Una segunda oportunidad
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Actualizado: hace 9 minutos
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.
A pesar de todo, seguimos avanzando.
El túnel era corto. Siempre lo había sido. Pero aquella tarde, mientras el auto se deslizaba por la penumbra del bypass, Andrew sintió un cansancio extraño, profundo, como si el cuerpo le pidiera una pausa que nunca antes había necesitado. Cerró los ojos solo un instante.
—Señor, hemos llegado.
La voz de su chofer lo trajo de vuelta.
Andrew abrió los ojos. Frente a él, la ciudad se alzaba imponente. Nueva York. Había vuelto. El edificio en Midtown Manhattan reflejaba la luz de la mañana con precisión casi perfecta.
—Debe estar cansado del viaje desde Perú —añadió el chofer mientras sostenía la puerta de la camioneta ejecutiva—. Se quedó dormido.
Andrew asintió con una sonrisa tranquila.
—Sí, gracias, Tom.
Tomó su equipaje ligero y descendió.
En la entrada lo esperaba su coordinador con una agenda perfectamente organizada y una taza de cappuccino caliente.
—Bienvenido, señor.
Andrew respondió el saludo con un apretón de manos.
—Se siente bien volver a casa —comentó con una sonrisa serena—. Llegar, estar… y saber que todos están bien.
Su coordinador asintió con complicidad.
—Siempre es bueno tenerlo de vuelta, señor.
Subieron al piso veinte conversando brevemente, con esa calma de quien sabe valorar cada día.
Las puertas del ascensor se abrieron. La gran sala de reuniones estaba cerrada. Su coordinador empujó la puerta.
—Ahora.
—¡Feliz cumpleaños!
La sorpresa lo envolvió en un instante. Risas, aplausos, café recién servido, un desayuno preparado con esmero. Su secretaria, Ann, le entregó un obsequio a nombre del equipo.
Andrew dirigió unas palabras de agradecimiento con la serenidad y el liderazgo que lo definían. No era solo respeto lo que generaba, era afecto.
Quince minutos después, la reunión continuó de manera fluida y cercana. En la mesa, entre pantallas y documentos, se hablaba de expansiones, nuevas líneas de ropa deportiva que llevaban su sello, inversiones inmobiliarias en zonas clave de la ciudad y proyectos que crecían con solidez.
Andrew escuchaba, decidía, firmaba. Sin prisa. Sin ostentación. Como alguien que había aprendido a no confundirse con lo que posee.
A las cinco de la tarde, el edificio quedó en silencio. Pero el día de Andrew no terminaba ahí. Se dirigió al campo donde lo esperaban los chicos, jóvenes que necesitaban algo más que entrenamiento: necesitaban una oportunidad. Andrew lo sabía. Por eso, cada tarde, entrenaba con ellos. No solo deporte: disciplina, confianza, dirección. Había sido un gran deportista, pero, sobre todo, era alguien que no olvidaba de dónde venía.
A las siete regresó a casa. Su residencia en el Upper East Side lo recibió con una calma distinta a la ciudad que rugía unas cuadras más allá. La luz cálida, la mesa larga, las voces familiares. Su esposa, sus hijos, su familia. Una cena de cumpleaños sencilla, a pesar de todo lo que podía permitirse.
Andrew se sentía en paz.
A las nueve, la casa quedó en silencio.
A medianoche, despertó. Caminó despacio hacia las habitaciones de sus hijos. Los observó dormir. Les besó la frente con ternura. Regresó a su habitación, besó a su esposa sin despertarla y luego fue a la cocina.
Sirvió un vaso de agua. Bebió despacio.
Se sentía pleno. Feliz. Agradecido. Como si todo estuviera en su lugar.
Entonces lo comprendió.
El túnel. El cansancio. El instante en que cerró los ojos.
No había sido solo sueño.
Había sido el final… y el comienzo.
Por unos minutos, su corazón se había detenido. En ese breve silencio entre la vida y la muerte, Andrew había estado en otro lugar. No lo recordaba como palabras, sino como certeza. Una conversación sin voz. Una decisión que no era solo suya. Una segunda oportunidad.
Un leve sonido lo sacó de sus pensamientos.
Se volvió.
Ahí estaba Mike.
Su perro.
El mismo que había perdido tiempo atrás. El único que se mantenía intacto, como si el tiempo no lo hubiera tocado.
Lo miraba en silencio.
Andrew sonrió.
No necesitaba explicaciones.
No todo en la vida —o después de ella— necesita ser entendido.
Algunas cosas… solo se reciben, con agradecimiento, felicidad y humildad■
Autora: Ana María Fernández Prada Aguirre.





La narrativa es sencilla, concreta y efectiva, logra reflejar la sensación de empezar de nuevo pues muestra que las segundas oportunidades no siempre son fáciles, me gustó como es que se logra conectar con el lector, en este caso conmigo. Sin duda, esta lectura me invitó a pensar en un nuevo comienzo.
Es como me gustan las lecturas.
En cada palabra hacía que viva la historia