#Concurso: CAMBIO DE PLANES


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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¡Paco, el niño necesita ocupar!, suplica Candela, golpeando por quinta vez la puerta del baño.


La escena no sorprende a Eva, la mamá de Paco. Recuerda cuando Paco era adolescente. Ella dejó de tocarle la puerta del baño, después que, en una ocasión, ésta se abrió levemente, y vio a su hijo con el pantalón hasta el suelo, en un frenético movimiento de mano. Por suerte, de espaldas a ella.


Ahora Paco ya es adulto, recientemente promovido a Jefe de Proyectos en el área de Marketing de una empresa de telefonía. Pero su mejor proyecto fue caerle a Candela. Una curvilínea morocha, nariz de botón. Crespa, muy crespa, justo como Paco la pidió, cerrando sus ojos el día de su cumpleaños veinticinco: “Diosito, tú sabes que no te he fallado este tiempo, hasta a misa voy, permíteme conocer a la mujer de mis sueños, así como me la estoy imaginando, tú sabes”. Y sopló.


Quien iba a pensar. Que la patada que recibió en la cabeza en la pichanga de los jueves, lo llevaría derechito a la clínica, y de paso, a conocer a ese bombón de mujer. Bueno, tampoco puedo afirmar que sea tal y como la imaginó. Pues, Paco ya se había bebido media botella de Pisco antes de soplar la vela. Lo cierto, es que Candela hasta lo acompaño a tomar el taxi, después que le dejaran la cabeza como a una momia. Se anotó la placa, y lo llamó para confirmar que había llegado a su destino.


Eva permanecía sentada, con la mirada en la televisión y el oído atento a lo que ocurría en el baño. Aguzaba el derecho porque el otro ya no le servía. Extrañaba estar a solas, pero le resultaba divertido el giro que había tenido su vida estos últimos días.


A Paco no le importó que Candela tenga gustos, digamos, exigentes para el ritmo de vida que él llevaba. Tampoco le importaba cruzar tres distritos para ir a verla. Gastar en taxis y llevarla por la ciudad. Comer rico, el shopping y demás. Eso sí. Se lo pensó un poco al enterarse de la existencia de Jimmy, la pequeña travesura de mami, de unos ocho años atrás. Se aseguró que el padre de Jimmy no ande rondando por allí. Candela fue muy clara: “ese señor no tiene interés en nosotros y no necesitamos de él, yo me he hecho cargo de todo desde el inicio y mejor que ni se aparezca”.


Jimmy juntaba las piernas formando una Y invertida. Hacia muecas a su madre mientras aguantaba su turno por ingresar al baño. Miraba de reojo a Eva, que no caía en su farsa. Una más de sus actuaciones. Esta vez era interpretada, para evadir la taza de leche que se enfriaba en la mesa.

Candela, que ya había cruzado la línea de los treinta, pensó en dar un siguiente paso en su corta relación, pues todo iba bien. Así que sugirió una convivencia previa. Esto incluyó cambiar al chico a un mejor colegio y que ella dejara de trabajar. En tiempo récord encontraron un departamento con vistas al mar, piscina, gimnasio y sala de cine incluido, en el emergente distrito de San Miguel. Paco juntó el dinero necesario y pagó, tres meses de adelanto y dos de garantía. Tuvo que prestarse la mitad. Entre complacer a Candela y las nuevas responsabilidades del trabajo, tenía la cabeza a varios metros del cuello.


Ese fin de semana Candela dejo la casa de sus padres, llevando solo sus maletas llenas de ropa. Se mudó de forma temporal donde Paco y Eva, para alistar los muebles y enseres con las que iniciarían la vida en común. Era domingo y pasaron el día embalando cosas. Se enteraron de que se había declarado pandemia el contagio del virus chino, que ya se había llevado muchas vidas en Europa. Más tarde, el país entraba en cuarentena. Fue así como Paco, Eva, Candela y Jimmy terminarían viviendo juntos.


Luego de tres semanas de convivencia. Eva pasaba buscando espacios libres, desde donde llamar a su amiga de toda la vida, para comentar los últimos chismes. Jimmy había socavado la paciencia de Candela. Al punto que ésta. Terminaba llorando y pensando en cómo había hecho su madre, para aguantar a tal pequeño demonio todos estos años. A Paco le dijeron que tome las vacaciones que le debían en el trabajo, eso lo alivianó mucho. Pero la pasaba mal por otros motivos. Habían tenido que encajar todos en ese piso pequeño. Candela y Jimmy dormían juntos. Paco se había acomodado con su madre.


Eva veía divertida como su hijo se quedaba hipnotizado mientras la morocha lavaba los trastes, moviendo el culo de forma despreocupada; o como trataba de ocultar su desesperación de ir a buscarla en las mañanas, bien temprano, antes que el chico despertara. La cuarentena se alargó, las provisiones de comida se estaban terminando, era la excusa perfecta. Había pasado días observando la puerta del hotel al final de la cuadra. Le había parecido que estaban atendiendo a puerta cerrada.

Llegó el día de compras. Paco preparó el desayuno temprano, tarareando una canción irreconocible. Hacía sol y el número de contagios en el país no se disparaba. “Parece que vamos bien. Si las cosas van así, pronto podremos mudarnos”. Mientras desayunan los últimos chorizos que tenían, observa el cabello afro de Candela. Le encanta que sus dedos desaparezcan en esa jungla y sujetarla por la nuca. Candela lo ve y le sonríe, parece cómplice. Él le pone la mano en el muslo, aprieta un poco. Sube lento. Con la punta de los dedos siente un relieve delgado por encima del vestido, encaje, piensa. No aguanta más, se disculpa y va al baño.


Mientras busca comodidad, su celular no deja de sonar, le roba concentración. Es del trabajo, no contesta. Algo lo empuja a revisar sus correos, abre el último recibido y se entera que no tendrá que volver más, al bendito trabajo



Autor: Milován Collachagua Estrella.



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