#Concurso: NO ESTOY LOCA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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—Yo no estoy loca, no— me dijo mi madre.


Mi mamá y yo vivimos solas. Desde que recibimos la noticia ella se encierra en su cuarto todos los días y apenas me dirige la mirada, la cual siempre va yendo de un lado hacia otro inevitablemente. Sus cabellos despeinados, cabellos grisáceos, ropa manchada. Ella me dijo eso en una de las ocasiones en las fui a dejarle su comida. Las pastillas se acabaron hace unos días. Ninguna de las dos tenía la obligación de trabajar; razón por la que sólo yo a veces salía a comprar comida. Lo intentaba evitar lo máximo posible por varias razones.


Mi papá solía llamarme por teléfono a diario, muy preocupado. Él estaba varado en México e iba a regresar tan pronto como pudiera. Solía preguntarme si me estaban ayudando. Si el gobierno me estaba ayudando. Él se había ido a México por unas semanas a participar de un congreso y todo este asunto lo sorprendió allá. Sólo se fue después de asegurarle mil veces de que yo estaría bien, puesto que desde hace años él no viajaba por el problema en casa. Y yo estaba bien hasta que se acabaron las pastillas. Ahora sufro cada vez que subo al cuarto de mi madre y percibo su rechazo. Claro, ella no es culpable. Es imposible de que lo sea. Ella sólo es una víctima más de todo esto. Yo lo pensaba cuando ella estaba sentada en un rincón de su habitación en su amada oscuridad, reacia a comer la comida que le traje. Incluso de día nunca descorría las cortinas, como si tuviera fobia a la luz.


— ¿Has visto las aves? Qué hermosas son. Ahora salen más— me comentó una vez.


Al menos yo no tenía problemas con que saliera de casa de repente, como pasaba con los enfermos de Alzheimer. Aunque las otras personas al parecer si los tenían conmigo. Me miraban raro, como juzgándome. Seguramente por las ojeras por no poder dormir bien.


Sentía mucha ansiedad. Unos días después, creo que diez o doce, me decidí a ir a conseguir las medicinas, pero los del hospital me dijeron que aún no habían llegado las que usaba, que me darían una equivalente. El médico me preguntó varias veces si yo estaba bien y yo no entendí su preocupación, hasta que se le acabó el tiempo porque tenía otros pacientes. Acepté el nuevo medicamento con escepticismo.


Al llegar a casa me topé con mi mismísimo padre. Parecía que acababa de llegar. Sus maletas estaban recostadas contra la pared de la sala. Se veía exactamente igual a cómo se fue de casa, con su pulcro peinado y su elegante saco. Me miró fijamente.


— ¿Por qué no dijiste que vendrías? – pregunté. Casi lo abrazo pero me acordé de la recomendación de evitar la cercanía por esto del virus – Tampoco dijiste que ya estabas en Lima.


— ¿Y tu madre? – fue lo único que dijo.


Yo señalé las escaleras con mi mirada. Él se acercó a mí decididamente; casi sentí su respiración.


— Tómate esto, te calmará— me dijo tendiéndome un vaso con un líquido blanquecino. Eso era lo que solía darme mi padre cuando me sentía ansiosa.


Me lo tomé enseguida. Estaba sedienta. Una media hora después de eso empecé a sentir sueño y yo estaba dispuesta a caer profundamente dormida. Ahora que estaba mi padre ya podía hacerlo más tranquilamente. Dejé la medicina junto con la receta encima de la mesa de la cocina y fui de nuevo al cuarto de mi madre para despedirme de ella, como hacía todos los días. Ya sería mi padre quien le daría su medicamento. Me acurruqué en el sofá de la sala como si fuera una niña.


Cuando desperté fui directo a la cocina para cerciorarme de eso y vi que ya no estaban ni la medicina ni la receta. Entonces corrí al cuarto de mi madre. Me fijé en la hora, ya eran las diez de la mañana. Cuando abrí su puerta vi las cortinas corridas, como no habían estado en días. Busqué a mi madre con la vista y no la encontré. Su cama estaba bien tendida y sólo una fina capa de polvo cubría las cosas del cuarto. Me descolocó eso. Cuando me di media vuelta para salir del cuarto mi padre me tapó el paso. Me tendió un vaso con agua y un par de pastillas. Yo no entendí. ¿Eran las pastillas que había conseguido para mi madre? No, eran las que solía tomar mi madre. Recién entendí cuando me mostró el recipiente donde estaban sus cenizas



Autora: Giovanna Vasquez Pacci.



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