#Concurso: VIDA EN CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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La envejecida moto de mi mamá nos espera estacionada entre los improvisados cordeles atados a los brazos de los algarrobos más cercanos a la casa. La manejo con toda la confianza, aunque mi brevete haya vencido hace algunos meses, pero, tengo fe de que las personas que custodian las calles comprendan que lo que hago más que un acto de rebeldía es una acción de supervivencia y cuidado para los míos.


Hago este tipo de viajes cada tres días y nunca voy sola, siempre estoy acompañada por mi hermana que suele quejarse por mi impaciente manera de apurarla para que emprendamos el viaje. Ella habla durante los recorridos y yo siempre asiento con la cabeza como señal de que la estoy escuchando. Los viajes me agotan física y mentalmente. Conozco esas calles, y estoy familiarizada con el tipo de transporte que manejo, pero no puedo adivinar las rutas que han sido cerradas, aunque mi intuición ayuda, a veces falla. No tengo miedo de las intervenciones policiales, pero, cada vez que salgo quiero regresar lo más pronto a casa. Y cada retención hace que no pueda cumplir con ese deseo, al menos no en el tiempo esperado.


Mi hermana y yo somos un equipo nuestras diferencias no existen cuando hacemos las compras, solemos ingresar al mercado para luego dividirnos la lista de requerimientos de mi madre, y reducir el tiempo de estar fuera de casa. Mientras ella se encarga de los abarrotes, yo me hago responsable de lo demás. Regateo los precios, soy consciente que no puedo gastar más de la cuenta. Consulto por las verduras más baratas y de temporada para no excedernos en el presupuesto.


Ambas evitamos las aglomeraciones, y tocarnos entre la gente. Cubrimos nuestros rostros con lentes de sol y mascarillas, nuestras cabelleras son aprisionada con ligas en lo alto de nuestras cabezas y no usamos maquillajes ni chucherías para evitar las probabilidades de contagio.


La pequeña moto de mi mamá soporta nuestro peso y el de las cosas que cargamos en la parte delantera y las que transporta mi hermana. El retorno siempre es lo más difícil, el peso hace que siempre vaya a menor velocidad para no caer.


El accidentado camino me obliga a maniobrar de manera en que no me estrelle y la ausencia de amortiguadores me fuerza a evitar los baches, además, de tener listos los pies para detenerme solo cuando sea necesario y el freno de mano no funcione.


La bocina de la motocicleta alerta a los conocidos de mis padres que estamos pasando y a los distraídos que podrían cruzarse en mi camino sin prever el peligro. También, le avisa a mi madre que estamos de vuelta, aunque la media docena de perros resultan más efectivos que el sonido del claxon.


Casi siempre, mi padre aparece por la puerta trasera con la mochila fumigadora y nos pide que autoricemos nuestra desinfección. El líquido que vierte contra nosotras humedece nuestras ropas y zapatos.


Después de eso, mi padre desaparece en el interior de la casa, mientras nosotras nos desnudamos en el silencio del campo, para luego entrar a la ducha. Mi madre se deshace de las bolsas del mercado y coloca todos los insumos en vasijas de plástico.


El agua de la ducha comúnmente es fría, por que proviene de un pozo tubular que mi papá construyó cuando dejaron la ciudad por el campo.


Casi siempre soy la última en bañarme, y la que más demora. Suelo distraerme con lo que hay en ese baño. Y en realidad hay mucho que ver, entre lo que más atrapa mi atención es la colección de libros de mi padre, y chucherías. Hace dos días descubrí entre todos los artículos, un neceser con una docena de dinosaurios que pertenecieron a mi hermano. Eran sus figuras preferidas, jugaba con ellas todo el tiempo.


Eso es lo único de él que hay en esa casa en donde él también vivió en sus primeros años de vida, aparte de las fotografías, que hay muchas. Todos nuestros recuerdos capturados por una cámara fotográfica reposan en el interior de los álbumes que han sido colocados debajo del televisor junto a las biblias de mis padres.


Los primeros días en familia y sin una rutina establecida, me ocupé de reordenar las fotos, hasta el hartazgo, intentando definir las etapas de nuestras vidas. La casa sigue siendo la misma, aunque un poco más vieja, con surcos en las paredes y pisos de las habitaciones. Los corrales de los patos y gallinas no existen, han sido derrumbados al igual que nuestras habitaciones. Solo hay rastros de mis padres y sus vidas, por toda la casa en dónde pasé parte de mi infancia.


Mi hermana y yo, somos huéspedes en esta casa que está rodeada de árboles, animales y tierra salitrosa. Hemos invadido con nuestra presencia y pertenencias. Estamos aprendiendo a convivir con nuestros hábitos y vicios, y aunque todos los ambientes son amplios cada uno parece estar ocupado. Aún me parece extraño compartir como familia el desayuno, almuerzo y cena. Mi papá sigue silbando mientras trabaja en la granja, mientras, mi mamá prepara todas las tardes las recetas que encuentra en libros o en internet. En esta casa escasea la privacidad, pero abundan las alegrías



Autora: Alexandra Gonzales Lozano.



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