#Concurso: MÚSICA DE FLAUTA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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6:00 am.



Suena "11 y 6" de Fito Paez en mi celular. Lo apago sin abrir los ojos, me levanto igual y a tientas camino al baño. Elegí está canción para despertar porque logra arrancarme de las garras de Morfeo sin hacerme pegar un brinco de la cama, dejándome además en la cabeza una dulce melodía por un par de horas al menos. ¿Por qué no actualizarme? Pues, creo ser parte de una casi extinta generación musicalmente activa, a la cual le gusta escuchar eso, música; no reguetón. Aunque debo admitir, hay algunas canciones rescatables gracias a fusiones con cantantes de verdad.


Lavo mi cara, dientes, y visto ropa con graciosos tonos naranjas, rojos y amarillos. Aún recuerdo el día que escogí esta tenida; fue hace unas semanas, elegida por ser mi ropa más viejita. Sabía el colorido fin que tendría gracias al cloro. ¿Bañarse? Habrá mucho tiempo cuando regrese; cansado, sudado, pero sobre todo, temeroso de cargar encima aquella plaga que cambió el estilo de vida de la mayoría.


Una vez fuera, aspiro hondo, ajusto bien la mascarilla y miro con nostalgia la calle, lista para filmar una segunda parte de "Soy leyenda". Estoy seguro que Will Smith vendría encantado a Perú para hacerla.


Llego a la esquina con un nudo en la garganta. Una larga cola de gente en la vereda de enfrente lo causa. Mala señal. Quiere decir que el gentío no solo da la vuelta a la manzana, sino, además, los menos obtusos han buscado un lugar más despejado para huir de la congestión. Mis chances de entrar en menos de tres horas y estar rodeado de pocas personas se reducen a cero. Es mejor buscar otras opciones menos riesgosas.


Mientras camino, recuerdo mis viajes en transporte público para ir a trabajar. Era entretenido, aunque muy incómodo. Los transeúntes me llenaban de ideas para crear nuevos personajes e historias; compararlos con clásicos cuentos, novelas e incluso películas era inevitable. La vida real supera la ficción dicen por ahí.


Hoy, ver una custer con cinco o seis pasajeros, sentados lo más alejados entre ellos, no por voluntad propia por supuesto, es como presenciar un desfile. Ahora, patrulleros, motos policiales y hasta tanquetas y camiones del ejército son vistos con total normalidad. Los soldados, apostados en las esquinas cargando rifles o metralletas, miran con recelo a todo transeúnte. No se les puede reprochar. Yo actuaría igual.


Sigo andando. Busco. Todo cerrado. Frente a los bancos, se forman filas cuyo último integrante se pierde de vista, pese a que los candados indican seguir su sueño unas horas más. El mercado es aún peor, persona tras persona dan vida a una cola sin fin, cruza la calle y serpentea por un parque para hacer casi imposible mantener una distancia mayor al metro y medio como recomiendan.


Casi todos conversan, ríen, se quejan, miran celulares, secan el sudor de la frente con la mano y hasta levantan mascarillas, si llevan puesta alguna, para bostezar. Serenos y militares miran el descontrol con impotencia. La situación me recuerda al "Flautista de Hamelín". Somos como las ratas danzando al compás de la ignorancia y desinterés. No hay preocupación por el prójimo, ni siquiera por padres o hijos, mucho menos por vecinos y desconocidos.


Me resigno. Doy vuelta a la esquina y camino con dirección a casa, tomo otro camino con la esperanza de hallar abierta una bodega escondida.




7:40 am.



Siento como si hubiese pasado el mediodía. La indignación, por ver a muchos en pareja o grupos, le gana a la vergüenza ajena, haciendo que los minutos parezcan horas. Salen de mercados con bolsas pequeñas y sonrisas de travesura enormes. No lo entiendo. Escucho comentarios al acompañante, o al teléfono, tales como “salí por una gaseosita”, “faltaba cebollita china” o “necesito un cuartito de queso fresco”. Sonrío y reniego. Nadie lo nota, mi mascarilla lo cubre.


Entro a un pasaje, no veo gente pero escucho música de flauta. "El cóndor pasa". La reja de la bodega está abajo, pero la pequeña puerta metálica entreabierta. Don Cirilo, en la caja, tararea escondido tras una máscara de tela blanca mientras le cobra a una pequeña joven con capucha puesta y mascarilla desproporcionada al rostro.


—¿Se puede entrar? —pregunto.


—Claro muchacho —responde, aunque ya no soy tan muchacho— pasa, total ya estoy aquí.


Espero la salida de la joven para hacerlo.


—Pensé que no iba a abrir hoy.


—Yo también, debo cuidar mis 78 años —no los parece—, pero llamó Adrianita, me dijo que no encontraba donde comprar y, bueno, no pude negarme. La conozco desde la barriga de su madre. Contigo cierro.


—Gracias don Cirilo.


Tomo rápido algunas cosas. Papas, tomates, cebollas, lechuga, azúcar, arroz, fideos, condimentos, algo de frutas y unos cuantos dulces para matar la ansiedad.


—Tengo pollo en la congeladora, ¿quieres llevarlo?, no se me vaya a malograr.


—Por supuesto —respondo. Al fin siento algo de suerte.


—Listo, aquí está.


—Cóbrese. ¿Y cómo está la doña?


—Bien, afortunadamente. Pero como van las cosas y con los hijos lejos, tenemos que cuidarnos. Afortunadamente, la bodeguita y los ahorritos aguantan un tiempito más todavía.


—Menos mal. Cualquier cosa me avisa. Y salúdeme a doña Olga.


—Gracias —responde con una sonrisa en los ojos—. Ah, muchacho, llama nomás si necesitas algo. Te atiendo.


—Muchas gracias don Cirilo, espero sea hasta la próxima semana.


Salgo y escucho cerrarse la puerta de metal. Vuelvo a casa tranquilo por la buena suerte.




8:13 am.



El paisaje me hace oír una melodía de flauta en la cabeza. No es "El Cóndor pasa", es una tonada angustiante. Veo las colas aún más largas, solo superadas por la despreocupación de quienes la forman. Imagino un flautista bailando y brincando por todo Lima, y a los limeños, como niños tras él. Sin saber de su venganza. Ignorando. Pagando justos por pecadores. Por aburridos. Por no pensar. Por no querer quedarse en casa.


Cruzo para evitar un tumulto.


Camino más rápido.


No quiero oír esa música de flauta



Autor: Tomás Carreno Yactayo.



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