#Concurso: LA VIDA EN TIEMPOS DE CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El domingo por la noche, El presidente de la República, Martin Vizcarra, había declarado Estado de emergencia en todo el territorio nacional, y una semana después la orden de inamovilidad durante un horario establecido con la intención de detener la propagación del Coronavirus. Algunas personas le restaron importancia a la orden establecida por el Gobierno. Mi novia y yo decidimos sacrificar algunas formas de demostramos afecto, no solo por nosotros, sino por nuestras familias, por poder formar una con el tiempo, por volvernos a ver un día, por las personas más vulnerables y por miedo a contagiarnos y correr el riesgo de padecer esa enfermedad que hasta nos podría ocasionar la muerte.


Cierta mañana, antes de despedirnos, nos tomábamos un café en el mismo lugar donde acudíamos siempre. Hablamos de todo lo que pudimos, tratando de adivinar el riesgo de no sentarnos en un café por mucho tiempo. Entonces, Ella, dejó escapar un hondo aliento de nostalgia, mientras una lágrima rodaba por la mejilla. No pude lidiar con su despedida y me quebré en pedazos, pero ella me rescató del abismo al que me precipitaba, me abrazó con firmeza hacia su pecho y me dijo en voz baja, casi como si susurrara.


Nos volveremos a ver, lo juro.


Lo sé, respondí, creyendo entenderlo todo, aunque en el fondo sabía perfectamente que no.


Quedamos en hablar vía Skype, a las 9 de la noche. Una cita virtual que nos permitiría sobrellevar la cuarentena cada uno en su casa. Ella, al lado de su familia entre conversaciones, películas y series, mientras yo, en la soledad de mi habitación rentada hace algunos años cuando decidí seguir mis estudios superiores en la capital. A pesar de todo, pensé que el encierro no estaría del todo mal, pues podría retomar la escritura de la novela sobre la vida de mi padre que por la universidad había pospuesto.


Esa misma tarde llamé a mi madre para explicarle las razones por las que no podía pasar la cuarentena con ella. Lima, es un caos, le resumí. No se si logró entenderlo o no, pero aceptó mi ausencia bajo la condición de que me cuidara. Me hizo las recomendaciones del caso.


Lávate las manos con frecuencia con agua y jabón, usa mascarilla, guantes, alcohol en gel y ni se te ocurra salir a la calle.


Iba a decirle que esas cosas ya no estaban disponibles en las farmacias, que el egoísmo de las personas había acabado con todo y que, apenas el presidente de la República anunció el Estado de Emergencia por 15 días, la gente abarrotó las calles Limeñas —como una plaga difícil de erradicar—, arrasando con todo a su paso, incluso agotaron hasta el papel higiénico. Pero preferí no preocuparla. Por el contrario, mostré predisposición a cuidarme y a prevenir el contagio del Coronavirus en la medida posible.


Eso haré, mamá. No te preocupes, estaré bien.


Confío en ti, hijo mío, en que nos volveremos a ver, sobrevivimos a la pobreza y este virus no será la excepción, me dijo antes de colgar.


Pensé en el tiempo que tenía de no ver a mi madre, de abrazarla, de cenar juntos, de hablar de las cosas vividas al mismo tiempo que mirábamos las estrellas. Sentí miedo de no volver a verla, me preocupó su estado de salud, incluso empecé a reprocharme las veces que pude visitarla y no lo hice y hasta las noches en las que no hablé con ella.


Mi madre sufre de asma y dada la edad que tiene es más propensa a que contraiga el Virus. Siendo sincero me cuesta lidiar con esa noticia, incluso antes de que suceda. Por un instante imagino lo trágico, me veo solo velando su retrato y aceptando con reproche el no volver a ver ni siquiera su féretro, echándole la culpa a cuanto irresponsable deambula por las calles, permitiendo de ese modo la propagación del Virus. Yo entiendo que a algunos no les importe sus seres queridos. A lo mejor, están cansados de tenerlos porque de otra forma no me explico tanta irresponsabilidad. A lo mejor no entienden que no todos padecemos de esa indolencia que nos carcome como sociedad.

Esa noche no logré conciliar el sueño, me sobresaltó un pensamiento fatídico que se percibía fácilmente en la habitación como un humo denso que me quebraba los pulmones al respirar. Me torturé por haber imaginado a mi madre padecer de ese virus incurable.


De alguna forma u otra he sentido la distancia familiar como en ningún otro momento, no por una cuestión de afecto sino por el miedo de no volverlos a ver. Las promesas resultan necesarias, tal vez porque me veo obligado a cumplirlas o en ese afán demostrar que si me importan mis seres queridos. Es como si el Coronavirus fuese una prueba para demostrar el amor a las personas que amo, un amor a prueba de egoísmo.


En esta situación que todos enfrentamos a causa de la propagación del virus, he logrado entender ciertas cosas que antes no presté atención. Me doy cuenta de la importancia que tiene la libertad, de transitar libremente, de la falta que me hace tener cerca a alguien, de poder visitar a mis amigos y familiares, de abrazar a los que más quiero, o el simple hecho de estrecharle la mano. Tengo miedo de que ciertas muestras de afecto se vuelvan producto de contrabando, que abrazarse se convierta en un delito y dar cristiana sepultura nuestros muertos se vuelva un pecado imperdonable


Autor: Johnglenn Flores.


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