#Concurso: SE NOS FUE EL GORDO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El primer paciente fue mi primo. Habíamos pasado todos estos días con él, en la habitación que comparto con mi hermano menor, jugando play o algún juego en el celular. Apenas tenía once años, era gracioso. Se aprendía de memoria frases cómicas y en doble sentido para hacernos reír, para amenizarnos el rutinario día, que en más de una ocasión estuvo a punto de hacernos perder la cordura. El gordo era, por así decirlo, un mini escape a la risa, una salidita de la habitación.


Aparecía de pronto, en silencio y lanzaba una de sus inmortales frases. "Si ser hermoso es un delito, que mi pena sea la muerte". Era divertido, siempre tenia una actitud positiva, jamás se dejaba vencer. Un día apareció, yo acababa de romper con mi novia, me vio abatido y me dijo: “¿Por qué estás triste flaco? Si la vida es bella”.


Él, quizá por su edad, no sabía que la vida no siempre era bella. Que había desbalances, desequilibrios prolongados, como este inesperado encierro. Pero a él no parecía importarle lo que pasaba, él solo procuraba aprenderse alguna frase agrandada para divertirnos, era un niño viejo.


Mi hermano y yo vivimos en el cuarto piso y él en el segundo con sus hermanos, su padrastro y su mamá, mi tía, quien había sobrevivido a los trece años de una caída de nueve metros. Se había partido la cabeza, pero luego de un tedioso tratamiento, logró recuperarse satisfactoriamente, de ese trauma hoy no parecen quedarle ni rezagos. Su primer hijo, cerca de los doce, había intentado suicidarse tomando un frasco de aspirinas, se había salvado de milagro, otra de mis tías lo encontró convulsionando en el baño de visitas del primer piso y lo llevó de inmediato al hospital, donde lavaron su estómago y lo sometieron a terapias familiares y personales.


Era evidente que algo malo ocurría en la familia del gordo al pasar la primera decena de vida y él, acababa de pasarla, ahora era turno del gordo. Así le decíamos "El gordo Tony", por el parecido al personaje de Los Simpson y por su particular forma de imitar el acento italiano, así, como un gran mafioso.

El gordo no la llevo muy bien desde el principio. El primer síntoma fue una fiebre altiva, castigadora. Teníamos que cambiarle los trapos en la frente cada dos minutos, porque estos se calentaban muy pronto y entonces gemía de dolores de cabeza.


Lo segundo fue la negativa de los hospitales por recibirlo, por atenderlo. Aduciendo que no era nada grave, que si no presentaba el resto de síntomas, no era necesario hacerle ninguna prueba. La mandaron de regreso a casa, a nuestra casa.


Pasamos días duros desde entonces, el gordo no dejaba de quejarse, de llorar. A mí, que lo había visto desde el primer día de nacido, que le había cambiado los pañales y que, de alguna forma, había sido participe de sus primeros pasos, me ganaban las lágrimas siempre y tenía que esconderme en el baño para que nadie me vea así, tan débil. No era momento de ser débil.


No pasaron muchos días para que el aire le faltara y empezara ahogarse, ahora si era muy grave. El gordo llevaba las manos al pecho con un novelesco drama, solo que, era real, no actuaba. La desesperación por no satisfacer su necesidad de oxígeno lo estaban volviendo loco, nos estaba volviendo locos. La frustración nos invadió y con ella la ansiedad.


Lo llevamos al hospital de nuevo. Esta vez dijeron que "quizá" esté infestado. Le hicieron las pruebas luego de varias horas de espera, horas que para el gordo eran una eternidad, horas en las que el gordo se retorcía en la silla de ruedas que habíamos alquilado afuera, a alguna señora.


"Positivo", dijo algún representante. Todos nos sentamos al instante, algunos en el suelo, otros en sillas aledañas. Positivo dijo y el sentimiento que nos inundó fue el más negativo de todos.


Las cosas no serían igual ahora, teníamos a mis abuelos en casa, viviendo en el primer piso. Mi abuela tiene setenta, diabetes y degeneración neurológica. A mi abuelo, una traidora celulitis lo visita cada invierno, alojándose en su pierna y sacándole lágrimas a ese viejo roble. Que duró es el viejo, que indefenso se ve por estos días.


Volvemos a casa, pero el gordo se queda. No sabemos que en dos días lo vamos a llorar, no sabemos que no podremos volverlo a ver.


Su hermana, la última hija de mi tía, ha empezado con la fiebre. Mi abuela ha empezado a toser y mi abuelo no ha salido de su habitación en dos días.


Son días difícil por aquí, sobre todo para mí, que soy un fumador compulsivo y que no suelo cuidar mi cuerpo con gentileza. Son días difíciles por aquí, desde que el gordo se nos fue y no pudimos velarlo



Autor: Eli Vicente Ciriaco.



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