#Concurso: EL HUÉSPED DE LA CALLE PRINCIPAL


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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He despertado muy temprano sin poder conciliar el sueño hasta las ocho como lo tenía planeado. La puerta de mi habitación entrecerrada. En la esquina del techo, a la izquierda, casi a la altura de mi brazo izquierdo una araña pequeñita se desliza por un hilo finísimo de telaraña. La soplo y se aferra al hilo. Tengo el ligero instinto de apretarla. Me detiene la memoria instantánea de los hombrecitos azules jugando conmigo mientras intento huir desesperada de sus grandes manos. Tal vez ahora podría jugar con ella. Los vecinos del piso de abajo lanzan algunos gritos intercalados. Ha empezado el día. Luego, silencio. Olvido la araña y me acerco a la ventana. Las persianas sucias se desempolvan un poco. El vidrio fuera de la ventana me hace saber que aún no ha amanecido por completo pero las flores lilas del árbol de enfrente han logrado florecer en silencio y mañana, aparecerá una alfombra de flores que nos recogerán. A Santos y a mí.


En la calle, el gran ojo con espinas alrededor me mira a través de la ventana, inexpresivo. Blanco y negro. De metal. Los primeros rayos del sol se reflejan en mi cara. El ojo. Un punto blanco intenta regresarlo a la vida. Mi mente se antepone, intempestivamente. Recuerda que ayer, antes de que el presidente anunciara el inicio de la cuarentena, Santos vino a visitarme. Las visitas me cambian un poco la rutina y debo preparar el desayuno antes del mediodía. Unos pantalones y una camiseta blanca están bien para empezar.


La pacificidad en la ciudad ha tomado por asalto los planes del siguiente fin de semana. La boda de una amiga, el cumpleaños de mi madre y mis clases de quechua. Santos planeaba visitarme desde hace algún tiempo. Nos conocimos por casualidad, a media cuadra de mi casa. Él sentado y yo caminando. Él ligero de equipaje y yo cansada por el trabajo. Me había mudado hace menos de seis meses pero él era nuevo en el barrio. Cada noche al regresar a casa, una mirada entre nosotros y luego pasos cansados. En la esquina, un parque y juegos para niños. Gritos alegres incluso pasadas las diez de la noche de un día cualquiera. Cuando nos conocimos él tenía la mirada siempre fija en el árbol de flores lilas. Compartimos un pedazo de pollo, papas fritas y ensalada - pienso. Un jugo de granada y voilá. Así empezó todo. La historia de miradas y pasos cansados por las noches.


Crucé la sala y la puerta de madera maciza. La única habitación de ese lado del departamento, estaba cerrada aún. Toqué la puerta dos veces. Nadie abrió pero me pareció escuchar un estornudo. Regresé a la cocina para preparar un poco de leche y palmetas de plátano. Un poco de sandía encima y algo de miel natural. Poco antes del mediodía he vuelto a cruzar la sala. El balcón que da a la calle paralela luce vacía. Toqué la puerta de la habitación dos veces, luego una vez más.


-Santos, el desayuno está listo. Preparé palmetas de plátano y jugo de granada. ¿Vienes?


Nadie respondió. Regresé a la cocina y tomé un poco de leche. Volví a mirar la puerta de la habitación a través del pasadizo pero seguía firme y en silencio. Encima de la alacena pude notar el libro de Yuval: Sapiens. ¡Qué despistada! ¿Un libro encima de la alacena? La vida antes era muy agitada para mí. Despertar, ir al trabajo, clases, regresar y dormir. Y quizá una cena ligera antes de acostarme. Hoy que el día está calmado puede ser un buen momento para volver a juntarnos: Yuval y yo.


El reloj. Dudo si es temprano o tarde ya. ¡Las 12! Miro hacia la ventana y los rayos del sol se reflejan en mi cara. ¡Santos! Miré hacia la puerta que permanecía cerrada. La puerta nunca se abrió. Ni un sonido. Una polilla encima del plato con palmetas. El jugo de granada intacto. ¿Santos?


Prendí la televisión. Camas cubiertas con sábanas celestes, las paredes blancas. Hacia afuera, una corona circular, bancas como en un coliseo romano y el cielo azul. La arena es ahora un piso negro. Un letrero grande en la puerta principal: Te recibimos con amor. Un rostro conocido en la pantalla. Dos segundos quizás. No más. En la pantalla: el ojo. El punto blanco del ojo brilla cristalino.


El sonido de las persianas generadas por el leve viento de la calle me despierta. La luz se ha ido por completo allí afuera. La luna amarilla y cercana en el cielo oscuro. El día ha terminado. La señora del primer piso lanza un grito para evitar que los niños sigan jugando en el jardín. Es tarde. Afuera: el ojo. Mi ojo y el ojo se miran de frente, por primera vez. Dos segundos, no más. El ojo, todo el ojo, brilla cristalino ahora. Ayer Santos no vino a visitarme como lo planee hace mucho tiempo aunque nunca pude decírselo. Pensé que podría oír mis pensamientos. ¡Santos! ¡Corre Santos, corre! Nadie te hará berrear ni jugará contigo con un pañuelo rojo. Los hombrecitos blancos de cabellos delgados se arañarán los rostros creyendo que han perdido su parque de diversiones. Hacia arriba, Santos, hacia el cielo azul ahora que se ha despejado para ti, para que tus ojos, tus ojos negros y blancos puedan verlo.


La puerta de mi habitación entrecerrada. En la esquina del techo, a la izquierda, casi a la altura de mi brazo izquierdo una araña pequeñita se desliza por un hilo finísimo de telaraña. Dos arañas pequeñitas. Son dos, ambas colgando en el mismo hilo finísimo de telaraña. Las soplo y se aferran al hilo. Tengo el ligero instinto de apretarlas pero me detengo. Me acerco un poco más y se abrazan. Sonrío. Ahora sí el día ha terminado



Autora: Karin Aranda Estela.



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