#Concurso: ARRANCARLE LA PIEL


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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No sería justo condenarme por lo acontecido. Que lance la primera piedra quien jamás haya subordinado sus ideales a la fuerza de un arrebato; el que posea un espíritu libre del influjo de la pasión, aquel sea mi verdugo. Soy ante todo un hombre de principios. Amo la vida y pregono siempre justicia; no he cometido crímenes ni violentado al prójimo y mis faltas se reducen al contorno de un único pecado: quiero. Quiero con la energía de una tempestad.


Ella era distinta; poseía una naturaleza indomable. Su filosofía de vida era sencilla y a la vez letal: vivir; no renunciar a una experiencia; probarlo todo, consumir el misterio. Yo mismo representé para ella un enigma, y a fuerza de convenir con su postura, para lograr acceder a mi Danae, permití que nuestro amor consistiera en el vuelo de dos libertades. De esa manera fui conquistándola.


Nuestra mudanza al edificio coincidió con las iniciales noticias de la enfermedad. Danae ojeaba los titulares, hallaba vacíos en las advertencias, las incumplía todas; por el día afirmaba su gran devoción a la vida; por las noches contemplaba el pánico general y se reía de la muerte.


Esta aventura de la convivencia la iniciamos para poner a prueba nuestros ideales. Desde el inicio supimos que semejante empresa no implicaba más que la libre determinación, sin contratos de ninguna índole: amor a la novedad. Así fuimos instalándonos en nuestra nueva vida. Yo, queriéndola como desde fuera, albergué en mí la eterna duda, la duda siguiente: ¿Cuánto haría falta para cambiar de piel?


De repente la pandemia golpeó. Decretaron el aislamiento en todo el país: imposibilidad de libre tránsito; clausura indefinida de establecimientos comerciales; restricciones en el transporte. En un abrir y cerrar de ojos Danae y yo nos hallamos confinados en aquella habitación. Nuestro juego mutó en mandamiento. El auténtico desafío de la convivencia iniciaba así.


Dominar las furias de la estufa y del lavadero; combatir contra el arroz en la olla y los interiores en el cordel; aquellas fueron nuestras iniciales conquistas y nuestros delitos consistieron en la disputa por los números y las mascarillas; en las reconciliaciones mudas luego de hacer el amor.


Nadie se halla preparado para afrontar un escenario como este; aprendí que el aislamiento resulta un confesor indiscutible.


Hasta los primeros días imaginé haber conocido a Danae. Cierta parte de mí creyó poseer la tutela de su cuerpo, la secreta fórmula de sus ficciones. Nada más alejado de la verdad. El fondo de un espíritu jamás se identifica en los instantes de gloria; la verdadera intimidad inicia al borde de un precipicio. Danae, aquel universo ajeno, continuaba siendo inaccesible para mí.


Esta dolorosa revelación era confirmada por sus accesos de ira, por su desidia con la enfermedad; por su rotunda negativa a permanecer en clausura, por sus frías correspondencias a mis muestras de amor. Ante nosotros dos se abría un abismo infinito, allí, en el reducido espacio de una habitación.


Comprendí de golpe que se marcharía. Que levantaría vuelo en la mañana menos pensada y al igual que con sus viejas pasiones, no volvería la vista atrás.


Entonces sucedió.


A cuatro semanas del aislamiento Danae supo lo de su embarazo. Un inusual retraso del periodo la alertó y sus miedos quedaron confirmados tras una rápida prueba. La perplejidad se apoderó de ella, en especial tras evaluar la situación: impedidos de transitar, con las clínicas y hospitales colapsando, sin reservas económicas... Lo que Danae llevara en su interior ¡estaba condenado a existir!


Un hijo significa un contrato; un contrato es la renuncia de una porción de libertad. El negar una experiencia solo se admite si ello implica salvar todas las demás. Danae quería salvarnos. Habló con mil contactos; envió un sinfín de mensajes. Era inútil. Todos volverían a las labores tras el aislamiento. Sin aún darse por vencida se amparó en su vieja compañera, la fortuna: escrutó los números del calendario, sacó cuentas mentalmente, esbozó una sonrisa. Dominaba su interior un único deber: matarlo.


Me narró las ventajas de una rápida intervención e incluso se permitió una última ironía a la muerte. Era ella, su naturaleza; continuaba radiante.


Luego llegó el anuncio de la prolongación del aislamiento; sus esperanzas se fueron consumiendo. Aquel velo de firmeza que hasta entonces la supo envolver, fue cayendo con el paso de los días, dejando al desnudo su piel: Algo en ella empezaba a cambiar.


Hablaba menos, ignoraba las querellas matutinas y las sirenas en madrugada. Una espesa angustia reemplazó sus enfados. Una noche la sorprendí en su fortín de la ventana, bañada en lágrimas, golpeándose el vientre sin piedad. Este aparente deterioro de su espíritu, esta flaqueza inesperada, debo confesarlo, me colman de gratitud. En medio de la adversidad aquel universo abre un canal para mí, me es concedida la exploración. Ahora puedo acceder a ella a través de una lágrima, de un sollozo, de un desesperado ¡qué haremos! Tendida sin aliento, en carne viva, acatando la voluntad del destino, la quiero más que nunca. Solo entonces conozco a Danae; desde aquí sorteamos nuestro abismo.


Han transcurrido cinco semanas desde el inicio del aislamiento y la atmósfera de nuestra habitación va adquiriendo la tibiez de un hogar. Conociendo nuestras rutinas vamos habituamos mejor a lo imprevisto. Ella en pie frente a la estufa; yo en mi puesto del lavatorio. Ante una posible torpeza, ella me reprende con amor. Ella, Danae, habituada a una libertad sin fronteras, demuestra hoy una entrega y devoción más que admirables. Prepara el almuerzo a las doce; hace cálculos en un pedacito de cartulina; a las seis retorna su alegría frente al televisor. Yo, por mi parte, me siento libre de toda culpa y cada vez más preparado para asumir las riendas de esta empresa.


Cierto es que el porvenir del país resulta una gran incertidumbre y que la muerte continúa siendo una habitual compañera; sin embargo, siento a Danae cada vez más próxima, cálida, humana; como verdaderamente asequible; como verdaderamente mía.


Hace falta muy poco para cambiar de piel



Autor: Alexander Montalvo Nuñez.


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