años, componía los más hermosos versos, destellos de genialidad innata, y él, a los veintiuno, solo formulaba oraciones disonantes.


Lloró de impotencia. Las historias de mamá Julia, que tanto anhelaba contar, estaban prescritas en su mente; no obstante, después de intentos forzados con el lápiz, la hoja quedaba en blanco.


Decepcionado, dejó su habitación.


Apoyando ambos brazos sobre la barandilla del balcón, reflexionaba sobre su carente talento para las letras. Minutos después, la sirena de los patrulleros susurró a lo lejos. Oyó aplausos. Eran las ocho de la noche. El pueblo aplaudía a los soldados, policías, doctores y enfermeros que luchaban contra el coronavirus o tal vez, solo tal vez, aplaudían a Daniel. El desafortunado joven que quiso ser escritor, pero solo tenía el decepcionante talento de dejar las páginas en blanco



Autor: Daniel Medrano.


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