#Concurso: NO PUEDO DEFINIR MI IDENTIDAD, MUCHO MENOS UN TÍTULO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Siempre he sido considerada una persona pesimista; yo solo gusto decir la cruda realidad. En este caso, fue lo opuesto, me burlaba de la ansiedad de mi madre hacia la reciente propagación del coronavirus. En ese momento yo estaba en Alemania, donde solo existían dos casos, me encontraba visitando a quien es ahora mi ex enamorado, a quien llamaremos ‘hombre de hielo’, una relación a distancia condenada al fracaso. Al regresar al Perú, el 19 de febrero, no había preocupación alguna; ningún caso, ningún control en el aeropuerto, algunas personas asiáticas usando mascarilla; todo seguía tranquilo mientras las noticias contaban del caos que se desataba en China.


Pasaban los días y el virus se diseminaba por Europa. En un estado de optimismo ciego que jamás tuve en mi vida, (y que siempre quise tener para evitar el sufrimiento que había agobiado mis 30 años de existencia), estaba convencida de que jamás llegaría a mi país, ni a mi continente; ignoraba todo reportaje, toda histeria. Estaba ensimismada en mí misma; como siempre suelo hacerlo estando de vacaciones de la universidad, sola, sin vida social, jugando videojuegos, encerrada en mis pensamientos, mis miedos, siempre estuve en cuarentena sin notarlo.


Sin embargo, esta vez, tenía la compañía de los escuetos mensajes del hombre de hielo; que sabía comunicarse solo por stickers de WhatsApp, cuyo afecto hacia mí fue verdadero hace un año, pero a inicios de marzo, no estaba tan segura. El coronavirus ya había llegado al Perú; pero yo no prestaba atención, escuchaba a mi mamá hablar del tema, palabras que se dirigían hacia el viento, pues mentalmente yo no estaba aquí.


Confieso que tuve que buscar en el historial de mis conversaciones la fecha exacta de la ruptura con el hombre de hielo; pues en ésta doble cuarentena, la propia y la impuesta, he perdido con más intensidad la noción del tiempo. Un 12 de marzo me dijo simplemente que él era infeliz, que yo caminaba muy lentamente, que ya no quería pasar el resto de su vida conmigo. El sufre de algo similar que lo mío; por diferentes razones, no se desde cuándo, pero dos almas rotas no se pueden componer una a la otra, no en este caso. Entré en estado de pánico, mi soporte se había ido, mi estabilidad, el único hombre que alguna vez me había abrazado y besado, con amor, en mi quebrantada vida.


Momentáneamente flotaba en el espacio-tiempo; no era una fantasía, era una realidad, mi realidad de antes, donde yo era todo y nada a la vez, tan complicada y compleja, pero completamente vacía. Ese agujero negro existencial estaba de regreso; o quizás nunca se fue y estuve en una negación codependiente durante mi relación con el hombre de hielo. Hice lo que solía hacer en mis momentos de pánico e ira; hace años, lo que las medicinas habían neutralizado, autodestructiva con una cuchilla. Heridas leves que luche por interrumpir, no quería regresar a eso, ya no más. Lo culpé los días siguientes, por desencadenar mi lado oscuro.


Seguía muchos días encerrada; como siempre. Esta vez, sin videojuegos, ni series, ni stickers de WhatsApp, ni comida chatarra, era solo yo, mi cama, mi llanto, mi ira, el insomnio que había regresado, noches infinitas estorbando a mis conocidos, con quien empezaba a retomar contacto. Estoy segura de que estaban hartos de escuchar mis quejas sobre lo infeliz que siempre había sido, y todas mis frases depresivas, repetitivas, quisiera pedirles perdón por haberlos cansado emocionalmente, por seguir haciéndolo.


En alguno de estos días, mientras yo sufría por la ruptura, fue declarado el estado de emergencia; ni note cual era, para mí era lo mismo, encerrada en mi casa, en mi dormitorio, en mi cuerpo, en mi alma. Poco a poco las pastillas para dormir dejaron de funcionar, mientras la ansiedad de mi mamá aumentaba. Ella es adulta mayor, por lo que a pesar de trabajar en el sector salud, está obligada a quedarse en casa. Cada minuto escucho sus quejas y preocupaciones sobre el coronavirus, repitiendo lo que dicen las noticias, las cuales me entero por terceros porque estoy en mi propia cuarentena y mi cerebro no aguanta más.


Es demasiada información para procesar al mismo tiempo, a nivel macro y micro, dolor por todos lados, asfixia, sofocamiento, desesperación, abandono, soledad. Por primera vez en mi vida, quería salir de casa, respirar el aire contaminado y pestilente de esta ciudad a la cual detesto, pero oxigeno después de todo. Sin embargo, no estoy permitida, mi madre no confía en mi habilidad para protegerme. No la culpo, he tomado malas decisiones y su ansiedad por el coronavirus aumenta. Deseo ir a comprar, no comida, pues he perdido el apetito, necesito algo para adormecerme, un poco de cerveza o vino, no creí que fuese posible estar más sola de lo que siempre me había sentido.


Cada día que pasa siento mi anterior yo regresar, impulsiva, iracunda, frustrada, impaciente, sedienta de atención y de afecto masculino que siempre tuve dificultad de conseguir. Encontré una forma de expresarme, que había abandonado antes: el arte. Realizo fotomontajes creando escenarios fantasiosos o terroríficos a partir de las fotos que tome de Alemania con el celular moderno de mi ex.


Lamentablemente no tengo muchas fotos de Lima ya que siempre paro encerrada, y los amantes de lo ajeno abundan por las calles, me pregunto si ellos también se están quedando en casa ahora. Mis clases no empiezan, es mi último semestre y mi graduación se retrasa cada vez más, pero me entretiene seguir haciendo estos intentos de arte digital; mientras el insomnio que tuve desde mi adolescencia tira hacia el lado opuesto, el lado de la insanidad. Me obliga a confrontar a mis propios demonios, en una cuarentena que se manifiesta de manera múltiple, por capas tal cual matrioshka de la tortura mental, donde tengo la compañía de mi peor enemiga: yo misma



Autora: Katherine Huamán Romaní.



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