#Concurso: RECLUSIÓN DE UNA MENTE EN UNA LUCHA CONTRA EL DESCENSO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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Sueño con gente mutilada, ¿qué podrá ser?, me pregunto. ¿Será que estoy perdiendo algo de mí?


La felicidad era algo característico en mí, cuando era un infante. El desayuno con mis padres y mis hermanos hablando de banalidades y riéndonos. Me pregunto de qué manera se pasó mi tiempo.


Pasaron los años y los desayunos no volvieron a ser iguales, mis hermanos ya habían crecido y trabajaban, mis padres ahora estaban más ocupados y yo empecé la universidad. Lo único que nos unía ahora eran los sábados. De cualquier manera, habíamos tenido una desunión con el pasar del tiempo. Era como vivir con extraños, extraños con los que compartiste gran parte de tu vida.


Domingo 15 de marzo de 2020. El presidente anuncia el estado de emergencia y por consecuente una cuarentena que duraría dos semanas. ¡Bien!, exclamo sarcásticamente, ahora que vivo con extraños, cómo pasaré este encierro. De todos modos, no era mucho de qué preocuparse, solo duraría dos semanas.


Primer día de cuarentena, nadie en casa fue a trabajar hoy, ni yo a estudiar. Desayuno otra vez con mis padres y hermanos, un silencio que pareciera ser incómodo hasta que por error se me escapan unas palabras. La he liado, hasta mi madre se ha enojado, avergonzado por lo que dije termino rápidamente de desayunar y me dirijo a mi habitación. En un encierro, ¿qué más podría hacer? Empiezo a ordenar un poco y a revisar mis cajones, ¡qué he encontrado! Exclamo de nostalgia, era una carta de esas que haces cuando estás en kínder por el día de la madre. La leo y lo que siento es inefable “…que Dios te cuide mucho, mamita, te quiero mucho”. Se me forma un nudo en la garganta y me pregunto otra vez “¿qué pasó con ese niño feliz y amoroso?”. Me dirijo hacia mi madre, le entrego la carta y le digo: “mira lo que he encontrado, ¿lo recordabas?”, ella sonríe con los ojos llorosos y me abraza, me dice que por supuesto que sí. Sin querer solucioné el problema que había liado horas antes. Qué bueno. Me dirijo hacia mi habitación otra vez, esta vez pensando en qué hacer para matar el tiempo. Veo mi guitarra en su estuche y encuentro una buena forma para matar el tiempo. Me he pasado todo el día entretenido que ni he almorzado, el día ya ha acabado y solo cenaré y dormiré para empezar mañana la rutina del desayuno y practicar con la guitarra.


Día 5 de cuarentena. Despierto, bajo a desayunar, esta vez sin decir algo demás, es más, hasta intento revivir los desayunos de hace 12 años intentándolos hacer reír de alguna u otra manera, bueno he fallado. Como de costumbre, me dirijo a mi habitación, esta vez ya no quiero practicar con la guitarra. Se me vienen recuerdos a la mente de hace 15 años, cuando me gustaba dibujar e intento hacerlo otra vez. He fracasado, no me gusta cómo me ha quedado, hago otro intento, pero escucho a mi madre llamarme porque tengo que almorzar. Estamos todos reunidos y parecen felices. Mi padre hablando de política con mi hermano, dentro mío sonrío. Yo no sé mucho de política, pero trato de acoplarme a la conversación igual. Soy duramente desdeñado. Bueno, he fracasado otra vez.


Vuelvo a mi habitación esta vez sin saber qué hacer, ni dibujar ni hacer música me divierten. Encuentro una libreta y junto con la libreta una cajetilla de cigarros. Una libreta con frases de autoayuda, pero por alguna extraña razón que no recordaba los había guardado juntos. La empiezo a leer y recuerdo más. Una de las frases que leí al azar fue: “Recuerda: Eres tú quien decide si va a permitir que algo te preocupe. Tú puedes, con la misma facilidad, elegir no prestar atención a quien irrita u ofende.”, luego de leer eso entre otras frases más, recuerdo la depresión de hace un par de años, y recuerdo el motivo por el cual guardé la cajetilla y la libreta juntas, de cierto modo era alguna forma de no olvidar lo hundido que estuve alguna vez y si salí una vez de ahí podía volverlo a hacer. Ligeramente más motivado por las memorias me digo a mí mismo que esto no puede terminar mal y aunque haya crecido mi mayor anhelo era volver a ver a mi familia unida como alguna vez lo fuimos.


Dia 11 de cuarentena. Tras varios intentos y fracasos empiezo a preocuparme. La cuarentena está a punto de terminar y no he logrado mi objetivo para tan corto tiempo. Empezando a lamentarme enciendo el televisor. Oportunamente para mí el presidente decreta dos semanas más de aislamiento social obligatorio así que sigo buscando más formas de lograr lo que me propuse.


Habían pasado ya casi dos semanas del último decreto. Tiempo suficiente en lo que pude aprender a cocinar, aprender sobre política entre otros intereses más de las personas que me rodean. Más que una búsqueda de unión pareciera que solo quería ser aceptado. Este encierro se convierte en una pesadilla. Una lucha constante conmigo mismo para no volver a hundirme, un mudo grito desesperado. No quiero que el encierro termine mal. Ya he intentado muchas cosas y la mayoría de veces he fracasado. Ya no existe lunes ni martes ni miércoles, ahora son solo días... Tal vez mis intentos fracasaron porque a ellos también les afecta la reclusión y tener que soportarnos los unos a los otros sabiendo que entre nosotros somos insoportables. Busco respuestas y en su lugar solo encuentro más preguntas. He perdido la cuenta de los días y hoy me encuentro en mi habitación redactando esto desde mi laptop. Las medidas de prevención al parecer han tenido efectos colaterales y estoy seguro de que no soy el único que pasa por esto. ¿Será este el comienzo de una nueva decadencia?...



Autor: Fabrizio Torrejón Ramírez.



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