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A pesar de todo, su mamá aún no había notado su ausencia

  • hace 11 horas
  • 4 min de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, su mamá aún no había notado su ausencia.


Cierto día, Marianela entró por fin a la sombría casona contigua a la suya. Era una casona abandonada, de anchos muros y techo de mojinete ennegrecidos por el tiempo.

Ingresó a través del patio trasero, al cual saltó desde la ventana de su cuarto. Nerviosa, avanzó por un pasillo hasta ingresar a un lujoso salón, con muebles antiguos cubiertos de telarañas y un imponente piano que revelaban un pasado glorioso.


Marianela contempló retratos de personas elegantemente vestidas, imaginando con una nostalgia inexplicable una época que no le pertenecía. Mientras caminaba, curiosa, la madera crujía bajo sus pequeños pies. Un gran baúl captó su atención y lo abrió con cuidado.


Libros antiguos, partituras y fotografías familiares se encontraban ahí adentro, incluida una imagen antigua de la Plaza de Armas de Moquegua.


- Qué diferente era - susurró Marianela, un poco alterada por la alergia.


Mientras seguía explorando, escuchó un ruido. Esto ya no se trataba de un juego, era real.


Su corazón latía con fuerza. Al agacharse para no ser vista, escuchó una voz que gritaba:


- ¡Quién anda ahí!


Marianela se asustó y terminó desplomándose en el suelo.


Al despertar, una señora elegante de cabello negro y anteojos pequeños miraba horrorizada aquellos pantalones que lucía Marianela.


- ¿Por qué vistes así? - le preguntó.


- Disculpe señora, no volveré a entrar, se lo prometo. Me portaré bien, pero no le diga a mi mamá – suplicó Marianela.

 

- ¿Quién es tu mamá? Seguro la conozco. ¿Cómo se apellida?


Marianela miró a su alrededor: el lugar lucía reluciente con el piso brillante y los muebles como nuevos. Sonaba una vitrola a lo lejos, con melodías antiguas que no identificaba.


- ¿Qué año es? - preguntó titubeando.


- ¿1950? ¿Tan fuerte te golpeaste?


Marianela comenzó a sudar frío.


- ¿Me puede decir su nombre, por favor?


- Amparo Baluarte - mencionó la dama con cierta gracia y orgullo.


Marianela sabía perfectamente quién era. Aun así, la calidez de doña Amparo la tranquilizó.


- Toma esto, te hará bien – le decía doña Amparo mientras le daba una taza de manzanilla.


- Ahora sí, ¿cómo es que vienes del año 2026? ¿Es una broma?


- No, doña Amparo, le juro que no - le decía Marianela mientras se acomodaba para contarle su historia.


Doña Amparo la escuchó con atención y solo le hizo una pregunta.


- ¿Cómo es el futuro?

 

- Será una poeta muy querida y hasta habrá un colegio con su nombre – dijo Marianela.

 

- Mi Moquegua querida… tierra que meció mi cuna, nunca te he de olvidar, si no me diste fortuna, me diste flor de luna para vivir y soñar… ¡Gracias, me diste una idea para escribir!


Se repetía a sí misma algunos versos a fin de no olvidarse, mientras se alejaba, perdiéndose de vista.


Marianela salió a buscarla hasta que de pronto, miró a lo lejos un hombre en silla de ruedas leyendo.


- ¿Señor José Carlos Mariátegui?


El escritor levantó la vista de un libro titulado “El Capital”.


- Hola, niña. ¿Qué te trae por aquí?


- Creo que me morí… estoy viendo a puro personaje histórico de Moquegua.


Don José Carlos rió por su ocurrencia.


- Ya me hiciste perder el hilo de mi lectura. Intento comprender nuestra realidad. El problema indígena no termina en el indio, nace de la desigualdad que la sociedad se empeña en mantener…

 

- No entiendo mucho… pero suena a que hoy seguimos igual.


Mariátegui apenas sonrió. Continuó su lectura, mientras se alejaba.


“¡Claro! Voy a salir por donde entré” – exclamó Marianela.


Logró ver a lo lejos el patio trasero por donde ingresó. Estaba acercándose hasta que oyó de pronto una voz:


- ¡Quién hace ruido!


Marianela vio a lo lejos la silueta de una dama de cabello ensortijado, vestida con un antiguo traje bordado.


- ¿Estoy retrocediendo más en el tiempo? – se preguntó.

 

- ¿Piensas quedarte ahí callada? ¿Quién eres? – interrogó doña María Mercedes de Carbonera

 

- Vengo del futuro…


Doña Mercedes la observó unos instantes.


- Así que en el futuro las mujeres usan pantalones… ¿también las dejan pensar? – sonrió sarcásticamente.

 

- ¿Cómo llegaste aquí? – continuó preguntando mientras encendía el quinqué.


Marianela le explicó lo sucedido. Aunque escéptica, Doña Mercedes, la seguía escuchando.


- Mi mamá debe estar molesta porque no hice mi tarea de ciencias. Seguro ella y mi hermana que ya salió de la universidad, me están buscando porque…

 

- ¿Tú estudias ciencias? ¿Tu hermana asiste a una universidad?... Quizás no todo está perdido – reflexionó.

 

- No entiendo…

 

- Antes era un privilegio que las mujeres pudieran estudiar. Sabía que algún día las mujeres conquistarían nuevos espacios. ¿Tú qué opinas?

 

- Que me van a retar al llegar a casa…

 

- ¿Al menos las mujeres votan?

 

- Claro pues. Como no van a votar, ya que sería.

 

- Antes muchas mujeres no podían ni estudiar. El grado de civilización de los pueblos se mide por los conocimientos que estas consiguen.

 

- Muchas mujeres hicieron historia, como usted, o como Clorinda Matto de Turner…

 

- ¿Clorinda? ¿Mi amiga?

 

- Sí. En el colegio me enseñaron que ella defendió los derechos de los indígenas.

 

- Escúchame: No vuelvas a escaparte. Estudia, la educación es la única riqueza que nadie podrá arrebatarte. Tengo que irme, pero antes te llevaré a casa…

 

La condujo hacia el patio trasero de la casona, hasta que se sintió un fuerte golpe que dejó nuevamente a Marianela inconsciente.

 

- ¿Hija? ¿Estás bien?

 

- ¿Qué pasó? - preguntó Marianela

 

- Que trato de despertarte y sigues ahí dormidota. ¿Ya hiciste tu tarea? Pobre de ti que no la hayas hecho. Vamos, la cena está servida.

 

Marianela se levantó, no sin antes mirar por su ventana. Sonrió pensando que todo fue un sueño. Entonces vio a lo lejos a un hombre alto y delgado con traje militar. Era el Mariscal Domingo Nieto quien la saludaba desde el patio trasero de aquella antigua casona.

 

¡Mamá! ¡Espérame!


Autora: Milagros Gavilano.



2 comentarios


Invitado
hace 3 horas

Amooo!

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Invitado
hace 7 horas

Me gusto, animada desde el principio, con ganas de seguir leyendo mas.

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