#Concurso: MARTINA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Desde que nos conocimos, casi todos los días, la recuerdo al despertar, a ella y a la cita que la pandemia no nos permitió tener. Pero esta mañana, no, no recordé a Martina.


Pasé el día distraído. Al no pensarla, no la extrañé. Estuve leyendo una novela de Hiromi Kawakami, recomendada por mi amiga Alejandra, y la lectura me atrapó tanto, que solo cuando el estómago rugió, me levanté de la pequeña silla de madera y corrí hasta la azotea del edificio. Allí está ubicado el cuarto de cocina. Me preparé un arroz, abrí una lata de atún y freí unos plátanos. Mientras comía, recordé el pollo frito hecho por mi madre. Extraño ese sabor.


Al terminar, dejé los trastes sin lavar. Luego los limpio, pensé. Regresé a mi cuarto, y acostado en la cama, estuve pensando en las ganas de escribir que he tenido durante los quince días de cuarentena. Esta noche lo haré, tengo que escribir. Día tras día me había dicho lo mismo. Sin, embargo, hoy sí estaba dispuesto.


Como a las seis de la tarde, encendí la computadora, abrí el programa para escribir, estiré mis brazos hacia arriba; junté mis manos sobre mí, entrelazando los dedos con los brazos aún estirados, y luego las giré, dirigiendo las palmas hacia arriba y provocando que tronaran los dedos. Moví el cuello de izquierda a derecho, di movimientos circulares a los hombros tratando de relajarme y centrarme en la página en blanco, coloqué mis manos sobre el teclado, suspiré, y, de súbito, sentí sed. Tenía muchas horas sin tomar agua.


Decidí regresar a la cocina. Al llegar a la azotea una brisa fría me dio de lleno en el rostro, y sonreí. Tomé agua. Los trastes seguían sucios. Luego los limpio, pensé. Seguía sonriendo.


Caminando de regreso a la habitación, me fijé en el cielo, y entonces, solo entonces, Martina llegó a los pasajes de mi mente. No sé qué trocha utilizó para llegar, porque la verdad, no encuentro la relación ni el parecido entre ella y ese cielo de color cambiante. Apareció con fuerza, e invadió mis cavilaciones, como si ella y su cabello castaño y liso, ella y su carita tierna, ella sus grandes ojos café, tuviesen que ver algo con la llegada de la luna. ¡Ay!, cuando pienso en ella, dejar de hacerlo es una imposibilidad casi tan grande como la imposibilidad de verla. ¿Por qué, Martina, por qué?


Estuve allí, de pie y absorto, hasta que la noche se mostró en pleno. Llegué a la habitación mientras trataba de convencerme de que haberla pensado fue algo fugaz, y nada más. Había llevado el día sin preocupaciones, sin quedarme mirando al techo recordando la sonrisa que me regaló cuando nos conocimos, sin pensar en el café que no pudimos tomarnos juntos, sin amargarme por el mensaje que le envié dos días atrás y que aún no respondía, sin lamentarme porque no comentó la canción que canté porque sabia que le gustaba, que subí a las redes sociales y que le dediqué con disimulo; sin soñar con una cita romántica en aquel lugar de comida venezolana, en donde le confesaría mi afecto después de degustar lo mejor de la mesa de mi país, no, no, no. Nada de pensamientos relacionados con ella y sus grandes ojos café. Ese momento ante el crepúsculo, no quiso decir nada.


Me senté frente a mi computadora, y comencé a escribir la historia que tenía días construyendo en mi mente, sobre un librero treintañero, sin éxito en el amor, que un día cualquiera conocía a una muchacha nueve años menor que él, cuando esta iba a su librería, y a la que terminaba recomendando y vendiendo dos libros. El muchacho, tímido por naturaleza, una semana después se atrevería a invitarla, a través de un mensaje directo de Instagram, a tomar un café, ella diría que sí. Pero entonces una catástrofe mundial, impediría el encuentro.


Escribí tres párrafos, y me detuve. Vi el celular sobre los libros que había leído en la ultima semana, y, azotado por la curiosidad, lo encendí. ¿Me habrá respondido?


Nada. Tenía un mensaje de Alejandra, que resultó ser un chiste; una nota de voz de mi mama, otra de papa, y 500 mensajes en el chat del grupo de lectura en el que nunca escribo; pero de Martina, nada. Ni siquiera había leído el mensaje. ¿Cómo es posible, que pasen tantos días, y que ella no vea lo que le envié?


La cabeza me molestaba un poco, me pasé la mano por el pelo, y volví a recordar sus labios arqueándose. Entonces estallé.


No le importo. Esa vez que nos conocimos, su sonrisa solo fue una muestra de amabilidad por el libro de Cortázar que le recomendé. ¿Lo habrá leído? Como siempre, me ilusioné rápido y sin fundamentos, vi algo que no existía. Quizá cuando supo mi edad, se decepcionó, pero ¡conchale!, ¡son solo 9 años!. Ajá, pero aceptó salir conmigo, nos ibamos a tomar ese café juntos, y a hablar de todo lo que quisiéramos. A esta hora ya sabría si le gusta bailar o cantar, si ama mirar al cielo, si disfruta del pollo frito. Tal vez solo le interese una amistad. Si no hubiese sido por este virus al menos ya sabría si le intereso un poco. ¡Maldito virus! Jodiste al mundo, y a mi oportunidad con Martina. Ya está, no le escribiré más. Respetaré su espacio, es obvio que quiere ignorarme, no insistiré, seguro que piensa que soy un fastidio. Hasta luego Martina, o hasta nunca. Pudimos tener algo bonito, al menos una amistad, pero no se pudo. Adiós...


Tras el torrente de pensamientos, terminé con ese adiós, sintiéndome apasionado, mirando al techo de mi pequeña alcoba, y resuelto a ser fiel a mi determinación. Suspiré, y cuando estaba dispuesto a seguir escribiendo la historia, mi celular vibró. Lo tomé, y abrí el chat. ¡Oh, gloria divina, oh inespereado milagro! Lo sabía, sí me quiere, grité a las paredes. Era Martina



Autor: Víctor Manuel Torres.



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