#Concurso: PALMETTO Y YO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Fotografía proporcionada por el autor

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Y perdí la maldita apuesta…!! Ahora que hago con esto? No quería nada mas que ‘yo’ en mi vida por estos días. Pero los códigos de vida son eso, códigos de vida: Palabra dada, palabra cumplida. Los primeros días me sentía raro estar pendiente de algo más allá de mi garza de barro, mi moto de lata y mis LP’s de los 70’s. Mi vida era simple, tranquila, sin sobresaltos, sin esfuerzo, todo mágicamente organizado, mecánicamente cuasi perfecto. Pero perdí la apuesta y llegó Palmetto.


El tenía un ritual. Todos los días cuando llegaba a la casa, le encontraba en el balcón, mirando hacia afuera, hacia el horizonte, como añorando aquellos días que no fueron, como si buscara la respuesta a alguna pregunta. Ni me saludaba. Parecía no tener alma por las tardes. O quizás todo el día. Algunas veces intenté sentarme en el balcón con él, tratar de hablar de algo que le interese, pero era imposible, el me miraba con una ceja levantada como diciéndome: ‘get a life’ Entonces me paraba y era exactamente lo que hacía. Palmetto amaba el balcón. Se pasaba todo el día meditando, mirando hacia afuera.


Desde que Palmetto se mudó conmigo pasaron muchas cosas que me hicieron pensar que no debí cumplir aquella apuesta. En su estadía pasaron cosas que alteraron mi rutina eternamente calma, hasta entonces. Cambie de trabajo, no necesariamente para mejor; tuve el peor (el único) accidente de mi vida rompiéndome algunos huesos, se malogró mi carro que nunca se malograba y que se suponía que nunca lo haría; perdí una amante con la que compartía unos cafés interesantísimos cada domingo a las doce; y cuando pensé que nada podia ir peor…perdí tambien, al gran amor de mi última década en una mañana de Febrero. Esto ultimo si dolió. Palmetto era un amuleto al revés, así de simple. Encima de eso, tenía que verlo todos los días así de deprimido; nunca decía nada, siempre en su balcón, siempre mirando hacia el horizonte, hacia afuera, sin energías, quitándome asi las pocas que yo tenía. Ahh….y trajo con el, el Coronavirus también.


Felizmente yo estaba preparado para esto ultimo. Tenía un amigo con el que siempre monitoreabamos pandemias. Éramos medio inmunologos-epidemiologos pues en su momento trabajamos para una compañía que se dedicaba a la elaboración de productos inmunológicos y conocíamos esos temas. Sabíamos que este virus era distinto, pero también sabíamos que la mejor forma de combatirlo era solo con immunoterapia y aislamiento. Así que dos semanas antes del primer anuncio de Trumpito de que USA estaba en emergencia, ya estabamos abastecidos de víveres por tres meses. Era cuestión de hacer un paréntesis y cerrar los ojos hasta que todo haya pasado en esos meses, no quince días como decían al principio. Ese era el plan. Pero una vez ya atrincherado en mi departamento, me doy cuenta que no habia hecho una rutina de trinchera aún. Qué haría esos tres meses sin salir? Todo fue muy rápido. Ayer todo era rápido. Sin parar, sin pensar, do it, do it, do it, arto mecánico; hasta tomar un minuto para culminar un suspiro inesperado nos hacia sentir algo culpables. Siempre teníamos que ‘lograr’ el doble de lo que ayer nos habíamos trazado. Sin parar. Sin parar. Sin mirar. Sin parar. Pero nos toco parar. Así que mientras organizaba mis schedules para la noventena (si aplica el término), iba inevitablemente compartiendo más tiempo con Palmetto.


Habían pasado dos semanas del auto-atrincheramiento, cuando decido sentarme una vez mas con Palmetto en el balcón y tratar de acompañarle en su ritual. Quizás era la primera vez que yo realmente ‘paraba’ en muchos meses. Ya no tenía apuro de nada, habia terminado de hacer lo necesario para esperar lo peor, asi que tenia tiempo para perder. Era un sentimiento extraño el simplemente hacer nada. Pero de alguna forma íntima sospechaba que era para bien. Me dejé fluir. Y mirando a Palmetto mirar hacia el horizonte, empiezo a recordar como llego ahí, a mi balcón. Fue encontrado en el expressway que lleva su nombre (Palmetto Expressway) por otro amigo exageradamente amante de los animales, que paró el tráfico para recogerlo. Sangrando, roto, mutilado y desauciado por tres veterinarios, aposté a que no se recuperaría, o si sobrevivía, se venía conmigo. Obviamente perdí. Quizás esta experiencia le hizo tan filosofo a don Palmetto. No saltaba, no jugaba, no maullaba. Solo se sentaba y miraba hacia afuera. Era aun cachorro, pero no reía. En el fondo también me daba algo de pena.


Recordé entonces mi dote de sicólogo de animales. Aunque nunca tuve un gato, siempre pensé que todos los animales tenían un IQ homogeneo y que eran capaces de entendernos mas allá de lo que creemos. Practiqué este concepto con el último perro que tuve. Con patos, con lagartijas, con hormigas, una iguana silvestre y una vez con una rata de inodoro (no detalles), con resultados sorprendentes. Quizás aún tengo ese don, pensé.


Y quizás que ahora no tengo - por esto de la noventena (créanme: serán tres meses) - a ningún compinche de charlas deshuesadas, o con quién compartir mis lúdicas introspecciones…quizás pueda hablar de alguna forma con Palmetto. Quizás Palmetto me escuche y entienda. Quizás el me enseñe los secretos de sus siete vidas. Quizás pueda descifrar al fin - cosa que en el fondo envidiaba - esa resignación calma de no conocer el concepto de mortandad, que veo en su mirada. O quizás yo crezca. O quizás me vuelva a encontrar. Quizás el Coronavirus me hacerque a algo que con el apuro insensato de este mundo, estaba a punto de perder. Quizás las respuestas estan ahi, cuando paras y solo esperas, no cuando corres y tratas de alcanzar. Quizás nuestro error está en tanto correr. Quizás no hay nada de malo en parar. Quizás por algo los Egipcios adoraban a los gatos. Quizás en el balcón y mirando hacia afuera, encuentre muchas respuestas.


…Y si quizás, al final de cuentas, nunca perdí la apuesta?



Autor: Javier Lopez.



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