#Concurso: PERCEPCIÓN


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Aquel día, lo que vi en televisión me impactó sobremanera: un hombre yacía muerto sobre una acera. Tal vez un tipo solitario, a juzgar por su estado de abandono, que había llegado a un punto crítico de la enfermedad y que, a raíz de la desesperación, había salido a las calles con la esperanza de hallar alguna solución para ese mal que terminaba ya de consumirlo por completo. Un hombre que, sin importar qué tantos golpes hubiera llegado a sufrir, buscó hasta el último momento aferrarse a la vida.


Ni los augurios más pesimistas me habrían llevado a imaginar que algún día tendría que vivir algo así, algo similar a aquella novelita de Jack London que leí cuando niño, y en la que, al igual que el escenario descrito, se mostraban escenas de personas muriendo en las calles a raíz de una peste que llegó a diezmar la población mundial, obligando a la humanidad a empezar desde cero. Tal vez, me dije, nos sea necesario también empezar desde cero; darnos cuenta de que ese afán caprichoso de jugar a ser dioses nos había llevado a causar una serie de estragos en un mundo que, harto ya de los daños infligidos en él, había tomado la fatal decisión de vengarse. Darnos cuenta de que, en algún punto de nuestra convulsa historia, nuestro sentido de humanidad se fue sumergiendo en las sombras para ceder su lugar a ciertos aspectos que comenzaron a sernos más necesarios, más aún en un contexto en el que es el individuo quien prima por encima de todo, aun en desmedro del otro; sin dar cuenta de que no hay peor mal en el hombre que la ausencia total de empatía.


………………


Esa noche, mi madre, mis hermanos y yo nos sentamos a la mesa para compartir el pastel que aquella había preparado. Era curioso pensar en cuán significativos se habían vuelto momentos como ese, los cuales (sin hacer sobre ello alguna alusión) tratábamos de disfrutar al máximo, como cuando éramos niños y papá aún estaba con vida. No hacía mucho que había empezado el toque de queda y, a diferencia de otras noches en las que el bullicio se hacía notar en las calles de mi zona de manera frecuente, era ahora el silencio el que reinaba por completo.


Mi madre nos contó que había visto, por la tarde, cómo la naturaleza empezaba a imponerse de nuevo a raíz de la ausencia de gente en los típicos espacios de esparcimiento, como era el caso de las playas, invadidas ahora por una fauna que no se atrevía a mostrarse del todo en presencia del hombre.


- Es hermoso – nos dijo – los delfines se dejan ver ahora muy cerca de la orilla.


Se me vino a la mente “La guerra de los mundos”, aquel libro de Wells en el que la Tierra es invadida por seres extraterrestres que la van destruyendo paulatinamente al mismo tiempo que causan una gran mortandad en los seres humanos, en una catástrofe que parecía no tener solución. No obstante, el enemigo menos pensado empezó a hacer mella en los invasores: las bacterias, aquellas a las que la humanidad era inmune y que terminaron jugando a su favor, salvándola de una destrucción inminente. Del mismo modo, parecía que el virus que ahora diezmaba al planeta jugaba a favor de los animales, causando una gran mortandad en aquellos que, de un tiempo a esta parte, se habían dedicado a diezmarlos a la par que destruían sus hábitats. Ahora, con su presencia, mostraban que la naturaleza termina favoreciendo siempre a los que caminan de la mano con ella en total y sincera armonía.


Serían casi las 9 p. m. cuando subí a mi habitación. Decidí ver una película antes de acostarme. Fue así que me encontré con “El séptimo sello”, la cinta de Bergman que ya había visto unos años atrás. Me fue grato ir recordando de a pocos cada pasaje de la historia a medida que esta transcurría, y me fui dando cuenta de cómo un libro o película puede adquirir un sentido distinto según las circunstancias que uno experimenta. El protagonista, Antonius Block, es un caballero medieval que, al volver a su tierra tras haber participado en las Cruzadas, se encuentra cara a cara con la Muerte. Consciente de su suerte, le propone a esta jugar una partida de ajedrez y así tener el tiempo suficiente para realizar una buena acción, y poder vencer así la angustia de una existencia que creía vacía. Pensé, de inmediato, en todas aquellas personas que se encontraban luchando a campo abierto contra la enfermedad: soldados, policías, médicos, y pude notar que de nada servía el tener una actitud pesimista; que era mejor enfocarse en los aspectos positivos. Al igual que en aquella historia de Camus en la que un médico, impelido tan solo por sus propios principios, lucha denodadamente contra una peste que asola una ciudad argelina, habían personas que se encontraban dando el todo por el todo para paliar los estragos ocasionados por aquella que también nos estaba asolando, incluso arriesgando sus vidas. No podíamos, ante ello, permanecer indolentes.


Al día siguiente, al salir rumbo al mercado a comprar la mayor cantidad posible de alimentos para seguir enfrentando los días de encierro, pude ver la realidad con ojos distintos: recordé a aquel hombre repartiendo comida entre un grupo de soldados que se hallaban resguardando las calles, recordé a aquella muchacha que cada mañana salía a alimentar a los perros que hallaba en estado de abandono, recordé a las personas aplaudiendo desde sus techos y ventanas a los policías, y también a aquel hombre que, a través de la redes, brindara un mensaje de aliento a los médicos tras enterarse que uno había perdido la vida. Un simple mensaje que, no obstante, tenía el poder de dotar de color los momentos más grises. Un simple mensaje que muestra, como dijera Camus, que “hay, en el hombre, cosas más dignas de admiración que de desprecio”



Autor: Manuel Navarrete Salazar.



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