#Concurso: LA CARTULINA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Zarandeó los dados de aquel gastado cubilete de cuero como quien deja todo al azar, como si allí arriba, sobre sus hombros, se decidiera la suerte del universo. Lanzó los dados sobre la mesa, observó con mirada pícara a sus padres y exclamó: “Cuatro ases, un tiro”. Javier jugaba al popular “cachito” con sus padres aquella mañana de abril, cuando en gran parte del Perú la gente se atrincheraba en sus casas para guarecerse del execrable coronavirus, victimario de unas cien mil vidas humanas en todo el mundo hasta ese momento.


-Cinco ases­- cantó su madre.


Javier había perdido nuevamente. El azar es así, pensó el joven de 23 años. No es que le fuera mal en la vida pero cuando niño imaginó que trabajaría en cualquier cosa que amara. Y hasta poco antes de escuchar el mensaje presidencial que ordenaba el confinamiento, su vida se tornaba como aquello que más odiaba: una maldita rutina de trabajo con sueldo miserable en una tienda de abarrotes, con una tesis de Comunicaciones inconclusa y con unas ganas inconmensurables de buscar a Lucía, una exnovia que había soportado su mal carácter durante casi cuatro meses.


Todavía en la mesa podía sonreírle a sus padres y jugar a tirar los dados. Pero en sus adentros, estaba inconforme con lo que le tocaba, con los cuatro ases, con la cuarentena, con el aspecto físico de una pita con nudo, con su tabique desviado, con sus tres soles en el bolsillo derecho de su vetusto jean azul y con el viejo televisor donde desfilaban varios periodistas fungiendo de serenazgos todos los días. La clave era sencilla: odiaba su vida y los clichés de motivación lo abrumaban como una sauna. Ese sentimiento de estupor en su cabeza, normalmente era remediada por varias cervezas frías de una cantina de mala muerte. Le agradaba el olor de la mediocridad: las risas exageradas, el sonido de una moneda cuando cae al interior de una rockola, las infancias duras y las peleas absurdas, siempre en el pegajoso piso rojo que emana un vahó de alcohol fermentado.


Ese día, Javier no advirtió -como de costumbre- que el alcohol le treparía veloz a la cabeza. El “cachito” ya había terminado y sus padres salieron a comprar varias cervezas para departir durante el encierro. Habían salido a hurtadillas por el miedo a ser arrestados por la Policía. Así comenzó la que sería la jarana más conmemorativa de la cuarentena de Javier, en aquella casa del pueblo joven de Pachacutec, en Cerro Colorado.


Luego de unas seis cervezas y más, las ganas de bailar de Juliana, su madre, se hicieron más notables cuando elevó el volumen de la radiola. La coqueta señora comenzó a bailar con su hijo con esa alegría desbordante y tambaleante que te otorga un buen trago de alcohol. Carlos, el patriarca, sin pareja, aplaudía sentado y coreaba la cumbia “nunca sabrás cuanto te quise, nunca sabrás cuanto te amé mi amor”.


Cuando se acabaron las cervezas, los habitantes de esa casa no quisieron levantarse de aquellos muebles forrados con sábanas coloridas. Entonces acordaron tirar los dados para decidir al comprador: quien sacara menor cantidad de ases iría por las cervezas. Juliana lanzó primero: dos ases. Carlos sacó la misma cantidad. Y cuando Javier lanzó los dados se tuvo una fe enorme. Visualizó con todas sus fuerzas que sobre la mesa aparecerían al menos tres ases que le devolverían la esperanza de aferrarse a la costumbre de ganar. Como si un tonto juego le devolviera el coraje de seguir luchando, tomó el cubilete, lo sacudió por el aire y lo aterrizó tan fuerte sobre la mesa que la quebró. El ahora rugoso vidrio contenía dos ases del tiro de Javier, pero los demás habían salido dispersos por el pavimento de la casa.


-La cagaste, iré yo a comprar y luego pagarás esta mesa- dijo su padre iracundo.


Javier comenzó a buscar los dados en el piso. Le faltaba uno. Entonces ingresó a su dormitorio, husmeo allí. Vio por debajo de la cama y en medio de la oscuridad divisó al dado muy lejos de su alcance. Movió la cama y entró por una rendija entre la pared y el catre. Allí observó absorto la escena: un as. Pero no era todo, aquel único punto reposaba sobre una pequeña cartulina roja que Javier jamás había visto. Esta tenía un escrito de Lucía, su exnovia: “Feliz primer mes, pudín”. Javier se recostó en el piso, y al filo de sollozar, pensó en todo lo mal que había actuado: con Lucía, con el trabajo, con sus amigos, con sus padres. Y pensó que hallar esa escena era un indicio de que las cosas comenzarían a cambiar, como si las estrellas o los astros se habrían alineado para conspirar a favor de él. Esta vez, el cliché que retumbaba en su cabeza no le provocaba un calor en la sien, sino le generaba esperanza que podía sentirla en su pecho. Se preguntó por qué jamás Lucía le había hecho llegar aquella misiva. Infirió que lo dejó caer cuando alguna vez se marchó rabiosa de su cuarto. Como fuera, ya tenía una excusa para escribirle por el whatsapp, como no lo hacía desde hace meses.


Entonces comenzó a buscar dentro de sus contactos a Lucía, y no la halló. En ese instante, cuando el patriarca de la casa salía por las cervezas, un grupo de oficiales irrumpió por el zaguán de la casa alertados por la bulla de aquel equipo de sonido y, tras ellos, una cámara de televisión se posicionaba al interior de la sala. Javier salió asustado de su habitación y, con la cartulina roja y los dados aún en la mano, vio en vivo y en directo el desfile de aquella reportera que funge de serenazgo interrogando a su exsuegra por el porqué de sus actos. Lucía yacía muy nerviosa con su micrófono en la sala de Javier. Este le sonrió y le exclamó: ¡Chamba es chamba!



Autor: Geanpieer Bravo García.



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