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Finales perfectos

  • 8 jun
  • 3 min de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, Romeo y Julieta fueron muy felices. La pareja celebró su matrimonio rodeada de Montescos y Capuletos, que, tras años de odio, por fin se habían amistado. En todo caso, eso era lo que él esperaba. Al no saber cuál era el verdadero final de la historia, pensó que ese sería el más adecuado.


Roberto nunca contaba con el tiempo suficiente para terminar de leer un libro. Los textos apenas pasaban por sus manos unas cuantas horas. Le era prácticamente imposible conocer el final de las geniales historias que descubría entre sus páginas.


Su madre trabajaba como recicladora y, en ciertas ocasiones, además de llegar a casa con un triciclo lleno de botellas, cartones y ropa, llevaba consigo algunos libros. Roberto no entendía cómo podía haber gente que se deshiciera de ellos, cuando él anhelaba tener al menos uno. Soñaba con formar su propia biblioteca, se imaginaba mirando de extremo a extremo los estantes en busca de una historia maravillosa, un mundo fantástico y unos personajes inolvidables.


A Roberto se le prohibió tajantemente tocar esos libros. De hecho, la restricción era tanto para él como para sus cuatro hermanos menores, solo que estos últimos no mostraban el interés que había nacido en él desde el día en que leyó las primeras páginas de Crónica de una muerte anunciada.


Aquellos libros, que su madre vigilaba con recelo, no eran sino una fuente más de ingreso. Por eso ella los cuidaba tanto. No quería que nadie en casa los manipulara, para que no se ensuciaran ni se deshojaran ni les ocurriese nada que disminuyera su valor.


Un día Roberto le preguntó a su madre si se podía quedar con uno y ella respondió que eso era imposible. Quizá si algún día mejorara su situación económica, pero, por lo pronto, todos los libros que conseguía eran para la venta.


Desde ese momento, la lectura de esos textos se convirtió en una actividad clandestina. Roberto se despertaba en la madrugada para tomar uno de los libros y leerlo en un rincón a la luz de una tenue vela.


Cerca de las cinco de la mañana, la hora exacta en la que sonaba el despertador de su madre, devolvía el libro a su lugar y se acostaba junto a sus hermanos para fingir que dormía.


Antes de salir, su madre cargaba todo en el triciclo, y los libros, así como los demás objetos, no volvían más a casa. Por esa razón, nunca terminaba sus lecturas. Solamente una vez llegó al final de una de ellas. Fue la ocasión en la que su madre enfermó y, debido a un fuerte malestar, no pudo salir a trabajar dos días consecutivos. Eso le dio el tiempo suficiente para leer una novela completa por primera vez en su vida. El desenlace de aquel libro le pareció tan triste que, desde ese instante, se convenció de que los finales podían ser mejores. Los finales perfectos para un niño de diez años como él.


A partir de entonces, ideó desenlaces distintos para cada una de esas lecturas incompletas: Romeo y Julieta se casaron y vivieron felices por siempre; Santiago Nasar, pese a que su muerte se anunciaba en el título y en la primera línea del libro, al final nunca llegó a ser asesinado; la guerra de Troya culminó con la firma de un tratado de paz y el cese definitivo de la violencia; el Principito jamás sintió tristeza, al contrario, disfrutaba de su inocencia con alegría y optimismo; y el Quijote nunca llegó a perder la cordura, más bien, a base de esfuerzo y constancia, se convirtió en un auténtico caballero andante, cuyas aventuras le permitieron demostrar su grandeza y su valentía



Autor: Erick Jenson Nájera de León



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