#Concurso: LA CUARENTENA Y SUS CAPRICHOS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Hace cuarenta días me encontraba planeando un viaje a Brasil y ahora me encuentro aquí, en el mar de mis memorias, en un lugar de cuatro paredes muy conocido; mi habitación. La estructura crema de mis paredes son el manto amplio que según yo, daría paz a este lugar, donde por las noches descansan mis anhelos y sueños o quizá mis miedos disfrazados de demonios.


Todos los días se han convertido en rituales que se parecen unos a otros; cada mañana Perseo, mi perrito, entra a mi cuarto para saludarme; mirándome con esos enormes ojos marrones llenos de ternura, mientras yo acaricio su cabeza; luego se retira y en ese preciso instante suspiro y pienso:” ¡Qué bonito es estar en cuarentena!”


Sin embargo esta cuarentena me ha sumido en una curva de emociones y como toda cosa nueva en la vida ha tenido sus etapas.


La primera semana fue muy relajada. Poder estar en pijama todo el día, despertar tarde, apachurrar a Perseo cuantas veces me dé la gana, invitarle indiscretamente mi comida debajo de la mesa durante el almuerzo, jugar con Leono (mi gatito), poder “whatsapear” con mis amigos todo el tiempo, no tener que lidiar con el tráfico y todas las situaciones incomodas que conlleva, todo esto sonaba increíblemente delicioso y tentador. Me preguntaba: “¿Acaso puede ser la cuarentena considerado un castigo?” Si esto es un bello regalo. ¡A disfrutar!


La semana siguiente el brillo de las cosas se iba perdiendo. Mis pies, que estaban acostumbrados a ir de un lado a otro, casi tan ligero como mis mil pensamientos que van y vienen, necesitaban transitar por las calles, mirar otros ojos, otras sonrisas y corresponderlas, ver a mi amigos para reírnos juntos y comer hasta empacharnos, visitar a papá para escucharlo decir que la vida es ligera y yo intentar verla de esa forma, ver a mi hermano de ocho años salir corriendo de su casa para abrazarme y decirme con su dulce voz “hermanita, te extrañe”, ir al mercadito de mi barrio para comer un rico ceviche o entregarme a la satisfacción de un día de ‘shopping’, sumado a eso, las malas noticias no cesaban; el virus, los infectados, los fallecidos, más mi estado sedentario eso en su conjunto destruyeron por completo mi supuesta estabilidad.


Por esos días un viejo amigo vino a visitarme: era mi amigo ansiedad. Ese loco viene siempre en momentos complejos a recodarme que estoy viva y que por sobre todas las cosas ‘siento’; siento miedo, siento pena, siento vergüenza, siento alegría, siento dolor, siento placer, siento una y todas las cosas a la vez, y en todas ellas su principal síntoma es generar miedo e instalar en mi esa sensación indescriptible de que algo malo va suceder.


Ante ello elevé oraciones, medité, hice yoga, me ejercité, escribí y me aferré con locura a que todo estaría bien y con esto sobreviví la segunda semana.


La tercera semana me puse más creativa. Decidí hacer actividades que me distrajeran como por ejemplo cocinar y digamos que no es mi pasión, pero sabía que mientras más ocupada tuviera la mente, mas estaría alejada de mis demonios internos, y así fue, comencé la semana con un exquisito ceviche, plato que no había probado en semanas así que fue literalmente un placer poder probarlo y como estaba totalmente decidida a satisfacer todos mis caprichos, al día siguiente preparé tequeños, que acompañé con una ilegal cerveza en plena cuarentena, y qué delicioso fue todo. Con la barriga llena y el corazón contento decidí ponerle énfasis al teletrabajo, el trabajo nunca falta y pensé que debía agradecer enormemente tener uno.


Durante esas horas eventualmente salgo de mi cuarto por un vaso de agua, paso por la cocina y veo a mi madre preparando el almuerzo, también bastante aburrida de no poder ir a la iglesia donde ella muy fervientemente asiste o no poder tener largas charlas con sus amigas; sin embargo intenta sobrellevar el día cantando alguna música cristiana cuya letra no llego a comprender, sigo de largo hacia la jarra de agua pasando por la sala y veo a mis tres hermanos cada uno con celular en mano sobreviviendo entre redes y juegos en línea.


Perseo aun no entiende porque ya no tiene los paseos largos en el parque, así que me dispongo entre horas hacerle jugar e intentar aminorar su aburrimiento, lo cual disfruto enormemente. Entonces defino que la tercera semana esta salvada.


La cuarta semana empezó con una lluvia de emociones liberadoras. Habiendo pasado por estas tres semanas de bastante enseñanza; entre - disfruté, miedo y aceptación - llego el momento del descubrimiento y el resultado de los análisis constantes sobre la almohada.


Descubrí que aunque la relación con mamá no sea perfecta, podíamos tener conversaciones armoniosas, mientras disfrutamos del sol a media tarde en la azotea y que podíamos ser grandes cómplices cuando tenemos propósitos en común.


Descubrí que las corazas están de más. Estas fueron cayendo semana tras semana, he dicho lo que jamás pensé decir, me he mostrado triste y vulnerable, me he mostrado emocional y lo mejor de todo es que no me importa lo que se piense de mí.


Descubrí que ya ha sido bastante tiempo, por no decir casi toda mi vida, callando muchos “te extraño”, “te quiero”, “tengo miedo”, “tengo vergüenza”, “te aborrezco” por simplemente no mostrarme vulnerable.


Hoy todo eso acabó, no más “Leslie súper disimula sentimientos”, hoy no me importa mostrarme frágil y muy humana, incluso ahora mismo mientras termino de redactar este escrito, una vocecita me habla al oído diciéndome “¿estás segura de hacer esto?”, “estás mostrando tus debilidades”, “¿Y si mejor participas en otra ocasión?” a lo que yo respondo “Mejor hecho que perfecto. El mejor momento es ahora”



Autora: Leslie Rojas Perez.



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