#Concurso: RELATOS DE LA CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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“Ojalá esto hubiese empezado antes”, es mi primer pensamiento al despertarme en casa el segundo día del estado de emergencia decretado por el gobierno, y digo el segundo, porque el primer día ignoré el comunicado, la pandemia, me fui a abrir el negocio familiar que es el único sustento de las actuales tres integrantes de la familia, aún a sabiendas de no vender productos de primera necesidad, pensé: “alguien tiene que comprarme siquiera un par de medias o un pañuelo”, pero la tienda aunque abierta la galería cerrada estaba y no había nada que pudiera hacer, los otros negocios también estaban cerrados y los que tenían la suerte de contar con puerta a la calle se asomaban para comprobar si alguien abría.


El primer día de la cuarentena, dentro del local con dos personas más que llegaron a intentar abrir, conversamos un poco sobre qué tan serio sería esto y si podíamos vender ante la necesidad de pagar las deudas y cumplir compromisos, el colegio de los niños y nietos, de la universidad y la pronta promesa a mi abuelito de graduarme. Mi mamá llegó en busca de su única hija y de dinero de las ventas del día anterior para comprar las provisiones para esta incertidumbre de encierro en casa, vi en su rostro la decepción al descubrir que no había lo suficiente, eso se debía principalmente a las limitadas ventas y a los pagos diarios que acarrea trabajar en un local alquilado. “Traje dinero que tenía guardado, ya sabía que no encontraría mucho”, me dijo mi madre, no me pareció un reproche así que lo recibí como una verdad innegable.


Llegar a casa, casa para cuatro, cuatro sillas alrededor de la mesa, cuatro toallas colgadas, cuatro esquinas, una cama para los esposos y dos camas para las hijas, tres personas en la mesa, intentando seguir los consejos repetidos como los abrazos en su momento recibidos, “háganse compañía, no se dejen solas”. El único varón de la casa, el esposo, padre, mi abuelo y única figura paterna constante, se había ido a la Habana, a tocarle la puerta a San Pedro, se había ido de pesca eterna, se nos había muerto en una cama de cuidados intensivos del hospital regional, pareciéndose, en cuerpo, poco que al de su vida en plenitud; habían transcurrido dieciséis días desde entonces hasta el primer día de aislamiento, por donde se tocara, dolía, por donde se moviera, estaba su nombre, y la ropa todavía olía a él, catorce días desde que lo encerramos en esa ruma de nichos colocados uno encima de otros como los objetos sin uso de las cuales no tenemos valor para deshacernos y apilamos en un interminable depósito, en un nuevo pabellón que con la gracia del alcalde había concedido un lugar decente, más cerca de quienes quisiéramos ponerles flores o simplemente conversarle de la vida y de su estancia en la Habana, en la hamaca que tanto quiso tener en casa para leer el diario en calma; era el primer asistente a ese apilamiento diferenciado por unas ligeras paredes de cemento, a él, que siempre andaba conversando sobre política, sobre el clima y la pesca con los amigos y conocidos, a él, que por años dirigió la asociación de vivienda -del lugar donde ahora vivimos sin él-, en infinitas reuniones, solo y sin nombre, porque había que esperar que el cemento secara. Eran catorce días y ninguna era la misma, supe que mi abuela tanteaba de noche el lado de su cama, ahora vacío, y lloraba; supe que mi mamá iba a comprar periódico y lloraba; y supe que ya no prendíamos la televisión ni la radio, porque los acontecimientos habían perdido sentido sin él para poder comentarlos.


“Ojalá esto hubiese empezado antes”, son mis palabras desde los labios de mi abuela en el tercer o cuarto día en casa, “porque así nos habríamos dedicado más a él”, continúa, “porque necesitaba más atención de las tres y quizá todavía estuviese aquí con nosotras renegando por el encierro probablemente, pero aquí”. Al iniciar el año, empecé a trabajar en la municipalidad de un pequeño distrito que demandaba mi ausencia, llegaba en la noche para contarle todo a él, mientras simulábamos una suerte de lonche pasadas las seis, varias veces me hizo saber que prefería pagarme lo mismo si me quedaba en casa, terca como él continué en ese trabajo hasta los fines de semana, parece que así es cuando uno consigue algo que no esperaba pero quería, se olvida un poco de todo lo demás, de lo esencial. Estaba segura que me soportaría en esta vida hasta este año completo, porque comió las doce uvas a las primeras horas del año nuevo y porque este año terminaba la carrera, porque así me lo había prometido.


Probablemente, este tiempo de aislamiento lo hubiese querido con él, conversando sobre las plantas del huerto que inició al mismo tiempo que compartía la vida con mi abuela, de los limones que empezaban a mostrarse y el aroma tan delicioso que desprendían, de los canarios verdes, como las hojas de ponciana, que en su libertad nos visitaban por las tardes, de las nubes cargadas que a veces llegaban y mojaban el improvisado techito, pero que se iban rápido porque parecía que nos miraban desde arriba con misericordia, hablaríamos del gobierno, de los otros países involucrados, de las posibles conspiraciones con trasfondos de capricho de poder, de la insuficiente planificación de las viviendas y familias, de la vida, para después de todo reírnos porque estamos vivos y juntos.


Estamos las tres en nuestro refugio, en nuestro fuerte, ya no más encierro; han pasado más de lo primeros quince días anunciados, hemos aprendido a incorporar con amor todas sus posibles acciones y nos reímos imaginando cómo asumiría toda esta situación con mucho más soltura que nosotras. Seguimos molestando a los gorriones que venían a competir a quien cosechaba primero la espinaca.


El distanciamiento del que tanto se habla ha unido a esta familia antes resquebrajada



Autora: Josselyn Ogura.



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