#Concurso: UN CUMPLEAÑOS DIFERENTE


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Una ráfaga de viento frío sentí sobre mi rostro iluminado parcialmente por un sol de atardecer. Estaba parada en medio de la azotea del edificio donde vivo, con un cesto de ropa recogida del tendedero, mientras una bandada de gaviotas volaba a través de un cielo que nuevamente es celeste. Ya casi eran las seis de la tarde cuando unos gritos que provenían de la calle me hicieron asomarme por el parapeto para ver hacia fuera. Era domingo de inamovilidad en estos días de cuarentena y vi a un vecino que se lamentaba porque la tienda estaba cerrada, de pronto apareció el dueño de la tienda quien se ofreció a atenderlo, “Un kilo de papa blanca, un par de tomates y limón, rápido por favor”, dijo el comprador furtivo. “Una coca cola, para miiii” le gritó otro hombre al bodeguero desde la ventana del segundo piso de su casa, al frente de la tienda. Un agrio sabor llenó mi boca, me volteé, di la espalda a estas escenas, decepcionada ante la indiferencia y la ignorancia que caminaban afuera, una sirena de policía se escuchó a lo lejos y el silencio inundó nuevamente la calle, el tan sonado “Quédate en casa” no significa nada para algunos, pensé. Mientras bajaba las escaleras hacia mi departamento, un dulce recuerdo vino a mi rescate, un año atrás, celebramos el cumpleaños número siete de mi hija menor. Subía y bajaba una y otra vez estas mismas escaleras, llevando viandas con empanadas, sanguchitos y alfajores. Recordé las risas, el dulce olor del slime comestible hecho con ositos de goma, las burbujas de jabón flotando por el aire y a mi hija y sus amigos saltando en la cama elástica en medio de mucha algarabía. “No podré ver a mis amigos del colegio, ni a mi Miss, no me cantarán feliz cumpleaños en mi salón de clase, mis abuelos, mis tíos, ni mis primos podrán venir a casa, tampoco tendré regalos; creo que será un día horrible”, me dijo Andrea mientras sus ojos se llenaron de lágrimas. Sé que este año celebraremos un cumpleaños diferente hija, pero lo haremos de la mejor manera posible, le dije mientras la abrazaba. Un par de días antes de su cumpleaños, Andrea anunció emocionada en el desayuno, “¡Ya, sé lo que quiero para mi cumpleaños!, “Tú papá pasarás toda la tarde de ese día conmigo, jugaremos y veremos una película en familia, sólo durante la mañana podrás trabajar, ¿Es un trato?” “Claro” dijo él, al tiempo que apretaban las manos sellando el acuerdo. “Mi mamá y mi nona me prepararán queque, brownies y gelatina para el lonche y pizza para el almuerzo, ¿Está bien? asentimos ambas. “Yo ya tengo tu regalo” dijo Sofía, “Gracias, hermana mayor” sonrió contenta Andrea. Al día siguiente, muy temprano, antes del desayuno, partí con la misión de recargar provisiones para mi familia y sobre todo obtener los ingredientes para hacer posible el pedido de mi pequeña. Mientras caminaba por una solitaria calle, iba en modo alerta, mirando hacia ambos lados para poder alejarme lo más posible de quienes encontrara a mi paso. Llegué al mercado y lo único que vi diferente es que casi todos llevaban mascarillas. “¡Qué terrible estar encerrada!”, se quejaba una señora con otra en la cola para comprar pan, “es por su bien” le respondía un señor ya anciano, “¡Respeten el metro de distancia, por favor!”, gritaban en el puesto de verduras, “¡Yo estoy sana, allá tú que pareces desnutrida!”, respondía una señora aparentemente inmune al covid-19. De regreso en casa, me esperaba un largo proceso de desinfección (el de los alimentos y el mío), que sólo se me hacía agradable al pensar que me cuido a mí y mi familia. Llegó el día esperado y desperté a la cumpleañera cantándole las mañanitas, desayunamos en el comedor y Andrea lucía muy feliz, llevaba en el cabello una vincha colorida y un antifaz de unicornio, ambos regalos de su hermana mayor. Ella disfrutaba siendo el centro de atención, escuchando historias de cuando era pequeña, sus primeros pasos, su comida preferida, su primera fiesta. Después de una mañana intensa de trabajo, mi mamá (más conocida como la “Nona”) y yo, logramos cumplir con todo lo solicitado por la cumpleañera. Este año la mesa estuvo decorada con brownies, quequitos y gelatina, en una de las esquinas de la mesa del comedor se lucía una gran piñata rosa, morada y amarilla que hice un par de semanas atrás en un taller de manualidades. Los abuelos, tías, tíos y primos llegaron a la reunión vía la aplicación zoom y así se inició la celebración. Por momentos se iba la señal de internet, algunos tardaron en conectarse como mi papá y mi cuñada, en tanto que mi esposo iba de un lado a otro dándoles indicaciones vía celular para que se vuelvan a conectar a la reunión. “¿Te gusta tu piñata, hijita?”, “¿Qué almorzaste por tu cumpleaños?”, “¡Prende el micrófono que no te escuchamos, papá!”, “¡Qué lindo esta tu perrito, tía!”, “¿Qué dijo mi primo, no le entendí?”. Nos atropellábamos con las palabras, motivados por la emoción del momento. Ya se acababan los 40 minutos de la segunda conferencia vía zoom y yo buscaba en los cajones de la cocina una vela cumpleañera que no llegue a encontrar. “¡Lo soluciono yo!”, dijo Sofía y con pasos determinados se fue y regresó casi de inmediato con una improvisada vela que hizo con un sorbete de papel verde y una llama de tela roja con dorado, la colocó sobre el blanco merengue que cubría el queque de vainilla, y así comenzó el ¡Feliz cumpleaños a ti…! “Pensé que iba a ser el peor día de mi vida”, me dijo Andrea antes de irse a dormir, pero sí que me gustó, fue un gran día; “Ah! mami recuerda que mi piñata se queda de adorno así que no la botes”. Al cabo de unos minutos Andrea dormía plácidamente, sabiendo que aún en cuarentena se puede disfrutar de un gran día



Autora: Cinthia García Marquez.


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