#Concurso: Y VEO EL WHATSAPP


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Los ojos me duelen, desde hace años sé que necesito lentes. “No puedo leer” digo como queriendo provocar preocupación o pena en mi madre, “sí hijo, es que tú lees mucho”, supongo que me reconforta tener a alguien que cree eso de mí aún. Mis hermanos saben la verdad, todo eso no es más que una excusa para perderme horas y horas en el internet; ya lo hacía antes de estar en esta cuarentena, como no lo haría ahora. Observo el whastapp, no está en línea.


Supongo que mi rutina en realidad no ha cambiado, la triste verdad es que éste encierro me ha dado un tiempo más, un chance, se podría decir, una oportunidad, oportunidad que seguramente desperdiciaré…Yo ya no salía, me avergonzaba salir a la calle, he reconocido y he echado la mirada a un lado al ver amigos y conocidos, no podía resistir las preguntas inquisidoras, no por ellos sino por mí, parecía que a todos les iba excelente. Sin embargo, encerrados se hace muy evidente la miseria en la que me esfuerzo por sumirme, por eso no solo puedo estar con la vista en el celular, no, tengo familia y supongo que el apego, el cariño y agradecimiento y la vergüenza me hacen levantar de la cama. “¿Cuántos contagiados hoy?”, “¿Cuántos muertos?, “¿Ya hablará el presidente?” preguntas frecuentes “Pobre gente”, “La gente no entiende, sigue saliendo”, “Menos mal nos tocó el bono” frases frecuentes mientras estamos en la sala. Observo el whatsapp, no sé si está en línea o me ha bloqueado.


Creo que algo bueno al fin y al cabo es que las conversaciones se han vuelto más ricas, salubridad internacional y nacional; reactivación económica, estadísticas y ecología, se habla si China maquilló cifras, si EE.UU subestimó la enfermedad, si Brasil pagará caro haber elegido a su presidente porque lo apuñalaron en elecciones, si Perú es cierto que no está tan mal. Lo único que se tiene claro es que en casa, con alguien del grupo de riesgo, cada subida de cifras, asusta, cada tos se oye sospechosa, todo cuidado parece poco, dicen que en el mejor de los casos, ni lo sientes, pero bien sabemos que el mejor de los casos, no es el suyo, podría ir a provincia hasta que salga la vacuna, ojala pueda apoyar con su pasaje y no solo con palabras vacías, pienso. Llega la noche y vemos a un presentador de televisión, él crítica la cuarentena, crítica las dictaduras, celebra el liberalismo y teme por los puestos de trabajo, en parte tiene razón, sin embargo opina sin contexto, la cuarentena no es tan dura en algunos países, sí, pero son otras realidades, si los suizos y japoneses pueden, bien por ellos; es ahora que la teoría choca con la realidad, y su teoría es egoísta, individualista; tal vez él habla desde arriba y yo desde abajo, además que sé yo de puestos de trabajo, si ya no estudiaba, ni conseguía trabajo antes de la cuarenta, luego será más difícil, pienso, mi mamá también lo sabe, lo dice a veces, no, lo dice a cada rato, lo dice cuando le pican las manos, cuando le duelen las rodillas, cuando se preocupa por mí papá, cuando reniega de su trabajo, cuando mantiene la esperanza de culminar su carrera de enfermería… Observo el whatsapp, está en línea no me hablará.


Estamos cenando otra vez, buscamos algo en la televisión, ya basta del noticiero, “El padrino”, la hemos visto varias veces, igual siempre hay algo nuevo que comentar, la última vez llegamos a la conclusión que la dos era la mejor, un poco más compleja que la uno, sí, pero mejor armada que la tres, esta vez completamos diciendo que la dos es la mejor, porque se ve e apogeo del poder a Michael Corleone, la uno es su ascenso, la dos su consolidación y la tres su decadencia. Observo el Whatsapp, está en línea, yo no quiero hablarle.


Otro día, me desperté a las ocho, igual no me levantaré hasta las diez, a veces desayuno con todos, otras veces no siento las ganas de comer. Entre los quehaceres de la casa, ir al mercado, intentar leer, ver un tutorial de algo en youtube, tratar de ejercitarme, extraño mucho salir a correr, extraño el golpe del viento contra mi rostro, mis piernas sintiéndose pesadas y pensar solo en la siguiente vuelta. Vuelvo a ver el whatsapp, sé que no me ha bloqueado, no lo necesita.


Me despierto, veo el celular, una decepción ya sabida y esperada, aunque la esperanza parece no extinguirse jamás, como, tal vez me bañe, tal vez me obliguen hacerlo y haga caso, fracaso intentando hacer algo, mañana será lo mismo, las necesidades básicas ocupan la mayor parte de nuestro tiempo, es muy fácil darse cuenta de su coherencia y a la vez su continuidad absurda, es estúpido pensar “me aburre comer, dormir y tener sexo (en su defecto masturbarme)” pero lo pienso ¿Soy acaso estúpido? Me digo, ¿Y qué con eso?, en verdad, no hay nada que desespere más al hombre que la quietud, la improductividad, no saber qué hacer; pero cuando se sabe qué se va a hacer, cuando consiga que hacer ¿Acaso no tendré que comer, dormir y desear satisfacción sexual?, no, todo seguirá ahí; no es lo mismo sentir lo absurdo de la vida que sentir que la vida no vale la pena (sé que no me voy a matar), creo que lo primero es peor. Veo el whatsapp, su mensaje no está; no estará y no debe estar, no quiero que esté, la cuarenta es la excusa perfecta.


La noche está aquí otra vez, estoy acostado en la cama, veo esa pantalla pequeña y luminosa, me pondré a ver un video, tal vez un documental, tal vez una película, un anime o vea pornografía, las primeras veces temía la inserción de algún virus, ya no me importa. Veo el whatsapp, escribo algo en el chat, lo borro antes de poner enviar, tal vez pueda dormir



Autor: Gerson Abad Saavedra.


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