#Concurso: CABO NEMITO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Cuando mi mamá grito a los cuatro vientos que no iba a ir a la escuela este mes… pensé que me quebraría, de felicidad.


Treinta días en promedio fue lo que dijo mi papá, mientras tocaba su billetera, mi madre revisaba las tarjetas de su cartera y mi abuelo se tomaba la cerveza de la nevera. El abuelo Mateo tenía una gran salud para un diabético con problemas cardiacos.


Recuerdo que al terminar inicial, paso mucho tiempo echado en una cama de hospital, después de mi fiesta de cumpleaños .No respondía ni siquiera un saludo. Mi madre me dijo que es porque él había desaparecido la torta y no quería admitirlo.


Coronavirus fue la. Palabra que más se escuchó esos días. Según mi Padre, era como un resfriado pero te desaparecía. Yo no quería esto, ya mis dos peces payaso, Nemo y Nema; habían desaparecido hace unos días y no había podido dejar de llorar esa semana. Solo quedaba el menor: Nemito, y él... no estaba bien


Mamá me dijo que ya no podría salir a jugar. Viendo que las lágrimas no iban a funcionar esta vez, pues desde que entre a Primero de primaria; me tratan como el adulto que soy, tuve la madura decisión de sentarme a ver la televisión. Papá constantemente cambiaba entre mi canal y el de un hombre mayor diciendo cifras, al final tuvimos un consenso y vimos un documental, ante la ira de mi madre la cual había vuelto con un tapabocas hecho de un sostén, unos guantes amarillos y 10 kilos de fideos cabello de ángel (mis favoritos), nada podía ser tan malo . Después de todo, mi cumpleaños iba a ser esa semana.


Mis padres estaban asustados por mi abuelo, sabían que el detestaba quedarse en casa; de hecho según escuche, cuando mi padre era pequeño; el abuelo Mateo salió por meses. Tal vez por eso a veces no podían hablar bien entre ellos. Esos días comimos alverja partida. No era mi favorita pero considerando que iba a ser mi cumpleaños, seguro guardaban lo mejor para ese día.


En las noticias, los números seguían siendo subiendo y con eso; la preocupación de mi padre, quien empezó a trabajar desde casa. Me alegraba mucho verlo.Generalmente era muy difícil, porque usualmente volvía muy tarde y malhumorado. Eso molestaba a mi madre, quien siempre repetía “mientras no venga con el labial incorrecto, siempre tendrá cena en esta casa” .No sabía que mi papa usara labial, me parecía era un poco “mariquita” pero si se lo hubiera dicho, me gritaba. Los días pasaban, mi aburrimiento crecía, Nenito empezaba a moverse menos y si miraba por la ventana, hombres armados aparecían. No había visto tantos salvo en las películas gringas.


Nunca los entendí bien. Estaban ahí para protegernos, pero ¿cómo lo harían con balas? Cuando era pequeño quería ser un gran soldado Norteamericano, pero para mí buena suerte era Peruano y después de una película que vi con mi Papá, desistí de la idea por Vietnam en mis bases.


Era muy aburrido estar dentro de casa, mi papa pasaba la mayor parte del tiempo en la pc gritando, mi madre en el teléfono junto a sus trabajadoras, peleando y mi abuelo junto a la mecedora, tomando. Decidí tomar la pared blanca de la biblioteca-sala-comedor como lienzo para mis obras, no es por presumir; pero mi abuelo me decía el “Szyszlo de las crayolas”. Tiempo después vi sus obras… no me gustaron.


Empecé por el azul, después de todo no tenía mucho colores; no había donde comprarlos. Según el hombre de la tv: “si no era producto de necesidad primaria no se vendería” y al parecer los crayones no se ingerían (cosa que aprendí a la mala). Fui a buscar rápidamente inspiración por la casa, no había mucho que ver, vivíamos en una urbe de casas similares y personas parecidas, por ende; quería que mi pared fuera completamente diferente a las columnas de la esquina. Y entonces lo vi, era inmenso. Una torre preciosa de papel higiénico que mi padre se aseguró incluir en las compras antes que solo se pueda salir entre semana. Al parecer el virus no podía ser parado a base de Scott, pero de algo ayudaría.


Fue el único día que pude salir del edificio a ayudar a papá. Primero tome las prioridades: cereal Ángel e Inka Cola. Para disgusto de mi madre, fue lo que abracé con más fuerza de las compras y entonces lo vi. Las calles estaban vacías, pasaban los soldados o policías entre las esquinas, cansados y asustados. Pude llegar a ver una persona al fondo, en una esfera de vidrio que me recordaba a Nemito, mi madre me dijo que era para no contagiar a sus familiares o amigos .Me dieron pena los médicos y enfermeros, se veían agotados desde hacía días .Realmente me dio miedo poder ser el desaparecido.


Ya llegaba mi cumpleaños, mamá me iba a dejar quedarme despierto hasta tarde, después de todo; lo único que no había cambiado era mi hora de dormir: las siete en punto, y aunque intentara pasarme; siempre fallaba.


Esa mañana desperté con mucha energía, mi madre nos sorprendió con un gran desayuno, sin fruta pero mucha alegría y un pastel que según ella, mi padre tuvo que usar peluca para conseguir. Todos se veían muy felices, menos mi pez Nemito.


Nemito no se movía desde hacía horas y mis lágrimas salieron sin que lo notara, me quede viéndolo horas, hasta las 7:45; momento en el que mi padre decidió tirarlo al escusado. Como homenaje póstumo y poniendo su mano en mi hombro, toco con su voz suave, las trompetas de su despedida. Mis sollozo se escuchaban en todo el edificio rompiendo el silencio insoportable, hasta que escuche aplausos, miles de aplausos que retumbaban en el condominio, que quiero creer; honraban la vida de mi pececito. Los aplausos siguieron al himno y mientras veía la sonrisa de mi abuelo, pude despedirme de mi amigo “descansa en paz cabo Nemito”



Autor: Gabriel García.



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