#Concurso: ALBORADA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Habían pasado exactamente treinta años desde la última pandemia que azotó al mundo. Recuerdo como si fuera ayer. Estaba sentado en un bar del centro de la ciudad gris, bebiendo una cerveza, cuando en la pantalla del televisor apareció el presidente de ese entonces anunciando el inicio de la cuarentena. El Covid-19 había llegado al país y la orden era que nadie saliera de su casa. Nadie respetó y se originó el caos total. La mayoría de seres humanos fueron borrados de la faz de la tierra.


Ahora estoy viejo, tengo pliegues en el rostro, como si fuera un papiro, el cabello plateado, las piernas entumecidas y casi no puedo mover las manos. Mis días las paso sentado en una perezosa, bebiendo una taza de café y fumando uno que otro cigarrillo, esperando que un rayo de sol caliente mis manos y observando lo poco que quedó del mundo.


—¡Nono! —se acerca mi bisnieto Jeremy, con una fotografía en sus manos—, ¿quién es el de la foto? —me pregunta.


Jeremy tiene seis años. Su padre es mi nieto mayor. El y yo fuimos los únicos sobrevivientes de la pandemia.


—¡Soy yo hijo! —le respondo. Era abril del año 2020. Me veía saludable, llevaba guantes de látex y una mascarilla que dejaba escapar mi barba. Al ver la fotografía una lágrima cae por mis mejillas y los recuerdos afloran como abejas de la colmena.


—¿Nono por qué llevabas guantes y mascarilla? —me pregunta Jeremy. Haciendo un esfuerzo logro cargarlo y sentarlo en mi regazo.


—Hace treinta años un mortal virus azotó el mundo —empiezo a contarle mirando la fotografía—. Las personas no hicieron caso a las recomendaciones del gobierno y terminaron contagiándose. La muerte, disfrazada de pequeñas gotitas de saliva se paseaba por las calles sin ninguna restricción, libre, sonriendo, poniendo la cruz a todo aquel que se atrevía cruzarse en su camino. Nuestras casas eran los únicos lugares seguros. No respetaba edad, religión, color de piel ni estrato social, el dinero y las riquezas es lo que menos le interesaba. No era selectivo. Era inmisericorde y cruel. Los besos y abrazos estaban prohibidos. Los que enfermaban, morían y no tenías oportunidad de despedirte, no los volvías a ver.


—¿Cuánto tiempo duró Nono?


—Muchos años hijo. Hubo un momento en que todo se desbordó. Los cuervos rondaban los cadáveres esparcidos en las calles. Se respiraba a muerte por todos lados. Los alimentos escasearon. La gente se desesperó. Los militares te disparaban si te veían en la calle. Fueron momentos difíciles.


—¿Y el presidente no pudo hacer nada?


—El presidente murió al año. Los rumores decían que se había contagiado cuando visitó un hospital. Desde entonces las cosas empeoraron. Fue entonces que decidimos, venirnos a Tarma, huyendo del Covid-19 (así lo llamaron al virus).


—¿Y qué le pasó a mis abuelos y a la Nona?


—Tu abuela murió antes de salir de Lima. Eso le afectó demasiado a tu abuelo, mi hijo. Se deprimió y dejó de comer. No dormía. Lloraba todas las noches mirando al cielo, buscando a su esposa entre las estrellas. Una noche, salió a buscar alimentos y los policías lo detuvieron. Lo llevaron a la comisaría junto a varios más. Uno de ellos estaba enfermo y se contagió al ser encerrado en una celda junto a los demás. A los quince días presentó los síntomas y nada pudimos hacer. Tu Nona, su madre, se aferró a él. Tuvimos que alejarla a la fuerza— seguí contándole, mientras mis lágrimas inundaban mis ojos.


—Nono, no llores, mi Nona está en el cielo con Diosito —trata de consolarme secando mis lágrimas con sus manitas.


—Si hijo, lo sé.


—¿Luego que pasó?, sigue contándome Nono.


—Caminamos durante veinte días, antes de llegar aquí, escabulléndonos de los militares, durmiendo donde caía la noche, a la interperie, alimentándonos con los pocos alimentos que llevábamos en las mochilas. La Nona no soportó y murió en el trayecto. Sólo quedamos tu padre y yo, que por alguna extraña razón nos volvimos inmunes al virus. Pasado tres años los científicos lograron descubrir una vacuna, para eso un tercio de la población mundial había desaparecido.


Desde entonces el mundo cambió, cansado de la ambición de los humanos que la depredaron y la contaminaron sin piedad. Los muros, que los hombres por muchos años intentaron fortalecer para separarse de los demás, se desplomaron. El sol ya no se asoma, la falta de lluvia a secado los campos. Todo se a vuelto gris, árido, seco. Las flores y las aves desaparecieron. Los alimentos escasean y sobrevivimos con lo poco que logramos obtener, pero estamos vivos y mientras eso suceda tenemos la ligera esperanza de que el mundo volverá a florecer.


—¡Nono, Nono! —Jeremy aparece corriendo, agitado por el poco aire sano del ambiente—, ¡tienes que ver esto!, ¡apúrate¡ —llega a mi lado y me toma de las manos. Agarro mi bastón y logro levantarme a duras penas. Caminamos hacia la parte trasera de la pequeña casita de adobe y tejados rojos, donde antiguamente había un pequeño jardín rodeado de tunales y un árbol de eucalipto en cuyas ramas se posaba una pichuichanca para acicalar su plumaje y trinar de rato en rato.


Al llegar observo a un picaflor revoloteando en una flor amarilla que brotó del tunal que intentaba aferrarse a la vida.


—¿Qué es eso Nono? —me pregunta, apuntando al pequeño picaflor de plumas verdes, que bebe el néctar de la pequeña flor. Hace tiempo que no veía a un picaflor y mucho menos florecer al tunal.


—Es un picaflor hijo —le respondo soltando una media sonrisa, mientras los rayos de sol iluminan la montaña y un ligero viento despeja el cielo.


Han pasado treinta años y parece que la tierra volverá a florecer. Mi corazón late y siento un alivio porque mi bisnieto disfrutará de un nuevo mundo. Mi tiempo ha llegado y ahora puedo morir en paz y reencontrarme con la Nona y mi hijo que aguardan por mi



Autor: Renato Palma Rojas.


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