#Concurso: YO NO QUIERO VOLVERME TAN LOCO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El coronavirus aterrizo a inicios de marzo en Lima, y no demoró en alcanzarnos como lluvia de selva, sumado a un embarro de casos como maíz popcorn. El virus se metió hasta nuestros jardines dribleando defensas como si fueran líneas de la vereda. No hubo otra que entrar en cuarentena también llamado aislamiento social obligatorio, no entiendo mucho de términos, solo que no debo salir de casa. Si bien al inicio puede ser entretenido luego se vuelve traumático, pues encerrar a seres que durante años hemos usado más nuestra casa para dormir que para vivir, se puede volver una rutina complicada.


Despertar tarde para dar tres paseos por Netflix, y ver todo o no ver nada es el primer síntoma. Dejar la escoba en medio de la sala por 3 almuerzos y pensar que el afeitador es el objeto más inservible del mundo, ya son efectos de la segunda semana. Preparar porciones de gelatina como para toda una promoción inicial, no es efecto de tu inestabilidad emocional por la cuarentena, sino de tu bolsillo, porque quedarte en casa viendo las manchas del techo provoca hambre, y luego terminas preparando toda la reserva que tenías para un posible apocalipsis zombi.


La más feliz al inicio fue mi gata Laura -nombre al que nunca ha acudido en 3 años- que se paseaba por mi sala y mi cuarto con su andar felina, moviendo el lomo y las patas muy sincronizadas, clara herencia de miles de años de evolución. Una media mañana me apareció la publicidad de la serie de Pablo Escobar en Netflix, y Laura se subió al sofá junto a mí. Puse la serie y nos quedamos viendo 6 capítulos, fue lo más cerca que estuve de las drogas y de tantos dólares esparcidos como el pica pica de mi cumpleaños número 5. Escobar tenía una avioneta que iba y venía de los EEUU, y yo tenía una bicicleta tirada en mi azotea.


12:30 del día 11, el presidente extendía la cuarentena. Lo veía venir. La noticia no altero mi taza de café helado. -Qué más da, todos los días te son iguales- me dije hablando en segunda persona -neblina para despertar y sol para almorzar. Es cierto que me daba igual que restrinjan la salida el domingo o aumenten 15 días, si ya había olvidado lo que era sentir la brisa de Larco cuando pedaleaba en mi bicicleta rumbo a la playa, que importaba la restricción por genero si ya parecía una moda extinta salir a caminar con amigos por el centro de lima. Apague el televisor.


Luego la cosa se complicó más que Operación Valkiria, empecé a aceptar que esto duraría por meses. Empecé a marcar cada mañana los días restantes con palitos en mi pared, siempre la quinta línea era diagonal. Hay una ansiedad tan terrible que solo pueden sentir los peces en acuarios. El ponerle un muro a tu libertad de ver calles más allá de tu balcón es un sacrificio social que hacemos, en mi caso siempre he sido un caminante que gasta rápido las zapatillas sin patear piedras. Descubridor de calles en la noche, como dicta parte del poema de Juan Gonzalo Rose.


Pasan los días y solo veo el rostro de la chica de la bodega poniéndose su mascarilla al ver mi cabello estilo Ghost Rider, resultado de días sin ponerle un peina encima. Compro lo básico y regreso a mi cuarto piso. Desde mi PC suena unknown pleasures de Joy Division para ponerle un soundtrack magnifico a mi quinto arroz a la cubana de la cuarentena, cada vez se va sirviendo con menos arroz, es el secreto de la constancia, todos los días el mismo plato al lado del mismo único vaso, conversando con mi eco o poniéndole una voz a Laura. La soledad va ocupando mi mesa y comiendo en un plato más grande. A los que nos ha atrapado la cuarentena en soledad, somos como un ave que canta en la lluvia sobre un terreno deshabitado, donde no se empoza en ningún techo ni moja ningún jardín. Una garua tan inservible que pasa desapercibida e inútil, sin mojar a nadie y haciendo ruido. La lluvia sucumbe ante la brisa ajena de la indiferencia y el ave calla por cansancio. El ave enmudece, la lluvia cae.


Entiendo que muchos aún están conectados con videollamadas, grabando videos para TikTok o jugando ludo, bien por ellos que se han adaptado a las maravillas del internet para aligerar la carga de la cuarentena. Ellos deben ver rostros cada momento, mientras se cuentan cosas y se ríen, y se entretienen, y opinan sobre el coronavirus. Otros se graban haciendo cosas juntos, pero divididos por la pantalla, como el caso de la chica que durante una videollamada le da de comer en la boca a su pareja gracias a la cámara, muy sincronizados para parecer real. Al otro lado de la laptop quién sabe a cuantos kilómetros de distancia está el chico, abriendo la boca y podría asegurar que hasta siente el sabor de los tallarines rojos calientes, muy rojo para mi gusto. Pero aun ando pasos atrás de estar asociado a las nuevas tendencias, quizá porque me gustan Los hermanos Marx, Bob Dylan y mirar a los ojos al hablar, y no a la cámara llena de filtros engañosos. No puedo, me siento engañado.


Quizá siempre he estado encerrado en mi cuarentena aislado de las tendencias, por eso el péndulo de mis emociones anda con movimientos bruscos, pero ahora es imposible salir, excepto viendo a los delfines chapucear en La Herradura, y los pumas en las calles de Chile, y Laura cada vez para en el techo y ya no baja ¿será que se aburrió de la presencia humana? ¿evoluciono más y ya no me necesita? La pandemia hace su trabajo de miles de años y mata a los humanos para devolverle lo suyo a los animales, sin driblear a nadie, ni anuncios presidenciales que hacer caso, ni soledades online



Autor: Cristian Cruz Reglado.



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