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El antinatalista

  • 11 jun
  • 4 min de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



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A pesar de todo, el profesor sanmarquino de filosofía desobedeció la orden de sus superiores: no «malgastar» el tiempo de los alumnos con lecturas de Arthur Schopenhauer, David Benatar, entre otros autores antinatalistas. Probablemente, porque creía estar colocando su granito de arena en favor de la controversial causa, previniendo que nuevos seres humanos sufrieran el destino de la muerte, y el sinsentido de la rutina que él mismo como ciudadano había experimentado.

 

—Muy buenos días, mis estimados. Esta clase va a ser sumamente breve.

 

El docente desenvolvió el periódico «El Comercio» comprado el día anterior y mostró su portada ante la clase.

 

—¿Creen que el padre de este niño está contento? —preguntó mientras señalaba la fotografía. El infante estaba tan calcinado y desfigurado que no se podía identificar qué era su ropa y qué era su cuerpo.

 

El salón emitió un atronador silencio, evidenciando que todos se habían enterado de la gran explosión sobre la ciudad de Damasco en Siria.

 

—¿Acaso vale la pena traer niños al mundo? ¿Acaso las personas son realmente conscientes de lo que implica tener descendencia? ¿Por qué imponer a alguien el deseo de vivir? Digo: ni siquiera nosotros mismos podemos lidiar con nuestras inacabables insatisfacciones, ¿verdad? Este es el tipo de cuestionamientos que el antinatalismo plantea en obras como «Mejor no haber existido nunca»; léanlo, en serio, que algún día será un clásico.

 

La clase fluía como el flemático viento del exterior: muchos estudiantes asentían y tomaban apuntes a medida que el maestro desarrollaba sus ideas. Sin embargo, para un alumno en particular, esa información le entraba por una oreja y se le salía por la otra (quizás, literalmente): era un practicante del pentecostalismo que se había inscrito solo como oyente ocasional curioso, pensando que tratarían a personajes como Aristóteles, quien defendía la esclavitud, y la idea de que las mujeres eran una «versión mutilada» del hombre.

 

—¡Cristo rey! —todos los ojos voltearon hacia el insolente ladrido que calló al profesor.

 

—Perdón, sino que —dijo—, lo que defiende el maestro no tiene sentido. ¿Quién es usted para mandar al mundo a no tener hijos? Además, en el vigésimo octavo versículo del primer capítulo del Génesis dice: «Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: “Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella”». ¡Cristo es rey, maestro! —La clase se echó a carcajadas.

 

—Hijo mío, la siguiente vez que quieras interrumpir a alguien, te imploro que hayas investigado con antelación. No voy a repetir aquí temas como el problema del mal, el principio de parsimonia junto a la Navaja de Ockham, entre otros incontables argumentos que se supone que deberías conocer para tener una opinión fundada.

 

En fin. El no tener hijos PUEDE, y desde mi punto de vista personal ES, sumamente ético, empático, y racional. Se trata de ahorrarle una indeterminable cantidad de sufrimiento a incontables seres que no conoceremos. ¿Por qué engañarse a uno mismo con fantasías tan arcaicas como la religión? Esta realidad es injusta lo veas por donde los veas: desigualdad, muertes espontáneas, cansancio generalizado, etc. Los padres, consciente o inconscientemente, ven a sus hijos como mercancía, inversión, o como una mascota con la qué sentirse amados en un mundo de indiferencia… —

 

Pero entonces…

 

—¿Qué está pasando?... —Una resonancia grave, notable, y distante que se aproximaba, interrumpió la frase del maestro.

 

Su vaso de agua comenzó a temblar, luego las sillas, y finalmente las mesas. No… ¿Cómo era posible? ¡¿Por qué ahí?! ¡¿Qué cagada acababa de hacer el presidente?!: La onda expansiva destrozó las ventanas, impactando contra buena parte de los estudiantes, quienes gritaron del susto. El profesor se tocó a sí mismo para saber si se le había incrustado algún fragmento en la cabeza o el torso, mas increíblemente, estaba ileso.

 

La chirriante alarma contra sismos comenzó a zumbar. No obstante, era evidente que algo mucho más grave había ocurrido. Ayudó a los estudiantes heridos a retirarse y bajar hacia el primer piso, como lo hicieron el resto de aulas. Un par de ondas expansivas igual de fuertes sacudieron a la multitud mientras descendían, incrementando el pánico.

 

En eso, el director le ordenó que lo acompañara a su despacho en privado.

 

—Tienes que escuchar esto… por Dios… —

 

Las radios sobrevivientes hablaban de detonaciones nucleares tácticas sobre la base aérea de las Palmas, el Cuartel General del Ejercito, la base naval del Callao, entre muchos otros centros similares a lo largo y ancho de Lima; no se sabía qué había ocurrido con el resto del país.

 

        *

 

Cinco años después, cuando el hombre peinaba canas y el invierno nuclear se había vuelto tan cotidiano que pocas cosas lo amargaban, se reencontró con ese mismo exalumno pentecostés. Ambos figuraban en medio de la inacabable cola para canjear cupones de raciones de comida frente al maltrecho palacio de gobierno.

 

—¡Maestro, le traigo excelentes noticias! —dijo entusiasmado.

 

—¡Habla, estimado! —no lo había reconocido aún del todo.

 

—¡Mire esta foto! ¡Es mi esposa! ¡Va a dar a luz a nuestro primer bebé dentro de un mes! ¡No sabe cuánta alegría me da!

 

El rostro del profesor se desplomó y transformó a un gris más serio que el color del polvo radioactivo que colmaba los restos de la urbe. Se retiró sin decir ni una sola palabra para regresar caminando a la abandonada cátedra de filosofía, y más específicamente al aula donde dictaba clases.

 

Mientras subía las escaleras, contempló la vista de la ciudad fantasmal que lo rodeaba, y se dió cuenta que, lejos de ser una especie inteligente, el ser humano había estado inmerso en un ciclo insufrible del que jamás, jamás podría salir.

 

Agarró un trozo de tiza que estaba tirado por ahí, y escribió en la pizarra lo que quizás fue su último mensaje: «Nuestra especie se llamaba Homo Irrationalis.»

 

Desde entonces, nunca más se le vio u oyó de él



Autor: Leonardo Miguel Miranda Torres.



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