#Concurso: EL HOMBRE DEL JARDÍN


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Durante mucho tiempo mi padre portó un revólver consigo. Aquel no era uno de esos secretos que se guardan en cada familia. Mi hermana y yo lo sabíamos. Y sabíamos también que había pertenecido a nuestro abuelo que había estado en el ejército.


Pero desde que la cuarentena empezó, alejamos esa clase de pensamientos de nosotros. Solíamos gastar el día en juegos de mesa. Por la tarde veíamos la televisión hasta que cada uno decidía que era suficiente y se iba a su cuarto. Mi padre, por su lado, se la pasaba leyendo y fumando en su despacho. Vale decir que ninguno de los tres había sido espiritualmente muy unido a los otros, lo cual se había acentuado desde que mi madre murió. Y fue por aquel entonces que experimenté la sensación de pertenecer a un orden distinto al de mi padre y mi hermana, como si los hilos por los que yo me moviese no fueran los mismos que los sostuviesen a ellos.


A veces él intercalaba sus actividades con visitas al jardín. Cuidaba de algunas flores que había plantado poco antes de la cuarentena. Mi hermana me había dicho que un especialista se lo había recomendado a manera de terapia de duelo. Por lo que apenas pudo se hizo con cuantas semillas logró conseguir. A mí me produjo una curiosidad tremenda verlo entregado a un oficio tan distinto del habitual trabajaba como contador en una empresa de alimentos, por lo que cada vez que necesitaba algo, allí estaba yo para lo que fuera.


También se había prestado algunos títulos sobre el crecimiento de las plantas. Estudiaba los libros por días enteros. Pero solía reservar sus comentarios cuando mi hermana o yo preguntábamos sobre eso. Sin embargo, a medida que la cuarentena se prolongaba, nuestra conversación se volvía cada vez más y más escueta. En un punto difícil de establecer nos volvimos casi dos extraños únicamente atados por la cotidianidad o algo muy similar a la resignación.


Cuando mi padre se decidía por las flores, su estadía en el exterior podía prolongarse hasta después de bien entrada la tarde. De modo que cualquiera de nuestros vecinos podía verle con tan solo asomarse por su ventana. Una pareja de ancianos, que vivía a tan solo dos manzanas de nosotros, ya lo había apodado como el hombre del jardín.


Su dedicación llegó a tal punto que un día en el que el gato de mi hermana murió, él prohibió terminantemente enterrarlo en el mismo suelo que sus flores. Entonces ambos tuvimos que depositar al animalito en una bolsa para basura y esperar que pasara el camión. No dijimos nada el resto de ese día, pero tras su puerta, oí el llanto apagado de mi hermana.


Al margen de ello, por más esfuerzo que mi padre invirtiera en el jardín, no se veían resultados de ningún tipo. De modo que poco menos de la mitad de las plantas conseguía crecer, y las que sí lo lograban tenían, cuando no infeliz, una brevísima existencia. Recuerdo que después de varias semanas no sobrevivió más que un puñado de margaritas. No se atrevió a decírnoslo. Fue mi hermana la que me mostró una bolsa repleta de tallos marchitos.


Hablar de ella es difícil ahora que mi mente insiste en retratarla de una forma diferente de la que tenía en esos primeros días. Es mayor que yo por casi cinco años. Suele estar callada y cuando te habla evita mirarte a los ojos, a menos que las circunstancias así lo demanden. Toda mi vida la he tenido como el tipo de persona hecha para no llamar nunca la atención. En ese extremo, ella es idéntica a mi padre.


A principios del segundo mes se restringieron aún más las salidas. Lo último que supimos, por boca de mi padre, una mañana, fue que las calles se empezaban a llenar de militares y que uno de los ancianos había desaparecido. El tono con que nos lo dijo era meditado y hasta teatral. Jamás olvidaré que cada tanto se detenía a sorber su café y mirar por la ventana, como quien espera que cese la lluvia sobre el mundo de afuera.


Para cuando todo esto pasó mi padre ya se había convertido en una presencia de las que resultan incómodas. Los tres estábamos sentados en la mesa. Cuando se calló, ninguno se atrevió a decir algo más. Las últimas margaritas ya no estaban. Mi padre debía de haberlas arrancado por la madrugada. Por la tele transmitían la repetición de un partido de fútbol que todo el mundo ignoraba. Ni bien acabamos el desayuno, mi hermana y yo nos fuimos cada uno a sus habitaciones. Mi padre se quedó en la mesa hasta que oí sus pasos encaminarse lentamente hacia su despacho.


Esa misma tarde, me la pasé deambulando por la casa. Al final me tendí sobre mi cama y me puse a mirar el techo. Luego de un rato, noté que mi hermana me veía desde el umbral. Vestía pijama, y aunque no debía ser más de las siete, me dijo que no podía dormir.


Se sentó a mi lado. En la conversación que tuvimos no intervino nadie, ni papá, ni siquiera la memoria de mi madre. Hablamos por espacio de una hora. Después toda la casa quedó en silencio. Era una noche tibia, y de la mayoría de viviendas brotaba una débil luminosidad. Recuerdo que de pronto sentimos un estruendo y bajamos a toda carrera al primer piso. El sonido me devolvió a la primera vez que había oído un relámpago, hacía no mucho tiempo, cuando solíamos viajar en familia.


Mi hermana fue la que dio antes con todo. Trató de apartarme, pero forcejeamos y resbaló. Deslicé la puerta que comunicaba la sala con el jardín. Mi hermana se mantuvo en el suelo, con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Dijo algo que no alcancé oír. Contuve la respiración casi al mismo tiempo que vi el brillo metálico del arma a un lado de mi padre



Autor: Diego Triveño.



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