#Concurso: YO, CULPABLE


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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“Dante, eso pasa por no suplicar de modo adecuado”, me dice mi esposa desde la cocina por un tema en especial y no por el hecho de que nuestro hijo de tres años, desoyendo mis gritos de que no lo haga, se me haya escapado calato y mojado a subirse a los sillones de la sala luego de haberle dado un baño. “Debiste ser más específico”, agrega ella con cara de pocos amigos mientras se dirige a ver a nuestra otra hija de meses de nacida que por la bulla se ha despertado llorando en su cuna. Si, sé a lo que ella se refiere. Porque en cuestión de deseos, me digo invadido por un sentimiento de culpa, a veces es mejor reprimirse y quedarse callado.


Atrapo a mi hijo. Lo cubro con una toalla y me lo llevo a su habitación. Ahí lo voy secando con el pensamiento clavado de como coincidieron los astros para darme semejante respuesta. La rápida diseminación en el mundo de la enfermedad del coronavirus originada en la lejana provincia de Wuhan en China, la cual fue transmitida de un animal a un hombre, por esa costumbre del lugar de contar en su menú de platos típicos con la sopa de murciélago. Una enfermedad que está causando miles de contagiados y muertes. Por ello, el gobierno de este país, al igual que otros, han decretado distintas medidas de prevención destacando la del aislamiento social, que es la obligación de nosotros los pobladores de mantenernos enclaustrados en nuestros hogares y solo salir a la calle en casos de emergencias médicas o por breves lapsos para visitar bancos, farmacias y mercados de alimentos. Vaya vaina. Todo porque se me ocurrió ponerme en plan de quejoso, hasta aburrir a mi esposa, durante las casi cuatro semanas que tuve de vacaciones. Lanzaba plegarias para que algo, cualquier cosa, impidiera el que yo regresara al trabajo. El motivo: Mario, mi jefe.


Hace un año y medio atrás los directivos de la institución en la que laboro decidieron fusionar varias áreas de la organización, incluida la mía que era el archivo.


—Tengo más de 65 años. Yo me jubilo —me dijo molesta la señora Carmen mí, en ese entonces, superior inmediato.


—¿Lo ha meditado bien? —le dije yo resignado a quedarme sin su protección.


—Seremos parte del centro documentación —exclamó—. Y me degradaran a estar de lacaya de ese tal Mario, ese que apenas si tiene secundaria completa. Me voy.


Termino de colocarle su ropa a mi hijo. Mi esposa me apura que la reemplace en atender a la niña pues se puede quemar el guiso que está preparando para el almuerzo. “Mario”, me digo. El asumió el liderazgo de la recién conformada área. A encontrarse, ausente la señora Carmen, con el único profesional en archivo nombrado en la institución: yo. La manera en que me miro de arriba abajo con el ceño fruncido fue un indicio de lo que posteriormente acontecería.


—Dante —me dijo una vez su secretaria yendo a mi escritorio—. Mario dice que lo del repositorio se encargara alguien más


—Es la tercera tarea que me quita —le dije asombrado.


—Sera por tu equivocación del archivo que enviaste al administrador —me dijo con indiferencia.


—Ese no fui yo —le dije golpeando la mesa con los nudillos—. Otro acepto su responsabilidad.


—Se le habrá quedado la idea por ese pasado error con la oficina de contabilidad …


—Ese tampoco fui yo —le dije con un resoplido.


—Bueno, mejor háblale —me dijo encogiéndose de hombros.


—¿Puedo hacer una cita con él? —le inquirí.


—Su agenda esta copada. Tendrás que esperar —me dijo marchándose.


Indignado pase días haciéndole la guardia. Una mañana lo pesque en el baño lavándose las manos.


—Mario, disculpa —le dije tragando saliva—. Soy Dante y me pregunto porque he sido apartado de lo del repositorio.


El sonrío condescendiente.


—Es que, por tu perfil, puedes hacer otros quehaceres.


—¿Cuáles? —le dije sin comprender.


—Lo veremos, a medida que nos vayamos conociendo.


Por suerte, siempre hay documentación para procesar en el área. A esa ocupación me aferro, aunque por orden de Mario, el cual argumenta que esos papeles viejos dan mal aspecto a la oficina, la desarrollo muriéndome de frío en la zona climatizada donde se conservan los documentos.


Total, por obvias razones no extraño el trabajo. Menos ahora con el miedo a contagiarme del coronavirus y el azote siempre latente de los remordimientos. Sin embargo, he de confesar avergonzado que hubo un momento que si agradecí el estado de cuarentena provocado por la pandemia. Un compañero me aviso que Mario había estado convocando al personal para trabajar a distancia, y como la mayoría se había negado a colaborar, de seguro se comunicaría conmigo. Así fue. Al octavo día de confinamiento me llamo a mi celular.


—Hola, Mario —le dije.


—Hola, Dante —me respondió.


Le deje que parloteara respecto a que el trabajo nunca se detiene y al compromiso que tenemos con la institución. Al fin concluyo con un:


—Entonces Dante, cuento con tu apoyo.


—Claro —le dije.


—Excelente.


—Pero —le dije intentando que mi tono de voz sonara lo más ingenua posible—. Como lo hago desde el smartphone.


Se escucho un carajo al otro lado de la línea.


—Oye, Dante —bramó Mario—. ¿No tienes computadora?


—Tenía, pero se malogro y con dos hijos no he podido hacerla reparar.


El corto la llamada sin despedirse. Malcriado.


Estoy jugando con mi niña en su cuna cuando mi esposa me pide que vaya a conseguir un producto en la bodega de la esquina que permanece abierta. Con un suspiro me pongo los guantes y la mascarilla rogando con las palabras más detalladas que encuentro el continuar sano pues así mi familia también lo estará


Autor: Dennis Santiago Gastelú.


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