La distancia que nos separa
- 16 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 6 may
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo, no entré a su cuarto el día que murió.
Entré horas después del funeral.
La casa estaba llena de murmullos, de platos que nadie quería recoger, de abrazos húmedos y frases repetidas. Yo caminé directo hacia esa puerta que durante veinte años había sido mía y que ahora me parecía territorio extranjero.
Mi hermano tenía veintiún años.
Yo lo conocía —o eso creía— por fotos digitales y llamadas interminables desde Italia. Sabía de sus estudios, de sus bromas, de su entusiasmo cuando hablaba de literatura. Pero en ese cuarto había un desconocido.
Abrí la puerta con pudor, como si él todavía pudiera decirme: no entres.
La silla estaba cubierta de ropa. Una mesita enclenque sostenía joysticks, audífonos, micrófonos, ecualizadores y una laptop mugrienta. En un cajón criollo, otra computadora vieja parpadeaba con una luz verde casi imperceptible, como si aún respirara.
Me detuve en silencio.
Intentaba reconstruirlo a partir de objetos.
¿Quién era ese joven al que llamábamos “el chibolo”?
El engreído de la casa.
El menor.
El que siempre estaba jugando con sus amigos cuando yo regresaba a Lima, mientras yo salía a rumbear con primos y conocidos hasta el amanecer.
Yo vivía lejos.
Él crecía rápido.
Sobre el monitor descansaba un libro gastado de carátula azul con letras amarillas: Busco novia. Tenía dibujos infantiles en la portada y el lomo vencido por el uso.
Lo tomé entre mis manos.
Lo abrí.
Lo olí.
Me lo robé.
Su libro.
Así conocí a Renato Cisneros.
Mi hermano me hablaba de un blog de El Comercio, de un escritor joven que contaba sus intentos fallidos de encontrar pareja y que recibía comentarios feroces y divertidos del público cibernético. Se reía mucho recordando algunos episodios. Yo lo escuchaba con distracción, como se escuchan las cosas que parecen pequeñas y eternas.
Después de su muerte, nada fue pequeño.
Leí Busco novia en Italia como quien busca pistas en una escena del crimen. Quería entender qué le gustaba, qué lo hacía reír, qué lo emocionaba. Leía y, entre líneas, intentaba encontrarlo a él.
Años más tarde llegó a Italia otro libro de Renato: La distancia que nos separa. Esta vez estaba traducido al italiano. Sentí un orgullo inexplicable: un escritor peruano cruzando fronteras, habitando el idioma que se había convertido en mi casa.
Lo leí como si hubiese estado en abstinencia.
Y lloré.
En esas páginas, Renato reconstruía la figura de su padre antes de que fuera su padre. Buscaba al hombre detrás del personaje, al mito detrás del uniforme, a la historia antes del silencio.
Yo hacía lo mismo.
Mientras él desenterraba archivos, entrevistas y memorias, yo volvía a esa habitación mentalmente: a la silla llena de ropa, a la computadora que parpadeaba, al libro azul. Buscaba a mi hermano entre sus amigos, sus novias, sus gustos, sus lecturas. Buscaba entender quién había sido ese joven que amaba tanto y que, sin embargo, conocía tan poco.
La distancia que nos separa no era solo la que existe entre un padre y un hijo.
Era también la que se abre entre una hermana que emigra y un hermano que crece lejos.
La que se instala cuando creemos que siempre habrá tiempo.
Ese libro ha cumplido diez años y vuelve a presentarse en la feria del libro. Lo he releído y el dolor ha regresado, más sereno pero intacto. Mi hermano hoy tendría treinta y siete años. Intento imaginar su rostro adulto, su voz más grave, sus conversaciones conmigo.
Sigo buscándolo.
Y la vida, caprichosa, ha querido que con el tiempo Renato y yo nos hagamos conocidos, junto a otros escritores peruanos que vivimos fuera del país. Nunca he publicado nada en español, pero sí varios relatos en italiano. A veces me pregunto si lograré escribir y publicar en mi lengua materna.
Alguno del grupo de escritura me dijo una vez que es difícil para un peruano publicar en el extranjero. Lo dijo como un reconocimiento. Yo pensé en mi hermano.
Si él me viera conversar con su escritor favorito, estaría orgulloso. Tal vez no porque nos conocemos en sí, sino por el puente invisible que se ha tendido entre su mundo y el mío.
Comprendo ahora que la distancia que nos separa no siempre se mide en kilómetros ni en años. A veces es la distancia entre lo que creemos saber de alguien y la verdad compleja que habita en su silencio.
Escribo, quizás, para acortar esa distancia.
Para que, en algún lugar donde las páginas no se acaban, mi hermano sepa que sigo buscándolo.
Y que, de algún modo, lo sigo encontrando■
Autora: Liliana Lidia Lay Vela.





Hola Liliana, leí y leí y lo más interesante del relato es ver esos detalles que son parte importantes para entender quienes somos en este mundo literario.
Abrazos desde Lima- Perú.
Solompuedo decir...
Buah!
Nunca he tenido una perdida significativa de un ser querido, pero muchas veces me he ubicado imaginariamente en una y siento una angustia grave que quizá no se puede igualar a lo que sentirte realmente.
Gracias por compartir algo tan personal e íntimo con los demás.
Me encantó tu relato Liliana, vivo lejos de Perú por más de una década; he formado mi familia nuclear acá, lejos de mi familia original & entiendo cada palabra escrita aquí…Renato Cisneros es un escritor que me ha gustado siempre; no solo por su trabajo, su inteligencia y sus palabras, sino que compartimos el amor por un mismo equipo de fútbol..!!!
Regards..!!!
Joan
Me transportó al tiempo donde compartíamos muchas anécdotas y eramos inocentemente felices.
Me encantó