#Concurso: REFORMATIO IN PEIUS

Actualizado: abr 26


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.


No era más de las nueve de la noche y yo tirado boca arriba en mi cama. La saliva espesa pasaba dificultosamente por mi garganta dejando una estela de amargura y desazón. Agotado, pero sin sueño, repasaba tenazmente en mi cabeza lo que la cuarentena terminaba por regalarme hacía algunos minutos: “Nos ponemos en contacto con vosotros para informaros que vuestras estancias han sido canceladas debido al especial escenario que vivimos”.


Sentí la almohada caliente y le di vuelta para apoyar mis repetitivas reflexiones sobre su lado fresco. Había pasado poco más de dos semanas desde que se dictaron las medidas de reclusión, pero ese corto tiempo bastó para echar por los suelos la rutina y los planes que tanto me habían costado elaborar. Tan solo la semana anterior me despidieron del trabajo y pocos días después se canceló un examen internacional de idioma extranjero que necesitaba rendir para poder postular a la maestría que quería. Volví a sentir la almohada caliente, le di vuelta otra vez y me arrellané pesadamente en el colchón.


Recordé también que no había sido sino hace un par de días que me comunicaron que la beca a la que había postulado con tanta ilusión se cancelaba por motivos de fuerza mayor. Me tomó semanas preparar mi postulación a esa beca, estaba seguro que tenía serias posibilidades de ganarla; incluso ya me había imaginado qué hacer con la subvención mensual que recibiría y ya había ensayado la mejor manera de darle la buena noticia a mi madre y a mi pareja… hacerle ver a ella que está con un tipo que lo logra.


“A seguir remando”, pensé. Pero otra vez me acordé del correo que leí esa noche y que me tumbó en la cama. Esa estancia la estaba esperando por poco menos de un año, era una oportunidad de oro no solo en términos académicos, sino para convencerme a mí mismo de que era capaz de trazar proyectos viables a largo plazo y darle un norte a mis dispersas curiosidades. Nunca había tenido tantos planes en mi vida, estaba acostumbrado a la improvisación, a saltar de un interés a otro sin profundizar demasiado, al a lo que venga, pero justamente cuando decido enfocarme únicamente en un par de cosas y planificar mi futuro ¡paf! Todo lo proyectado para los meses siguientes derecho al caño. Me pareció una ironía de mal gusto. Me enfurecí. Quise reclamar a alguien o algo. ¡Quién se puso a jugar a los dados maldita sea! Respiré profundo y recordé que un amigo frecuentemente me decía que las cosas siempre pueden ponerse peor. “Por lo menos tengo techo y comida”, me dije, “cuánta gente la estará pasando peor… o mejor”.


Desde mi ventana abierta se coló una risa de niña. En el departamento vecino del tercer piso vivía una matrimonio joven con una sola hija, y desde que la cuarentena inició me familiaricé con la risa de la niña. Tendría unos siete años más o menos; la vi unas cuantas ocasiones, cuando a su padre le tocó limpiar y desinfectar las áreas comunes del edificio; las veces que lo hizo fue en compañía de su hija. Tan curiosa ella con su mascarilla que le tapaba la mitad del rostro, sus holgados guantes blancos, en una mano un par de libritos y en la otra un pequeño juguete. Esas mañanas de limpieza parecían haber forjado una tierna complicidad entre ambos: charlaban, reían, él respondía las preguntas de ella, ella seguía con avispada atención los movimientos de su padre y él le explicaba amorosamente lo que hacía y por qué. Lindo cuadro de padre e hija.


Ocho, nueve, diez… !Ya voyyyy! Y las risas de la niña centellearon en la nocturnidad de mi cuarto. Su despreocupada felicidad contrastaba con mi desánimo, pero no me incomodaba, más bien operaba una suerte de consuelo saber que ellos encontraban grietas de alegre luz en esta coyuntura tan complicada. Te encontré, te encontré… Y la sobria risa del papá se fundía con la de su esposa e hija en un afectuoso coro familiar que me hizo recordar mi niñez de torres de alta tensión explosionadas y apagones repentinos. Cuando eso ocurría se encendían unas largas velas blancas y, de pronto, la familia estaba más unida, todos juntos al rededor de una luz común, con mis padres inventando juegos para distraernos de lo que afuera sucedía. Extraño ese vínculo que se formaba entre nosotros. Dentro de todo lo terrible que fue esa época, tengo esta especie de isla de recuerdo que crearon mis padres para mí, para mis hermanos mayores, en la que todavía asocio apagones con cálida unión familiar.


Me sacudí de mi recuerdo. Noté que por mi ventana aún entraban los rumores del juego y quise pensar que esas experiencias, esas diversiones, formarían en la niña su propia isla de recuerdo, que cuando -años adelante- le hablen de la crisis por la pandemia, ella recordaría sobre todo las jornadas de complicidad compartidas con su padre y las risas que, en noches como esas, me compartieron sin querer. Tal vez luego extrañe ese recuerdo tanto como yo extraño mi propia isla.


Cerré la ventana, me cubrí con la sábana y mi saliva, haciéndose otra vez espesa, se abría paso a través de mi garganta mientras volvía a recordar lo que me decía mi amigo y me pregunté si una historia feliz no es solo una historia incompleta



Autor: Edison Vásquez.



Si te gustó este texto, compártelo en tus redes usando los iconos de abajo.

21 vistas

Diseño de la web: Machucabotones 2020

MACHUCABOTONES SAC

buen retiro 158, Surco

Lima 33, Perú

Conecta con nosotros:

miniyt.png
minifb.png
miniig.png

Páginas relacionadas con Machucabotones:

entrelibros.png
lcc.PNG

Informes sobre cursos:

hola@machucabotones.com

Informes sobre talleres in house:

centro@machucabotones.com 

Teléfono:

978224136