#Concurso: GASTÓN ACURIO ESTÁ ABURRIDO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



En unos años te contaremos que, por estas semanas, nos acostumbramos a una nueva forma de vida. Que vivimos con miedo e incertidumbre por no saber cuánto tiempo estaremos así o qué vendrá luego y que tratamos de aislarnos cuando, por el contrario, siempre hemos hecho esfuerzos incansables por unirnos.


Quizá ahora tú lo percibes todo. Sientes, desde ese cálido espacio en el que vas creciendo, que nuestros planes se suspenden, que muchas personas no están bien y que nos aferramos al optimismo para confiar que saldremos airosos.


Tú pertenecerás a una nueva generación, crecerás, jugarás y estudiarás en “otro” mundo –como pronostican los expertos– en el que, espero, se priorice lo importante y se valore cada aspecto de la vida.


En unos años, además, te podré mostrar esta página, para recordar que, por entonces, nos preparábamos para tu llegada y, quizá, mediante la lectura de todos estos testimonios, notes los cambios en los paradigmas sociales: ahora no podemos darnos las manos, estar cerca entre nosotros, abrazarnos.


Por ahora, cuando el calendario marca el final de abril del 2020, tú tienes cinco meses de gestación y te desarrollas, en el vientre de mi hermana, para nacer y vivir en una coyuntura distinta. Cuando leas estos párrafos, años después, cómo será esa nueva normalidad.


***


Gastón Acurio vivía aburrido entre libros de Derecho mientras saboreaba mentalmente qué sabor obtendría si mezclaba lo novoandino con la alta cocina. “Ya vuelvo”, dijo al promediar la una de la tarde, para irse a almorzar –pequeña premonición–, en su primer día como practicante de abogado, pero jamás retornó a la oficina que lo esperaba para sazonarlo en leyes. El resto es historia recocinada: no paró hasta convertirse en nuestro político más querido sin la necesidad de hacer política. Pero, para ello, Acurio Jaramillo se cuestionó lo que ahora nos preguntamos todos los que estamos confinados entre cuatro paredes por un virus de insospechadas consecuencias: ¿la vida que hemos llevado ha valido la pena?, ¿hemos notado lo verdaderamente importante?


Es 31 de diciembre y Ludo está aburrido y con sed, redactando un recurso de embargo, en una oficina de la avenida Arequipa, cuando lanza un gemido poderoso, “como el que dan los ahorcados, los descuartizados”. Ludo ha sudado y bostezado, así, los últimos tres años, “en plena juventud”, en la novela “Los Geniecillos Dominicales” de Julio Ramón Ribeyro. La ficción, que nunca decepciona como la realidad, evidencia, en cierto modo, los efectos de estas semanas en las que nos cuestionamos todo, desde si hemos abrazado tanto como deseamos y necesitamos, hasta si lo que hacemos en el día a día es verdaderamente transcendental.


Se cumplía la tercera semana del aislamiento cuando una ráfaga de mensajes llegó vía WhatsApp: había sido incorporado en el grupo de exalumnos de la primaria. Saludos y recuerdos se mezclaron con memes y stickers hasta que sucedió lo que estábamos esperando, pero nadie deseaba: las fotos del anuario en el que nos proyectábamos, en la inocencia de nuestros diez años, sobre lo que seríamos de adultos. Veinte años después estábamos ahí, destrozados, frente a nuestros sueños de estudiantes.


¿Es posible, acaso, que Roberto Gómez Bolaños se haya aburrido algún minuto mientras interpretaba al Chavo del 8, el Chapulín Colorado o el Chompiras? ¿Cuándo Gabriel García Márquez estuvo encerrado creando “Cien años de soledad” pensó en la posibilidad de abandonar la genealogía de esa mágica familia? ¿Hubo alguna ocasión en la que Diego Armando Maradona quiso abandonar a su selección mientras disputaba el mundial de fútbol de México 1986?


***


Había salido del trabajo sin notar que olvidaba las llaves de la casa. Era la tarde del viernes 13 de marzo, dos días antes de decretarse la emergencia nacional en el Perú y, por ende, el aislamiento social obligatorio. En las calles aún se respiraba, de alguna forma, confianza, pues mirábamos con lejanía a ese virus –aunque ya se iba propagando por la ciudad.


Casi seis semanas después trato de recordar cada minuto de ese día: acaso el último de lo que antes considerábamos una vida normal. Rememorarlo me devuelve a las pequeñas rutinas poco valoradas de esos días: saludar a los vigilantes del camino –cada día con una nueva frase cargada de humor–, disputarse con los compañeros de oficina –entre bromas cargadas de ironía– el primer lugar para calentar el almuerzo en el trabajo, comentarle al vendedor de periódicos que las portadas de los diarios deportivos del país escapan a cualquier género periodístico y pertenecen a una especie de realismo mágico.


“A la próximo lo bajamos”, dijo alguien en el bus del Metropolitano en el que retornaba a casa, tras escucharse un estornudo, ese viernes 13 de marzo. Sonrisas escondidas vinieron después, en un vehículo casi repleto de gente que aún se sentía libre y que ahora camina con mascarillas, ojos vigilantes que sospechan de todos y de nadie y cuyas miradas escoden un futuro incierto.


“Extraño dar abrazos” leí en un tuit, hace unos días. Por entonces escuché que hay una fuerza potente cuando nos damos un abrazo, al margen de a quién sea y en qué contexto, tanto si es a un familiar durante un cumpleaños o a un extraño en medio de la vorágine por celebrar un gol de Edison Flores.


Dar un abrazo.


Ese viernes 13 de marzo llegué temprano a casa, temeroso de tener que esperar en la puerta, pues no tenía las llaves de la puerta. Sin embargo, a diferencia de otros días, solo yo faltaba de todos los miembros de la familia. Alguna broma se cruzó con los saludos. “Dijiste que llegabas a las diez” –se sorprendió mi madre. “A las diez para las siete” –me justifiqué. Luego vino un abrazo –el último que pude darle, hasta nuevo aviso–, la mesa puesta para cenar y el anuncio definitivo de mi hermana: te llamarás Gerardo



Autor: Eduardo Sosa Villalta.



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