#Concurso: MI CAPITÁN


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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—Esta es una experiencia muy emocionante, mi Capitán.


Se expresaba sin poder ocultar tanta alegría el recién ascendido sargento.


—Bájese de su pedestal, sargento.


—¿Por qué, mi Capitán?


—Yo no confió en nadie, sargento. Esta misma gente que te aplaude y te canta es la misma que alaba a Papas, políticos, deportistas y hoy a nosotros. Mañana nos darán la espalda. Aquí en el centro de la ciudad nos respetan, pero esperemos a llegar a los suburbios.


Era una de las primeras noches de la primera semana del estado de emergencia sanitaria decretado por el supremo gobierno. El toque de queda había iniciado a la veinte horas y la gente, a la que llaman pueblo, al ver pasar a la patrulla, lanzaba aplausos como flores, como laureles; como a campeones olímpicos, como a triunfadores de alguna guerra. Los más entusiastas habían instalado parlantes en sus balcones y hacían sonar “El Himno Nacional” y también “Contigo Perú”.


El sargento era de Piura, joven aún, que se presentó al servicio militar voluntario para hacer algo así como una antesala, soñando con que después de cumplir su servicio militar postularía a la Escuela de Oficiales del Ejército; pero transcurrido más de seis meses de su servicio ya no le gustaba nada la idea de ser un militar de carrera, más bien se estaba inclinando para periodista.


El capitán era de Lima. Un oficial con excelente porte militar. Había estado en el VRAEM; tal vez era esa la razón por la cual trataba a la tropa como si estuvieran en zona de emergencia narco terrorista.


Cuando llegaron a un distrito alejado de la ciudad intervinieron, en una clásica cantina norteña, a un grupo de jóvenes que incumplían el toque de queda. El sargento hacía los primeros pinitos para su futura profesión: actuaba como un reportero filmando con su celular. Los detenidos protestaban; hacían bulla y escándalo, estado natural de los jóvenes norteño acostumbrados a la vida nocturna. Todo este relajamiento de civiles activó en el capitán la idea de darles un escarmiento, para todo el norte, a través de un solo individuo. Eligió al más malcriado. La cámara del sargento estaba precisamente encendida. Los gordos cachetes del detenido conocieron la pesada mano del capitán, luego este comenzó a gritar.


—Esta vez te voy a perdonar la vida. A partir de hoy las cosas van a cambiar ¿Me escuchaste?


En el fuero militar el caso hubiera pasado desapercibido. Pero cuando los dedos traviesos del sargento decidieron “compartir”, el corto video, al grupo de WhatsApp, todo traspaso los límites de lo confidencial. La noticia se diseminó en milésimas de segundos, como reguero de pólvora y llegó hasta los más altos mandos militares y hasta el mismo presidente. Y los periodistas lo hicieron noticia a nivel nacional. Ay del desconocido oficial, se hizo tristemente famoso el capitán.


La actitud del capitán removió viejas heridas. Los más pegados a las leyes estaban en contra del capitán, opinaban que no había seguido los protocolos, y tenían razón. Nada ni nadie podía explicar lo que sucedió aquella madrugada, pero una imagen dice mil palabras y el video del sargento decía mucho más.


Durante este prolongado periodo de emergencia sanitaria, durante el implementado distanciamiento social, durante el toque de queda, además de los numerosos contagiados y muertos, victimas del coronavirus, también surgieron una especie de neo victimas que se convirtieron en noticia y comidilla nacional, entre ellos estaba una periodista cuyo padrino era un General del Aire; un entrenador de futbol que celebraba una fiesta; hasta una escritora que se atrevió a elaborar una desatinada columna en un diario local (¿prueba de que es peligroso decir siempre la verdad o es riesgoso el oficio de escritor?).


El capitán, también neo víctima de la pandemia, estaba cumpliendo arresto de rigor, en su habitación de oficial, hasta la culminación de la cuarentena. Pasaba los días leyendo “la peste”, “ensayo sobre la ceguera” y otros libros alusivos a la pandemia.


En las madrugadas, cuando la patrulla retornaba al cuartel, luego de hacer su recorrido piurano, cuando los soldados descendían de los camiones, el oficial castigado rugía con todas sus fuerzas y con mucha furia:


—¡Sargento Judas, a mí!


Pero pasaban los días y el enojo se le iba disipando, cambiando los gritos por:


— Periodista, se me presenta.


Y se pasaban una hora charlando y fumando como los buenos amigos que siempre fueron.


—Como pudiste hacerme eso, sargento. A tu padrino. Me fregaste la vida.


—Disculpe, mi Capitán. No pensé que causara tanto revuelo.


— Esta bien, sargento. Yo soy un comando y sabré salir de este lío. Retírese a su cuadra.


— Después de todo, mi Capitán, el pueblo, al cual usted tanto desprecia, es el que más lo apoya.


Se despidió con un saludo militar e hizo tronar muy fuerte los tacos de sus botas. Dio media vuelta y se retiró.


Tendido sobre su cama, en un delgado colchón de espumas, el juvenil sargento empezó a cavilar: «Gracias, mi Capitán, por abrirme los ojos», encendió el ultimo cigarrillo antes de dormirse, «cuando todo esto termine y cumpla con mi servicio militar estudiaré periodismo, esta vida no es para mí». No tuvo tiempo de desvestirse, se quedó profundamente dormido.


El capitán, por su parte, también reflexionaba y escribía en su ordenador portátil «El mundo globalizado no estaba preparado para este tipo de enemigo invisible. Las naciones mejor armadas, las grandes potencias, no pudieron hacer nada contra la muerte. Estaban bien preparados para la guerra, y no hubo guerra. Solo nos queda pensar, como humanos, ya no en “qué hicimos mal”, sino en “qué debemos hacer” cuando la pandemia llegue a su fin, cuando el ángel de la muerte, el destructor Covid -19, culmine su paso por todo el orbe, cuando el enmascaramiento termine. Pensemos en reconstruir el mundo, darle una nueva forma; Preparémonos para las próximas eventualidades imprevisibles. Cuando la pandemia llegue a su fin ya nada será igual, la historia se dividirá en antes y después del coronavirus»



Autor: Richard Quispe Quispe.



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