Desayuno en Berisso
- 1 jul
- 4 min de lectura
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.
A pesar de todo, de camino a casa, abrí el libro y pensaba que esa primera frase era perfecta para una historia, pero no para la mía.
Nos citamos en un café de Lince. Yo trabajaba en San Isidro y, mientras revisaba detalles de un proyecto de ilustración infantil para una entidad del Estado, recibí un mensaje de un número desconocido. Era un texto extraño que no atendí inmediatamente:
—Oe, blanco, contesta.
Me tomó un poco de tiempo, pero lo reconocí. Yeferson era el único que me llamaba de esa manera. Él era un amigo de la infancia que no veía hace muchos años, veinte aproximadamente. Nadie lo llamaba por su nombre, pocos lo sabían; pero todos le decían Papo.
Conocí a Papo cuando éramos chicos en el mercado Manco Cápac, en La Victoria. Mi madre tenía un puesto de comida y el papá de Papo era un ambulante que vendía verduras en un pampón cercano al mercado que todos conocían como el Chaparral. Nuestros padres eran comerciantes y nos llevaban temprano en tiempo de vacaciones para abrir los negocios y acompañarlos durante el día porque no tenían con quién dejarnos. Así todos los niños de los alrededores tenían como punto de encuentro el mercado. Todos jugábamos allí, conocíamos las calles aledañas: Isabel la Católica, Sebastián Barranca, Iquitos, Sáenz Peña, Andahuaylas, Abtao, el Estadio Nacional, el Parque de la Reserva; todos crecimos allí entre lo bueno y lo malo y por eso casi nadie se quedó en el mercado, solo Papo, que nunca dejó la calle.
Llegué temprano y pedí un café en el asiento junto a la ventana. Sonaba la radio y el televisor transmitía en mudo. Él llegó tarde en una moto descuidada; vi que llevaba una mochila de reparto y un casco negro raspado que se quitó luego de saludarme. Las mesas estaban casi vacías de no ser por un joven ejecutivo sanisidrino que esperaba un desayuno americano.
—Cada día te pareces más a tu hermano, tu papá los dibuja igualitos. ¡Puta madre!
Papo no había cambiado, solo tenía un poco de canas a los lados; se disculpó diciendo que “estaba en una reunión”, y ese comentario le dio pie para hablar del tiempo, de tomar las oportunidades y de focalizar en las metas personales.
—Eso es lo que le acabo de decir a mis muchachos —me dijo—, yo no pierdo el tiempo, estoy ahora mismo moviéndome por todo Lima por el trabajo.
Dudó al llegar el mozo y pidió al azar un jugo natural y una especie de torta de quesos con jamón; yo agregué agua mineral con gas.
—Como veo no eres un hombre de café —le dije.
—Sí, sí tomo, mi mujer es la que toma más seguido, yo tomo una vez al mes.
Sacó una foto donde estaban los tres vestidos de sastre frente a una iglesia. Me señaló que su hijo tenía tres años. Que debía conocerlo y que dibujemos juntos algún día. Recordé en ese instante que siendo joven él tuvo otro hijo. Le pregunté por él. Tomó un poco de aire y guardó la foto mientras veía la mesa vecina.
—Él vive en el Callao, lo veo poco. Ya tiene 25, su mamá es una porquería, no puedes tener algo bueno así. Ella quiso meterme letra porque viene de familia de ratas, me quería atarantar por eso. La senté y le dije: "Mira, ya saqué mis cuentas y sé cuántos años me voy a comer si te clavo este fierro, así que deja de joderme y elige si te quedas o te vas". Finalmente se fue, y mejor, ya otro paga sus cuentas.
Sabía que fue cogotero pasado en drogas y alcohol; realmente nunca le faltó nada de niño, pero tenía gusto por el hampa, por “hacer cosas malas”, como él le dice; fue secuestrador, metido por años en “trabajos” con bandas. Hasta que una Pathfinder de la policía lo estrelló y conoció a Dios, que lo salvó de “morir en su ley”. Papo me habla ampliamente sobre “El Reino”, fijamente a los ojos. Yo solo pienso una cosa: “falta algo más aun”.
—Voy a cerrarlo —Papo miraba la mesa del frente—, es que no puedo dejarlo.
Mientras hurgaba su mochila, me preguntó cuántos ingresos yo tenía. Guardé silencio, y él se respondió:
—¿Por qué conformarse con uno cuando puedes tener dos o tres? Yo cuento con un producto que lo puedes conseguir a 10 la unidad por cajón y fácil lo puedes vender a 40, 60, hasta 80 soles.
—Me acercó máscaras de teléfonos que cubrían en su mayoría la zona de la cámara y, en apariencia, simulaban el de mejor calidad, el más reciente y costoso iPhone. Estaba inquieto, pero no dejó de hablar su monólogo ya aprendido; era evidente e hipnótico para mí.
Había sobrepasado mi miedo inicial a verlo, su insistencia a reunirnos, solo por su historia; quería tomar de él algo real para un retrato sencillo, quizás a lápiz, un grafito que muestre en su detalle la maestría de esa historia. Eso era lo que estaba buscando.
—Un hombre de poco valor y una mujer de poco valor tienen hijitos de… —colocando las máscaras entre nosotros, esperó a que yo termine la frase.
—Hijos de poco valor —respondí.
—Un hombre de alto valor y una mujer de alto valor tienen hijitos de… Lo mismo pasa con las ideas de alto valor hermano mío; debemos buscar sociedades de alto valor.
Al despedirnos, él decidió quedarse en el café. “No quiero olvidar”, pensé; luego escribí una lista:
Ventanal cercano, se oye “Cabalgata de las valquirias”, transmiten un reportaje mudo de las recientes elecciones, olor a mantequilla, los antiguos mozos; él prometió pagar la próxima vez, al retirarme veo a Yeferson abordar la mesa vecina, releo la apertura del libro de Truman:
“Regresar a los lugares donde he vivido, las casas y su vecindad, me atrae de forma irresistible siempre…”,
era un día de sol camino a casa.
No puede ser un dibujo■
Autora: Miguel Poma Uchuya.

