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El borde

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 horas

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



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A pesar de todo, no saltó.

 

Se quedó ahí, quieto, con el vértigo latiéndole en las sienes como un tambor antiguo, con los dedos apenas curvados sobre el borde, sintiendo el cemento frío contra la piel.

 

Abajo, una pareja discutía acaloradamente en la vereda.

Un hombre corría para alcanzar el colectivo.

Una mujer soltaba una carcajada, inclinando la cabeza hacia atrás de forma grotesca.

El mundo continuaba su absurda coreografía sin fin.

Había algo hipnótico en contemplarlo todo: la ciudad era un mapa indiferente, reducida a formas vacías, a ruido lejano, a una vida que ya no le parecía suya.

 

Había calculado todo.

La altura.

El tiempo.

El impacto.

Le gustaba pensar que, aún en el final, iba a hacer las cosas bien, él, siempre tan prolijo en las formas, incluso ahora, cuando ya no quedaba fondo.

Todo en él había estado siempre en perfecto orden, tanto como puede estarlo una casa vacía.

Pero nunca había sido bueno tomando grandes decisiones, y esta, irónicamente, no admitía correcciones ni margen de error.

 

No había sido un impulso: su desasosiego había pasado por una especie de comité interno, una deliberación sostenida, casi burocrática, en la que la idea terminó por resultarle razonable. Había llegado a la conclusión de que existir era, en el mejor de los casos, un hábito difícil de abandonar.

Siempre le había parecido que la vida se sostenía más por inercia que por convicción.

La existencia, pensó alguna vez, era una tarea mal definida que todos fingían entender. Una costumbre adquirida de esas que uno no recuerda haber elegido.

 

Había pensado mucho en este momento, demasiado.

Pensó en lo fácil que sería desaparecer sin grandes anuncios, convertirse en una ausencia prolija y silenciosa.

Nada de explicaciones, nada de finales incómodos. Solo un corte limpio.

 

Podía morir ahí mismo, en ese instante exacto, y, por supuesto, el mundo seguiría adelante, sin mayores aspavientos.

No iba a haber pausa. Solo continuidad.

Lo que resultaba insoportablemente obsceno no era su muerte, sino la normalidad que vendría después.

 

Imaginó el momento exacto: el golpe seco, imposible de ignorar.

Las cabezas girando, asombradas.

Ese segundo suspendido en el que nadie entiende del todo qué está mirando.

Pensó en la velocidad con la que se armaría una historia.

En cómo su vida entera sería reducida a una conjetura dicha al pasar por algún desconocido.

 

Le resultó irónico que ciertos fracasos personales no admitieran discreción, como si el mundo reclamara su cuota de espectáculo, como si el sinsentido de su existencia de golpe se volviera un tema de dominio público.

 

Miró hacia abajo e imaginó, con una claridad casi administrativa, la escena posterior: alguien llamando a emergencias, un círculo de curiosos, el murmullo inevitable, esa mezcla de fascinación y rechazo que suscitan los cuerpos cuando dejan de ser quienes eran.

 

Pensó que seguramente alguien se escandalizaría ante la tragedia y luego miraría su reloj con el ceño fruncido, preocupado por el retraso que este contratiempo pudiera generarle.

 

Pensó también que alguien diría: “qué horror” y seguiría caminando, como quien esquiva un charco  con un pequeño salto instintivo que le evite comprometerse. Imaginó incluso la escena completa: esa misma persona, ya en su casa, cenando con parsimonia, diciendo: "no sabés lo que vi hoy”, y alguien del otro lado escuchando con atención, masticando con la boca llena, compenetrado con el entretenimiento de la desgracia ajena. Tal vez, incluso, el cronista improvisado exageraría un poco, agregaría detalles que en realidad no vio, porque la muerte siempre admite cierta creatividad doméstica.

 

Y después, la limpieza. El protocolo posterior. Alguien, en algún momento, iba a tener que encargarse de eso. Sin dudas, debe haber formas más decorosas de irse, pensó, aunque no atinó a imaginar cuáles.

Pensó en sí mismo convertido en un problema logístico, en la curiosa paradoja de volverse una tarea más en la jornada laboral de alguien.

 

Sin embargo, ahora que estaba ahí, lo único que sentía era una especie de silencio espeso, como si alguien hubiera apagado el mundo.

Dudó, apenas, con un leve escalofrío.

No porque quisiera vivir.

Esa palabra le quedaba grande, como una ropa que ya no le pertenecía.

 

Pero entonces pasó algo ridículamente pequeño e insignificante.

El celular vibró en su bolsillo con una insistencia casi torpe.

Lo ignoró. Volvió a enfocarse en el vacío.

Otra vibración.

Suspiró, fastidiado, y lo sacó del bolsillo.

Era una notificación sin importancia.

Un recordatorio programado: “comprar pan”.

Se quedó mirando esas dos palabras como si fueran un enigma.

 

Algo tan trivial, tan absurdo, tan humano, tan innecesariamente vivo, desordenó por completo la solemnidad del momento.

Tragó saliva, incómodo, como si hubiera sido descubierto en algo íntimo.

Le pareció, primero, una banalidad ofensiva.

Después… no tanto.

 

Hubo un tiempo en que eso había significado algo.

Comprar, volver, entrar a un lugar donde alguien lo esperaba.

La imagen de unas manos partiendo el pan, con esa paciencia tranquila de quien cree que la escena va a repetirse indefinidamente.

Una mesa servida, un olor tibio.

 

Pensó, con una incomodidad nueva, que quizás todavía había alguien esperando.

 

Guardó el celular.

Dio un paso hacia atrás.

No con convicción, ni con alivio.

La fisura pareció un accidente, y la postergación casi un gesto menor.

Algo que no redime, no salva, no ilumina. Apenas interrumpe. Apenas lo suficiente. Y, a veces, eso alcanza.

 

— Quizás mañana —se dijo.

 

Se apartó del borde sin épica.

Sin decisión.

Solo como quien se corre un poco; no vaya a ser cosa que se caiga sin querer.



Autora: Evangelina Verónica Dip.



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