#Concurso: CONFIESO QUE NO HE PECADO

Actualizado: abr 21


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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La maté, pero juro que la amaba, lo juro, créanme por favor. Yo si la amé y ahora la extraño, como se extraña la brisa del mar por estos días de encierro, donde solo los ecos del silencio retumban en las casas solitarias. No, no, no perdonen la incompetencia, el deseo de escucharla nuevamente es mayor que sentir la frescura de una simple brisa.


Y ahora, mientras escribo, la extraño aún más, con una cruda fiereza. Desearía que dijera mi nombre, como la primera vez que la besé. Desearía sentirla tibia, con vida y no como ahora, que me trata con extraña frialdad.


Ya ni siquiera puedo verla. No me gusta, no quiero sentir esta presión en el pecho mientras recuerdo sus te amo. Ayúdenme por favor. Ojalá pudieran ayudarme. ¿Po qué es tan difícil?


La he matado, pero por pedido de ella. ¡Sí! se los juro. Ella me pidió que la olvidara. Y ustedes sean justos al juzgar, pero ¿Cómo iba a olvidarla? ¿Cómo? Si la amaba. Y por eso la maté, porque solo a un muerto se le puede sepultar, borrar, eliminar. Los vivos seguirían haciendo ruido luego de enterrados y arañarían tu mente para liberarse del castigo que les diste. Por eso la prefiero muerta. Es curioso, mis dedos pisan las teclas como si se tratase de un piano, como si estuvieran regalando una linda melodía y no una carta aterradora, de amor-odio. Amor por ella, odio al olvido.


Una vez, no hace mucho la verdad, justo antes de que todo esto empiece, fui a recogerla, estaba muy ebria y yo igual, solo que ella usó alcohol y yo usé su mirada. Suena cursi, lo sé, lo sé. A los dos nos gustaban las cosas cursis, pero siempre camufladas de bromas. Éramos simples si nos entendían.


Pero les decía, estaba ebria y yo sobre la vieja moto lineal que uso para ir y venir por las calles polvorientas de esta ciudad, llena de ruido. Ella subió luego de besarme. Esa noche no manejé una moto, esa noche volé bajito. La turbulencia la producía ella siempre que me soltaba.


Luego llegamos a la casa de mi tía, ella no estaba, subimos y nos encerramos en el cuarto de mi prima. Nos desvestimos. Yo no podía creerlo, la tenia nuevamente conmigo, desnuda, tan frágil. Me sentí vivo por un instante, por unos segundos todas las cosas cobraron sentido nuevamente y me dieron muchas ganas de vivir, de vivir con ella. Ella decía que me extrañaba, que me amaba, que estaba enamorada de mí y que tenía miedo de amarme. ¡Dios! ¡Maldición! Ella también me amaba, ella también me decía te amo. Nada de esto es justo. Dos corazones sometidos a la química del otro, no pueden echar a perder tanto. Serían unos bobos.


Le rogué, se lo pedí de rodillas, es cierto que estábamos hablando por teléfono, pero yo si me arrodillé. Ella sabe que lo hice, ella sabe que soy capaz de hacer esas cosas por ella, aunque ella no me esté viendo. Ahora no me está viendo, ahora yo tampoco puedo verla. Las letras de esta pantalla han empezado a difuminarse por mis lágrimas. Lágrimas de un asesino abatido.


Lo lamento. Ojalá ella supiera que lo lamento. No debí decirle que odiaba a su novio, no debí decirle que me parecía un idiota y que de lejos yo era mucho mejor. Tampoco debí mencionar que seguía enojado con ella por haber terminado conmigo para volver con su estúpido ex. Aunque ella juraba que no, Adrián los vio, estaban en el carro de su tío.


Eso me dolió, me dolió mucho. Hacia dos días que habíamos terminado y ella estaba viendo a su estúpido ex. Ya sé que fui yo quien hizo que ellos se separaran al principio. ¡Pero hombre!, pudiste aceptar que perdiste y dejar las cosas ahí. A ti también debería matarte.


Ahora debo limpiar los restos de sangre que mancharon las paredes de alguna parte de mi mente. Adiós amo, perdón, adiós mi amor. Antes te molestaba que no diga que eras mía, pero ahora te da igual. Recuérdame como el tipo gracioso de la universidad, con el que planeabas escaparte un día dejando todo atrás y casi lo hiciste. Casi lo hicimos. Debí coger tu mano con más fuerza.


Adiós mi amor, fue todo un placer. Hay cosas bonitas que no olvidaré. Como el día que nos encontramos en algún grifo, me besaste con desesperación. Era evidente que me habías extrañado, no lo advertí entonces, ahora me arrepiento. Adiós niña bonita, las campanas de despedida han empezado a sonar y la húmeda tierra a empezado a cubrirte. Tus ojos, tus ojitos ya no se ven. El resto de tu cuerpo empieza a desaparecer. ¡Maldita sea! En serio es duro. Ahora entiendo a Teysera, cuando decía: “El amor dura, lo que dura llorar a un muerto”. Eres grande enano.


Tengo puestos los audífonos y en mi reproductor suena la última canción que te dediqué. En ese momento no entendí porque esa canción en particular me había hecho recordarte, ahora que la escucho mientras te vas, adquiere más sentido. Volviste a concederme un último vals y lograste que me muera de envidia de verte dejarme escapar.


No importa, de todas formas te compré un girasol, sé que te gustan, me lo contaste hace poco, lo pondré sobre ti, en tu cumbre, antes de irme. Por ahora deja que la tenga en mi mano y recuerde el día en el que me confesaste que ya no querías estar con este nuevo tipo. Siento que nadie entiende tus movimientos, ni siquiera yo, que he pasado todo este tiempo tratando de interpretarte y a veces creo que tampoco las entiendes tu.


Quizá por eso hoy ya no estás. Tú lo pediste, tú me lo pediste, aunque luego te hayas arrepentido. Tú lo quisiste, tú me provocaste. Adiós guapa, se feliz con quien te acompaña, aunque no lo quieras como a mí. Hoy por fin dejaste de existir para mí



Autor: David Vicente Ciriaco.



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