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A pesar de todo, seguía en pie

  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, seguía en pie...


Atormentada por interminables pensamientos que le robaban el sueño y la realización de sus proyectos, vivía inmersa en preguntas existenciales:

¿Y si no lo hago bien?

¿Y si se burlan de mí?

¿Y si no les gusta lo que hago?

¿Y si otro sabe más que yo?

¿Y si fallo?

¿Y si…? ¿Y si…? ¿Y si…?

 

¿Cuándo nacieron esos “y si acaso” ¿Quién sembró tantas dudas y a qué edad?

 

Todas aquellas creencias limitantes formaban una barrera asfixiante. Había entrado en un bucle mental del que no sabía salir.

 

Aquella tarde, parada frente a la puesta del sol, contemplando los colores cambiantes del cielo, se dejó caer sobre el fresco césped, sintió sus delicadas punzadas en la piel y agradeció estar ahí… a pesar de todo.

 

Cerró los ojos.

Respiró.

Se permitió sentir.

 

Lloró. Se abrazó.

Escuchó el canto del viento, el ir y venir de las olas, el suave susurro de las hojas jugueteando con el aire.

 

Poco a poco fue entrando en un estado de calma. Rescataba un tiempo valioso para ella, con ella.

 

Entonces sintió.

 

Unos pequeños toques en el centro de su pecho.

Sus manos, casi mágicamente, se posaron sobre su corazón, que latía acompasado.

 

Como si entrara en una película, visualizó dos pequeñas manos estirándose hacia ella desde su propio corazón de niña. La tomaron en brazos cálidos y, arrullándola, le susurraron:

 

. ¿Puedo… quedarme contigo?

 

La adulta lloró y se dejó sostener.       

 

. Sí… quédate a mi lado por favor.

 

Los latidos del corazón de niña saltaron de alegría. Con amor, respeto y delicadeza, se quedó junto a aquella mujer adulta que empezaba a aceptar sus luces y sus sombras, su vulnerabilidad, su capacidad de sentir.

 

Ahora podía verla con claridad:

La niña que todo lo puede,

la sabia,

la que se equivoca y vuelve a intentarlo.

 

La mujer cayó en un profundo sueño.

 

Y entonces, el corazón de niña comenzó a narrarle un cuento.

 

En medio de un inmenso bosque, una niña vestida con los colores de la naturaleza caminaba con hambre y sed.

 

Llegó a la orilla de un gran río.

El agua reflejaba el cielo como un espejo.

Admirada por tanta belleza, de pronto vio algo al otro lado.

 

Un huerto lleno de frutas.

 

Sus ojos se abrieron de asombro.

Su estómago crujía.

Se relamió los labios secos.

 

Pero había un problema.

 

¿Cómo cruzar el río?

 

Miró a izquierda y derecha… y entonces lo vio:

Un tronco gigante que atravesarla el agua.

 

Se quedó quieta un instante.

Respiró.

Y corrió hacia él.

 

Lo cruzó casi sin pensarlo.

 

Al otro lado encontró un campo imponente de naranjos, manzanos y árboles cargados de frutos. Miró alrededor: no había nadie. La naturaleza parecía invitarla a disfrutar.

 

Y así lo hizo.

 

Saboreó naranjas dulces y todas las frutas que encontró.

 

En aquel tiempo nadie le había dicho que no podía.

Nadie le había advertido que podía caerse.

Nadie le había enseñado a dudar.

 

Confiaba en sí misma.

En su intuición.

En su poder natural de autoconfianza.

 

Y así vivió muchas aventuras que la fueron construyendo.

 

La niña detuvo su relato y contempló a la adulta dormida. La acarició con ternura y agradeció aquel momento mágico.

 

Su corazón latía calmadamente…

Hasta que dio tres latidos fuertes.

 

Tres toques amorosos.

 

Un susurro.

 

La mujer despertó lentamente, escuchando la voz de su corazón de niña:

 

Levántate y ve a la conquista de lo que anhelas.

Cruza puentes.

Llega a donde te atrevas a imaginar.

Ama, aprende y disfruta de lo que haces.

Eres capaz.

 

Eres la alquimista de tu vida.

Única.

Llena de infinitas posibilidades.

Cree en ti.

 

Abrió completamente los ojos.

Se sentía renovada, como si hubiera muerto simbólicamente a su pasado y naciera a una página en blanco.

 

Comprendió que, a pesar de todo, era hora de confiar en sí misma.

De volver a empezar.

De perseguir sus sueños.

 

Se comprometió a dirigir sus pensamientos y no a ser dirigida por ellos.

Escucharía la voz de su interior: la de su niña sabia, la que pone límites, la que dice sí… y también no. La que sabe que existen luces y sombras, pero que la luz siempre prevalece.

 

“Porque a pesar de todo, siempre se puede volver a empezar”.



Autora: Nidia Corina Nieto Fernández.



9 comentarios


Rosa Chávez Villarreal
hace 20 horas

Hermoso relato, resume de manera sencilla y sublime un despertar. Nos invita a aceptarnos tal como somos y nos motiva a abrir nuestras alas y volar siempre buscando nuestra paz y tranquilidad.

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Invitado
hace un día

Que gran reflexión, me llegó al corazón. Me gustaría leer más, sigue así

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Dorsaya
hace un día

A veces somos nosotros los que nos ponemos las trabas tal vez por algunas vivencias, por miedo y lo único que tenemos que hacer es tener confianza en nosotros para seguir en pie y seguir disfrutando lo linda que es la vida.

Lindo relato.

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Invitado
hace un día

Hermosa reflexión, un texto sincero y profundo.

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Félix González
hace un día

Siempre se puede volver a empezar, siempre y cuando nosotros no los permitamos. Excelente relato

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