#Concurso: MI MEJOR ENEMIGO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Todo parece un sueño de nunca acabar; son más de 30 días bajo el mismo techo y parece que las cosas aún no van a cambiar. Vivir con esta persona ha sido extraño y a la vez familiar; he empezado a creer que no es tan mala persona aun cuando antes de la cuarentena pensaba que era todo lo contrario. Al comienzo no fue fácil, sobre todo sabiendo que no había forma de separarnos; he descubierto cosas nuevas de su carácter y su verdadero yo y debo confesar que no nos conocíamos como pensé, al menos yo, no le conocía.


Al principio todo perecía que iría bien, hasta creí que sería un lecho de rosas, pues ya habíamos pasado una temporada juntos, pero ahora todo sería diferente. Las expectativas cambiaron, al igual que los planes. Estaríamos solos sin salidas luego del trabajo; ni amigos con quienes conversar y disfrutar; sin escapadas al cine por la tarde con canchita y gaseosa; sin jueves de comida oriental en nuestro lugar favorito; ni horas extra en la oficina donde ocupar el tiempo; estaríamos solos en casa "disfrutando" de nuestro tiempo, compañía y de conocernos un poco más.


Pasaron uno, dos, siete días y comencé a ver actitudes, respuestas y costumbres que hasta entonces parecían imperceptibles; ¡cómo era posible que no haya visto eso antes!, cosas tan visibles y que empezaron a cambiar lo que sentía. Los primeros días se propuso levantarse temprano y arreglarse como cualquier otro día. Sin embargo, al pasar los días, todo gesto de acicalo quedó atrás increpando: " Para que me arreglo si no iré a ningún lado". Bastaba ponerse un atuendo sencillo o quedarse con el pijama todo el día; al fin y al cabo, ¿quién le vería? La vestimenta venía bien con el encierro, después de todo, no había nadie a quien impresionar.


Los siguientes días se obsesionó por su peso. Los pocos días de ejercicios al comienzo se transformaron en mañanas enteras sin mover un músculo, seguidos de tardes enteras sobre el sofá mientras veía series que cada vez más perdían su sentido y diversión. La culpa lo agobiaba, pues comía por ansiedad y la cubría comiendo más, aun así no quería engordar. Un nuevo día llegaba y se proponía hacer algo para luchar contra los kilos extra en su balanza, pero su voluntad se derrumbaba con la frase: “Mañana empezaré”. Días enteros echado en el sofá junto a su perro, mientras desterraba su voluntad a la tierra del “¡Ya para qué!”.


Hace unos doce días vi que su pasividad se derivó en una frustración que le hacía ver los días soleados como una eternidad lúgubre, fría y sombría. ¡No podía salir!; no porque no quisiera, de verdad lo extrañaba; mas el mal invisible asechaba por las calles; no salía, no por obedecer los decretos diarios del Presidente, sino por temor a contagiarse. Se paraba algunas veces frente a la ventana como añorando la brisa al correr, aunque nunca corriera y el hablar con su familia cara a cara aunque no los visitaba muy a menudo. Pensamientos de ira llenaban su mente mientras juzgaba y condenaba impotente el ir y venir de tantos que sin motivo salían a la calle; solos o en pareja.


Aun la comida empezó a perder su sabor; nada sabía igual. Antes, cocinar le daba paz y a veces dedicaba su tiempo preparando nuevos platos con las amistades; sin embargo, cocinar había perdido su encanto y se había vuelto una carga más. Hace una semana y media, estuvo renegando y refunfuñando porque el lomo saltado, que siempre le salía exquisito, no sabía igual y no sabía por qué. Le dije que se tranquilizará, pero no escuchó y su no poder hacer algo mejor hacía que todo se viera peor. Al menos, había comida; ¡Gracias a Dios!, pero en este punto, lo que tanto amaba, solo era combustible para sobrevivir.


Con el paso de los días, me di cuenta que ya no soportaba su presencia. Cada día era lo mismo; su forma de hablar, su forma de pensar, su forma de vivir y aún su forma de respirar. Se enojaba de todo y por todo: el virus, el no poder salir, la gente irresponsable en la calle, su insatisfacción culinaria, su deseo de desvelarse y de levantarse tarde, su inactividad, su pavor a engordar, su falta de compromiso para ejercitar. Era un sinfín de excusas y reproches que inundaban su cabeza y que lo encerraban en una prisión más que física, mental. Todo eso tenía que cambiar y por eso fue que hace una semana tuve que ser fuerte y hablar muy seriamente al respecto.


Era ya tarde y lo encontré recostado sobre el sofá, frente al televisor y sufriendo su confinamiento. “¡Ya basta!”, argumenté. “¡No es el tiempo de quejarse! Tienes que levantarte y hacer algo que sí puedas controlar”, le dije. “Lo de fuera de tu casa no está en tus manos, lo de adentro sí. Ya es tiempo que dejes de sentir lástima de ti mismo y empezar a vivir en un nuevo ambiente, tu casa”. Continué: “Si no cambias las cosas aquí y ahora, todo continuará cuando todo esto termine; la miseria que estás sembrando en ti mismo seguirá creciendo aun luego de la pandemia”. Fueron otras cosas más que le dije y simplemente escucho sin decir palabra.


Al día siguiente, se levantó temprano; empezó a ejercitar y se dio una ducha; se acicaló como si saliera de casa y se puso perfume; empezó a cantar mientras preparaba el almuerzo y todo salió muy bien; tomó un curso en línea y empezó a leer un libro; al final de ese día se sintió satisfecho y se fue a dormir. Ya va así una semana y hay una sonrisa en su rostro, una actitud diferente, está más en control y más seguro que todo mejorará. Es curioso, son más de 30 días en casa y recién estoy empezando a vivir conmigo mismo



Autor: Iván Pizarro Sanchez.



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