#Concurso: JAULA DE ROMBOS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Merodea por la sala como una leona desesperada. ¿Qué pasa que tarda tanto en llamar?, se pregunta con la angustia instalada en el pecho. Da pasos cortos dentro de la jaula-apartamento. Hay una pantalla en la pared que le sirve para las teleconferencias y una lámpara con el aspecto de panal de abejas que cuelga del techo. La tarde se va apagando, aún no oscurece del todo, pero ya tiene la bombilla blanquecina prendida.


Le encontraron ese lugar ni bien el Gobierno dio la orden. Nadie podría salir del país. Los aeropuertos cerrarían. Te va a encantar el lugar que alquilamos a pesar de que la situación no sea óptima, dijeron en la oficina.


Roza las palmas en el papel tapiz de la sala, del baño y de la habitación. Formas de rombos en su diseño. Varían los colores. Esmeralda-ocre-magenta-coral. Se detiene a recordar en qué piso se encuentra. Nada. Se masajea los pies. Descalza, rodea dos sillas de diseño bilund varias veces. El vestido de flores amarillas se contornea a más velocidad. Se dirige a la puerta principal, la abre y ve el número once al lado del ascensor.


Ya debería haberse comunicado, piensa. Extraña los adornos quebradizos. No quiere pero su naturaleza la obliga a escuchar noticias apocalípticas. Más contagiados. Las muertes aumentan. Miles en un día. Yacen cercanos, con su existencia fría. Quiere que su esposa le escriba, saber cómo sigue su hijo pequeño. El virus lo alcanzó.


Sus ojos vacilantes se plantan en el celular. Lo agita para ver si reacciona. Nunca había pasado tanto tiempo. ¿La última vez?, cinco horas por la diferencia horaria. Ni más ni menos: las contaba haciendo marcas en sus muslos o brazos como cuando era niña y enumeraba los aviones que la ensordecían.


Vuelve a leer los mensajes. Que intentara descansar. Que los doctores afirmaban que iba a recuperarse. A los niños no les afecta tanto. Que se las estaba arreglando bien sola. Mientras tanto llegan nuevos encargos del trabajo.


Mantiene ya once días de encierro. La situación le ha cortado de raíz sus hábitos. Se alimenta poco y el sueño se le interrumpe. Ve venir otro episodio de

ansiedad. Recuerda las sesiones. Acudía más seguido a las consultas desde que le anunciaron el ascenso. Aumentarían sus vuelos, aeropuertos, hoteles por el nuevo rol.


Has aprendido a conservar la calma. No más pastillas. Te fue bien, es cierto. Ahora con las prácticas y la meditación controlarás los ataques, le explicó su siquiatra.


Algo me dice que las voy a necesitar. Al menos para este viaje.


No sabes el futuro, refutó la doctora.


Sí. Sí sabía. No la pudo convencer. Amenazó con cancelar las consultas y con hacerle mala publicidad para que no tuviera más pacientes.


Trata de llamarla pero nada. Y cree que en el otro país los teléfonos ya no suenan, no alumbran, no enlazan.


El panal de abejas que cuelga del medio de la sala se apaga de pronto. Ninguno de los aparatos electrónicos responde. Los rombos esmeralda-ocre-magenta-coral se distinguen apenas. País-de-mierda, piensa. Se supone que deberían preocuparse por lo vital.


Lucha por no hundirse. Uno de sus ejercicios impuestos consistía en evocar algo bueno. Lo sabe. Aparecen las cajas de la mudanza. Por fin vivirían juntas. Cada una trajo sus ilusiones embaladas. Se distrajo con la colección de adornos de cristal de su futura esposa. Ángel-venado-piña-tulipanes. Decidieron tener al hijo esa primera noche. El fotograma se detiene ahí. Oye gritos, voces, sonidos de patrulla, pedidos de auxilio.


Se dirige al balcón. La niebla le da en la cara, una leve capa cenicienta. Contempla con dificultad los edificios oscuros, surgen como bestias de concreto. Alrededor vallas publicitarias apagadas y vigilantes gallinazos de cabeza negra. La vista no la impresiona. Prefiere las que dan al mar o a un campo extenso. Baja la mirada. Busca aquellas voces. Las desvaídas luces del ocaso ayudan menos. Dos hombres con uniformes militares persiguen a un civil. Lo reducen. Le arrancan la mochila y se retiran lento, apuntándolo con sus rifles.


Ella se sacude casi por un minuto. Su mente reconstruye cuando sintió esa misma vibración. Ocurrió hace muy poco, antes de viajar a este país-de-mierda. Por unos segundos vuelve a las noticias que anunciaron el ingreso del virus. Los comentarios que aminoraban el hecho. El sonido de las croquetas en la sartén y de la lluvia afuera. El hijo pequeño brincando entre risas por el corredor y la sala, con los adornos quebradizos de cristal en la mano. Y luego la convulsión.

No fue nada, le dijo la siquiatra, desestimando su recaída.


Recorre la jaula-apartamento. Quiere comprobar que su maldita cabeza no le está jugando una mala pasada. Quiere pensar que fue un temblor en ese país de temblores. Pero los objetos permanecen en su sitio, nada se había caído. Se le dibuja una mueca impaciente. Teclea teclea teclea con los pulgares frenéticos. La batería se agota y la electricidad que no vuelve. Su naturaleza maldita vuelve a la carga. Sus garras atacan, se rasga los párpados y el borde de los labios. Asoman heridas relucientes. Revoloteos a su alrededor. Empieza a quitar el tapiz de los muros con su ira de leona.


El celular suena vibra. Se le hace difícil atender la llamada por los dedos llenos de sangre. Cuelgan. Va a la isla de la cocina, el grifo expulsa agua al acercar sus manos. Se lava también la cara. Tira el plato de ensalada Waldorf que reposaba intacto. Deshace sus pasos, cae de rodillas. Los rombos se desplazan, la persiguen apresan bailan. Lucha contra el ahogo. Antes de que se apague el teléfono, lee el último mensaje:


Contesta, por favor. Tengo que darte una noticia



Autor: Leyles Rubio León.



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